Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XVIII Sex Poculorum: El Orfanato Hamelín

Los efectos de la guerra, las epidemias, el hambre y la pobreza devastaron Europa. En las calles más sórdidas de Moldavia, decenas de niños huérfanos y abandonados vagaban entre el vicio y la mugre, sobreviviendo con pequeñas limosnas.

Muchas mujeres habían muerto durante el parto. Sus hijos crecieron solos, expuestos al frío, al hambre y al abuso de los adultos. La sociedad los señalaba como drogadictos, analfabetos y delincuentes. Para muchos, aquellos niños no eran víctimas de la guerra, sino la escoria que esta había dejado atrás.

La policía los detenía y los enviaba a campos de refugiados. Después terminaban en la llamada Casa de la Misericordia, un orfanato construido por refugiados para acoger a los niños de la guerra.

Allí se imponían estrictos regímenes de trabajo y disciplina.

En Hamelín, sin embargo, los niños no pasaban los días únicamente encerrados. Comían, estudiaban idiomas como checo, español e inglés, participaban en talleres y realizaban distintos trabajos.

Pero había heridas que ningún régimen podía curar.

Después de la guerra, muchos se negaban a hablar de sus padres muertos. Habían aprendido demasiado pronto a esconder sus sentimientos.

No lloraban.
No hablaban.
No expresaban dolor.

Eran como muñecos sin vida. Sus ojos secos parecían haber olvidado cómo llorar. Otros sufrían insomnio. Algunos deseaban volver con sus padres, aunque supieran que estaban muertos. El olor de la pólvora, el estruendo de las bombas y los gritos de quienes habían perdido la vida permanecían grabados en sus mentes.

Habían sobrevivido a la guerra. Pero la guerra todavía vivía dentro de ellos. Y cada día tendrían que librar una nueva batalla contra sus propios recuerdos.

La madre superiora Minerva administraba el orfanato de Hamelín, perdido entre las colinas de Vaghis, Moldavia. El lugar pertenecía a un hombre rico que prefería permanecer en el anonimato. Se decía que Minerva era la única mujer que conocía al misterioso benefactor, un hombre altruista que abría las puertas de su casa a los niños rechazados por otros orfanatos.

Allí llegaban los llamados «hijos del pecado»: siameses, bebés con deformidades congénitas, niños con miembros amputados o cuerpos marcados por quemaduras y por los horrores de las armas de uranio. También había jóvenes que habían logrado escapar de la adicción y el crimen gracias a los talleres artísticos y educativos de Hamelín.

Miles de niños de Moldavia y sus alrededores fueron apartados de la sociedad y enviados allí. Muchos habían sido abandonados por madres solteras o viudas de guerra. Las instituciones religiosas y privadas aportaban donaciones y ayuda social, pero, incomprensiblemente, algunos niños terminaban siendo enviados a manicomios bajo un diagnóstico tan cruel como conveniente: «Niños psicóticos».

Entre 1860 y 1980, Hamelín acogió a miles de ellos bajo el cuidado de los Hermanos de la Liturgia de la Divina Ascensión, encargados de criar a aquellos pequeños que la sociedad había bautizado como «hijos de nadie».

A simple vista, parecía el lugar perfecto para crecer. Pero bastaba recorrer sus pasillos para descubrir otra realidad.

En el tercer piso, al final del corredor izquierdo, una puerta de colores anunciaba: Cunero A. Más de cien cunas ocupaban aquella habitación. Los bebés lloraban por hambre, dolor o simplemente porque necesitaban que alguien los abrazara. Todavía puedo escuchar aquellos llantos.

Pero al otro lado del pasillo estaba el Cunero B. Allí reinaba un silencio casi aterrador. Ningún llanto. Ningún grito. Después de una semana, aquellos bebés habían aprendido algo que ningún niño debería descubrir jamás: llorar no servía de nada. Nadie acudiría. Nadie los abrazaría. Nadie los salvaría. Habían aprendido a rendirse.

Sus pequeñas voces, heridas antes de aprender siquiera a hablar, se perdían en un mundo egoísta dominado por la ambición y la muerte. Clamarían por misericordia y justicia, pero sus gritos terminarían desapareciendo entre los oídos sordos de una sociedad que había decidido ignorarlos.

Y yo formaba parte de ellos.

Cuando llegué a Hamelín, apenas era un bebé. Nunca imaginé que detrás de aquellas paredes me esperaba una crueldad mucho mayor de la que un niño podía llegar a comprender. Tengo vagos recuerdos de lo que sucedió allí, como las huellas de una guerra incierta. A veces, el agua turbia de mi memoria se volvía cristalina al atravesar el mar de la subconsciencia. Al despertar, aquellos recuerdos volvían a hundirse y desaparecían. Pero ahora lo recordaba todo. Como si hubiera ocurrido ayer.

Hamelín era enorme. Las habitaciones estaban divididas por edades y las cunas permanecían alineadas unas junto a otras. Crecí rodeado de aquellos niños. A pesar de nuestra corta edad, formábamos lazos y amistades. Nos aferrábamos unos a otros porque, cuando todos te abandonan, aprendes a aferrarte a lo único que tienes cerca. O, en mi caso, a lo que tenía debajo.

En la cama inferior de mi litera dormía un niño llamado Aquileo. Siempre jugaba conmigo. Reía constantemente. Tenía el cabello oscuro, ojos grises y rasgados, y una expresión que parecía desafiar la tristeza que nos rodeaba. Se convirtió en mi mejor amigo.

Pasaron seis años en un abrir y cerrar de ojos. Entonces las monjas y los clérigos comenzaron a obligarnos a construir un edificio dentro del recinto. Trabajábamos incluso durante el frío, mientras ellos permanecían cerca de una fogata que apenas les daba calor a ellos.

Un día, Aquileo se distrajo. Había creído ver a un niño extremadamente pequeño correr hacia una niña y empujarla. La muñeca de la pequeña cayó dentro de la fogata. Entonces los clérigos le ordenaron entrar en las llamas para recuperarla. Aquileo y yo intervenimos. Sacamos la muñeca antes de que ella tuviera que hacerlo. Nos quemamos las manos y la piel se nos puso roja. Pero para ellos, aquello no fue un acto de compasión. Fue una falta.




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