Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XIX Domus Diaboli: La casa de los horrores

Había pasado un año desde la desaparición de Aquileo. Un año desde que rompí los lazos de amistad que tanto miedo me daba perder.

Helena nunca entendió por qué dejé de hablarle. Poco a poco aceptó que ya no quería ser su amigo y comenzó a alejarse de mí.

Yo había decidido sobrevivir sin amor. Pasar desapercibido. Vivir en un letargo de emociones, bajo las aguas congeladas de la vida de un huérfano, esperando crecer lo suficiente para romper el hielo y volver a luchar.

Entonces apareció Heraldo. Tenía catorce años, rasgos afro-europeos y la costumbre de molestar a los niños más pequeños. Un día le arrebató la muñeca a Helena. Lo vi desde lejos. Y, como había aprendido a hacer, aparté la mirada. Pretendí no haber visto nada.

—¡Hey, Eliseo! ¿No vas a salvar a tu novia? —gritó Heraldo al verme—. ¿O no te importa si la convierto en mi nuevo saco de boxeo?

Intentaba provocarme.

—Haz lo que quieras, Heraldo. Pero los golpes, los castigos y las visitas nocturnas no van a desaparecer porque culpes a Helena o a mí. Te he escuchado llorar por las noches. Sé que molestas a los demás porque quieres desquitarte con alguien por lo que te han hecho.

Lo miré a los ojos.

—Puedes convertirte en uno de ellos si quieres. En un cobarde. Aprovecha el tiempo que te queda antes de que te lleven a Miraculous. Pero recuerda algo: el destino de un cobarde es ser esclavo de su propio miedo.

Sus ojos se llenaron de rabia.

—¡No hables de cobardes cuando abandonaste a tus propios amigos! ¡Ven y pelea conmigo, Eliseo!

Agitó la muñeca de Helena frente a mí.

—Yo no he abandonado a nadie.

—¡Cállate y ven!

Entonces apareció la madre superiora Minerva.

—¿Qué ocurre aquí? Saben perfectamente que las peleas están prohibidas.

Le arrebató la muñeca a Heraldo. Él huyó asustado. Helena permaneció inmóvil, abrazándose a sí misma, mirando la muñeca con tristeza.

—Eliseo, acompáñeme a la dirección.

Sentí miedo. Pensé que sería castigado por culpa de Heraldo. Quise explicar lo ocurrido, pero sabía que mi voz no valía nada. Para ellos, la palabra de un expósito nunca podía estar por encima de la de un adulto.

Entré en la dirección dispuesto a recibir mi sentencia. Minerva se sentó detrás del escritorio, abrió un cajón y guardó allí las llaves de su celda. Después me miró.

—Iba a pedir que te llamaran. Ha sido una suerte encontrarte antes. Solo quería informarte de algo. Prepara tus cosas. Mañana, a primera hora, vendrán unas personas por ti.

Hizo una pausa.

—Has sido adoptado.

Adoptado. La palabra comenzó a resonar en mi cabeza. Se suponía que debía estar feliz. Todos los niños de Hamelín soñaban con escucharla. Pero yo no sentí alegría. Sentí miedo.

Entonces un grito desgarrador atravesó el edificio. Provenía del Cunero B. Minerva se levantó inmediatamente.

—Quédate aquí.

Salió apresuradamente para averiguar qué ocurría. Yo permanecí solo.

Adoptado. La palabra seguía repitiéndose dentro de mi cabeza. Pero solo podía pensar en una persona. Helena. Yo me iría. Ella se quedaría. Sola. Y ni siquiera tendría su muñeca.

Tenía que devolvérsela. Al menos debía despedirme. Pedirle perdón. Porque Heraldo tenía razón. Yo la había abandonado mucho antes de marcharme. Había sido un cobarde.

Me armé de valor y comencé a revisar los cajones del escritorio. Uno por uno. Hasta encontrar las llaves. Salí de la dirección y corrí hacia la celda de Minerva. La puerta estaba cerca. Elegí la llave que creí haber visto utilizar antes y la introduje en la cerradura. Mi corazón golpeaba con fuerza. Ya no podía retroceder. Tenía que hacerlo por Helena.

La cerradura cedió. Abrí la puerta. Y entré en silencio.

La habitación de Minerva era pequeña y oscura. Apenas un foco iluminaba una mesa con una Biblia, bolígrafos, una regla y una lámpara de aceite. En un rincón había una cama cubierta con sábanas grises.

Aquel debería haber sido un lugar de oración y paz. Pero no lo era. El aire era gélido y pesado. Un olor fétido impregnaba la habitación. Sentí un escalofrío al entrar.

Tenía que encontrar la muñeca antes de que Minerva regresara. No estaba sobre la mesa. Tampoco en los cajones. Entonces me acuclillé y miré debajo de la cama. Y lo encontré.

No era un juguete normal. Era una figura humanoide, grotesca, del tamaño de un niño pequeño. Parecía una mezcla entre un simio y un anciano de enormes orejas. Su cuerpo estaba hecho de fragmentos de una piel verdosa y ennegrecida, tenía cabello humano y pequeños cuernos de animal. Estaba sentado sobre una tabla circular cubierta de símbolos rojos. A su alrededor había velas negras consumidas. El olor a carne podrida provenía de allí. Y junto al monstruoso muñeco estaba la muñeca de Helena.

Extendí la mano. Entonces algo me mordió. Mi pulgar comenzó a sangrar. Retrocedí. Por un instante creí haber visto moverse a aquella criatura. Me quedé inmóvil. Un muñeco no puede moverse. Aquello tenía que ser una pesadilla. Pero el dolor de la mordida era demasiado real.

Entonces ocurrió. La criatura se abalanzó hacia mí, abandonó su pequeño altar y comenzó a gatear como un bebé demoníaco. Retrocedí y salí de debajo de la cama. Pero me sujetó de un pie. Logré escapar dejando el zapato entre sus manos y corrí hacia la puerta. No llegué. El monstruo apareció delante de mí. Se había movido con una velocidad imposible.

Entonces silbó. El sonido fue tan agudo que sentí un dolor insoportable en los oídos. Hasta comenzó a salir sangre. Caí de rodillas y me cubrí las orejas, pero aquel silbido atravesaba mis manos y parecía perforarme los tímpanos. La criatura comenzó a acercarse. Tenía unas manos enormes y unos ojos completamente negros, profundos como un abismo. Caminaba de una manera extraña, casi cómica. Por un instante pensé en los movimientos de Charles Chaplin.

Entonces vi mi zapato en el suelo. Lo tomé y lo lancé debajo de la cama para distraerlo. Escuché el golpe contra algo. Una de las velas negras salió rodando. Y el monstruo desapareció.




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