Al salir de aquel sitio sofocante, Miyuki ya no estaba.
Se había marchado como esa ave inquieta que, en cuanto te descuidas, abre las alas y desaparece.
Tanu, en cambio, seguía allí, al cuidado de un guía que le daba pollo enlatado. El hombre me entregó un papel doblado.
Miyuki, con su propia letra, decía que me vería luego en el hotel. Sin más explicaciones.
La llamé.
Buzón.
—¡¿Miyuki, dónde diablos estás?! No debí traerte. Vine a hacer algo importante y no puedo hacerlo si además tengo que cuidarte. Eres una distracción y necesito concentrarme en lo que vine a buscar. Llámame cuando escuches esto.
Me resigné a creer que estaba a salvo, lejos de mí. No podía perder más tiempo buscándola.
Tomé un taxi a Cerro de Oro, a diez minutos de Santa Catarina Palopó, rumbo a la casa de Héctor Kedward. Tanu iba a mi lado, en el asiento trasero.
La radio hablaba del carnaval del día siguiente, víspera del Miércoles de Ceniza. La tradicional quiebra de cascarones: huevos de colores rellenos de confeti o harina que se rompían sobre las cabezas de los compañeros. Diversión y descontrol antes de la Cuaresma.
Por la ventana contemplaba los puestos de cascarones, semejantes a enormes huevos de Pascua. El conductor, amable, explicaba que de día la fiesta era de los niños y de noche de los adultos, con desfiles, máscaras, disfraces, alcohol y música. Algo que atraía también a los turistas.
Después comenzó a sonar una tranquila pieza de música maya. Flautas, sonajas y tambores de un grupo guatemalteco que participaría en las festividades.
De pronto, interferencia.
La música se rompió.
Entró una ocarina.
La reconocí al instante.
Era la misma melodía de mi pesadilla en el parque.
Pero esta vez no venía sola.
Al fondo, entre la melodía, se escuchaban gritos desesperados de niños.
Salían de la radio.
Miré por el parabrisas.
Junto a un puesto de cascarones, reflejado en el cristal, estaba él.
Traje de arlequín.
Máscara simiesca con símbolos color jaspe, como diagramas esotéricos. Labios carmín formando una sonrisa siniestra. Ojos negros, profundos como abismos.
Entre las manos sostenía una ocarina con forma de huevo. Negra, con adornos rojos semejantes a los de su máscara. Distinta de todos los cascarones de colores que se vendían alrededor.
Tocaba.
Pero el sonido no venía de él.
Venía de la radio.
Tanu ladró.
Fuerte. Seco.
Desperté.
Otra vez.
Donde había visto al arlequín solo había una termita alada caminando sobre el cristal.
Frente al taxi, una niña cruzó corriendo con un pequeño paraguas. El conductor no frenó.
—¡Deténgase!
Nada.
Se había desmayado.
Me lancé al volante. Giré bruscamente. El taxi dio media vuelta. Frené con la prótesis y el vehículo estuvo a punto de volcar antes de detenerse, rebotando contra el pavimento.
Bajé corriendo.
En la acera yacía el paraguas destrozado y, junto a él, una joven abrazaba a la niña.
La había salvado de una muerte segura.
Llegaron los padres, ambos judíos, y abrazaron a su hija con desesperación. La joven, vestida con una chaqueta azul de mezclilla y pants blancos, se alejó corriendo. Dejó caer su celular y, a lo lejos, la vi entrar en un edificio.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Llegó la ambulancia. El conductor había sufrido un desmayo provocado por la diabetes.
Pero la niña no dejaba de repetir:
—¡Un payaso, mamá! ¡Un payaso! ¡Había un payaso!
Aquello me hizo dudar.
Quise no darle vueltas.
Insomnio. Falta de sueño. Alucinaciones.
Eso era todo.
Agarré la gorra, la chamarra negra y la mochila del asiento trasero. La radio estaba apagada, pero aun así sentía que en cualquier momento volvería a sonar aquella ocarina.
Entonces sonó un celular.
Me sobresalté.
No era el mío.
Era el de la joven.
Corrí hacia el edificio.
En la entrada había un cartel:
Ballet Clásico de San Petersburgo.
Teatro de Bellas Artes.
Mañana, 19:00 horas.
El lago de los cisnes.
Entré por la misma puerta por donde había desaparecido ella. La fachada era una hermosa obra de arquitectura. El pasillo conducía hacia los camerinos.
Una mujer golpeaba una puerta con insistencia.
—¡Largo de aquí! —gritó una voz masculina desde el interior.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—Es el pianista. Se enfermó. Mi chica debe ensayar y su reemplazo no llegará hasta mañana. ¿Usted quién es? ¡El perro y usted no pueden estar aquí! ¿Cómo ha entrado?... Aunque, a menos que sepa tocar Tchaikovsky en El lago de los cisnes...
La mujer tenía nariz aguileña y el ceño permanentemente fruncido. Me recordó a una de las religiosas del orfanato, o quizá a mi antigua maestra de literatura en Praga. Dura, disciplinada y, en aquel momento, desesperada.
—Yo puedo hacerlo.
—¿Bromea?
—Hablo en serio.
Me observó de arriba abajo con ojos inquisidores. Finalmente asintió.
—Soy Beatriz Bauer. Acompáñeme. Y quítese la gorra, por favor. Es de mala educación llevarla en interiores.
Me condujo hasta el escenario.
El telón estaba abierto y el foro vacío. El rojo de las butacas y el dorado de las paredes ofrecían una vista magnífica. Las luces tenues apenas iluminaban la sala y parte del escenario.
Entonces la vi.
Entró por el bastidor derecho.
Zapatillas de punta, leotardo y mallas negras, con un faldón mediano sobre su esbelto cuerpo. Cabello rubio rojizo recogido, ojos grandes color miel, labios rosados y piel blanca y delicada.
Gema.
Tan bella como la primera vez que la había visto.
Me oculté detrás del piano.
Comencé a tocar.
Ella comenzó a danzar.
Cada nota me tocaba profundamente. Recordaba la partitura, los acordes, el placer auditivo indescriptible. La música era un transporte hacia la tranquilidad y la paz del alma.