Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XVII Eques Gladiorum: El Silbador

Aún no había conseguido asimilar la visión de Zazil. Había irrumpido en mi mente como una dosis de sustancias psicodélicas, arrastrándome por los rincones más profundos de sus temores y dejándome desorientado cuando finalmente desapareció.

Pero mis propios traumas me habían vuelto resistente al horror.

No inmune.

La soledad seguía siendo la peor droga de todas.

Aún estaba lúcido. O eso creía.

Tanu había desaparecido. Lo llamé varias veces. No respondió. Esta vez estaba solo.

—Uno... dos... tres... cuatro... cinco...

La voz espectral de Eleni llegó desde el recibidor. Estaba junto a la puerta de entrada, con el rostro oculto entre las manos, contando.

Recordé la tercera regla: «Cuando cuente hasta cien, escóndete hasta el amanecer.»

Había decidido terminar el juego. Pero esconderme y esperar no era algo que hubiera aprendido a hacer.

Me apresuré hacia la cocina sobre una sola pierna y recogí algunas botellas de detergente y el pequeño tanque de gas butano. Después fui al garaje por cuerdas, cubetas de cloro y botellas de líquido para frenos. También tomé un par de sábanas y dos botellas de vino.

—Cincuenta y siete... cincuenta y ocho... cincuenta y nueve...

Tuve que subir y bajar las escaleras tres veces, siempre sobre una sola pierna, porque mi prótesis había quedado atrás.

—Setenta y ocho... setenta y nueve... ochenta...

Finalmente conseguí llevar todo hasta la segunda planta.

—Noventa y seis... noventa y siete... noventa y ocho... noventa y nueve... cien.

Me senté en el suelo. Esperé.

El tic-tac del reloj de péndulo llenaba la casa. La tensión era insoportable, como una cuenta regresiva antes de una explosión.

Metí la mano en el bolsillo izquierdo y sentí el encendedor y la cajetilla de cigarrillos. Luego saqué el reloj que me había regalado Miklós. Era de oro. En la cubierta llevaba el símbolo de la triqueta y, en la parte posterior, un zorro dentro de un triángulo equilátero. Dentro había una inscripción: «Ostatnia symfonia».

Entonces comprendí que aquel tic-tac no provenía únicamente del reloj de péndulo. También provenía del reloj de bolsillo. Sus manecillas, que durante tanto tiempo habían permanecido detenidas en las 9:09:09, ahora giraban en sentido contrario. Igual que las del reloj de la residencia.

Lo guardé. Después saqué el pañuelo que envolvía el rosario de oro blanco de Valentina y lo até alrededor de mi muñeca. Había decidido llevar conmigo aquellos tesoros. Mis amuletos.

Abrí una botella de vino. En lugar de beber, utilicé el pañuelo, el encendedor y la botella para preparar rápidamente un arma.

Silencio.

Entonces un silbido atravesó la casa. Reconocí la melodía de inmediato. Era la misma canción de cuna de la muñeca de porcelana. El silbido comenzó a alejarse. Después escuché puertas abrirse y cerrarse. Pasos pesados recorrieron la casa. El Silbador me estaba buscando. Como un depredador siguiendo a su presa.

La puerta del baño se abrió. El silbido cesó. Después, la puerta oculta del sauna se desplazó lentamente. Esperaba encontrar a la criatura. Pero solo escuché unos pequeños pasos infantiles. La silueta avanzó hasta distinguirme sentado frente al calentador. O eso creyó.

La pequeña figura comenzó a crecer. Su cuerpo se expandió hasta casi tocar el techo y quedó agazapado detrás de su presa. Cuatro pequeños puntos rojos brillaron en la oscuridad. El hedor volvió a inundar el sauna. Entonces el gigantesco brazo del Silbador se lanzó hacia el cuerpo. Lo arrancó de su sitio. Y activó mi trampa.

Una gran cubeta de madera llena de cloro para piscinas cayó desde el techo sobre la criatura. La cuerda estaba atada al muñeco que había construido con sábanas y ropa, cubriéndolo con mi chaqueta y mi gorra para hacerlo parecer yo.

Encendí la mecha. Salí de debajo de los asientos de madera y lancé la botella contra su pecho. El vidrio se hizo añicos. El contenido inflamable entró en contacto con las llamas y el cloro. La explosión sacudió el sauna. El Silbador salió despedido contra el calentador, que estalló en una enorme bola de fuego.

Me cubrí con la sábana empapada de detergente y atravesé las llamas. Salí del sauna y cerré la puerta oculta. Después hice lo mismo con la puerta del baño. Bajé las escaleras dando saltos, todavía sobre una sola pierna, intentando llegar al recibidor.

Entonces escuché un estruendo detrás de mí. Me detuve. El silbido volvió a llenar la casa. No podía creerlo. El Silbador seguía vivo.

Llegué al centro del recibidor. La pelota azul de Eleni había desaparecido. Tenía que esconderme.

Entonces recordé algo que Calipso me había enseñado: en la casa Kedward, incluso los libros podían ocultar secretos.

Corrí hacia el estante situado junto a la escalera y entré en el compartimento oculto detrás de él. La habitación se iluminó automáticamente. Había un destapador, un par de copas y varias botellas de vino colocadas horizontalmente. También había huesos. Costillas, vértebras y fragmentos de columna. Eran parte de la misma osamenta que había encontrado repartida por las habitaciones secretas de la casa. Esta vez, el número 7 estaba escrito con sangre en la pared. Los vinos, sin embargo, eran mucho más baratos que los de la vinoteca subterránea.

Cerré la puerta. La luz se apagó. Solo quedó encendida una pequeña lámpara que iluminaba las botellas. Entonces escuché las pisadas. La madera crujía bajo el peso de la criatura. El sonido parecía el de un elefante caminando por la casa. Una copa comenzó a tambalearse.

Me incorporé para sujetarla y evitar que cayera. Fue entonces cuando comprendí que aquellas botellas no estaban allí simplemente para esconderlas de los ladrones. Una llamó especialmente mi atención. Tenía la marca «Arsenal» y una frase escrita debajo: «Las personas falsas son como el vino barato: con el tiempo se ponen agrias y al final nadie las traga.»




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