Desperté con varios puntos de sutura recorriendo mi espalda. Aquellas heridas eran la prueba de que Hamelín no había sido una pesadilla. Había ocurrido.
Pero había algo más. En mi pierna izquierda apareció una extraña marca: una triqueta formada por tres óvalos entrelazados, rodeada de símbolos rúnicos. Toda la piel alrededor había adquirido un tono negro, como si el símbolo hubiera sido tatuado mediante una antigua escarificación.
Durante un tiempo, aquella marca me dolió incluso más que las heridas de mi espalda. Y entonces descubrí algo que jamás había experimentado. Podía sentir. Mi tacto había cambiado. También mi oído, mi vista, mi olfato y mi gusto parecían haberse normalizado. Por primera vez podía escuchar el silencio de la noche sin voces detrás de las paredes. Podía contemplar los colores como cualquier otro niño. Podía disfrutar de los alimentos sin sufrir dolores ni malestares.
Le pregunté a Miklós de dónde había salido aquella marca. No quiso responder. Solo me dijo que no hiciera más preguntas y que, gracias a ella, podría llevar una vida completamente normal. No sabía qué significaba la triqueta. Pero si aquella marca había conseguido devolverme algo parecido a la normalidad, no me importaba lo tenebrosa que pareciera. La aceptaría como una medicina amarga. Porque sentía que estaba curando algo mucho más profundo que mi cuerpo.
Durante los años siguientes, Miklós me enseñó a defenderme. Era experto en Krav Maga y entrenábamos desde las mañanas hasta las tardes. Después, se sentaba conmigo frente al piano y me enseñaba las melodías alegres y melancólicas de Ludwig van Beethoven. Con el paso de los días, los meses y los años, Miklós dejó de ser solamente mi maestro y tutor. Se convirtió en mi padre.
Por primera vez en mi vida fui feliz. Hasta que desapareció. A los dieciséis años volví a sentir aquello que tanto temía. El abandono. Solo me quedaron la casa del lago y un antiguo reloj de bolsillo que llevaba el mismo símbolo de la triqueta.
Miklós se había marchado el día simbólico de mi cumpleaños, el mismo día en que había llegado a su casa años atrás. Antes de irse me entregó el reloj. Me prometió que regresaría cuando sus manecillas marcaran las doce de la noche. También me ordenó que no lo abriera hasta que se hubiera marchado y que jamás lo perdiera. Cuando finalmente lo abrí, descubrí algo extraño. El reloj no funcionaba.
Salí a buscarlo. Corrí sin rumbo por las frías calles de la República Checa, sintiéndome otra vez como un cachorro abandonado.
Entonces escuché un ladrido. Bajé la mirada. Junto a mis pies había un cachorro de perro lobo checoslovaco. No debía tener más de cinco meses. Retrocedí. Aunque parecía inofensivo, algo en su aspecto despertó el recuerdo de aquellos enormes colmillos desgarrando mi carne en Hamelín. Intenté regresar a casa. Pero el cachorro corrió hacia mí. Caí sentado del susto y levanté el reloj para protegerme. Fue suficiente. El pequeño ladrón me arrebató el reloj y salió corriendo.
El miedo no pudo detenerme. Corrí detrás de él. La persecución terminó cerca de la famosa discoteca RYM, un exclusivo club reservado para personas con dinero, contactos e influencias. El cachorro se internó en un oscuro callejón y desapareció detrás del edificio. Escuché un llanto canino. Después, silencio. El perro y mi reloj habían desaparecido.
Frustrado, llegué hasta una puerta negra vigilada por una pequeña cámara. Llamé. Un minuto después se abrió. Un hombre calvo, gordo y de aspecto siniestro apareció frente a mí. Vestía botas, guantes y un delantal negro de hule, como un carnicero.
—¿Qué quieres?
Le pregunté si había visto entrar al cachorro. Él preguntó dónde estaban mis padres. Mentí.
—En casa. Esperándome.
Su sonrisa me hizo comprender que no me había creído. Entonces dijo que el perro estaba dentro. Podía marcharme. O entrar. Pensé que quizá estaba exagerando los peligros a mi alrededor. Y quería recuperar el reloj.
Entré. El pasillo era estrecho y apenas estaba iluminado por débiles barras de luz roja. Al fondo se escuchaba la música de la discoteca. Algo dentro de mí gritaba que regresara. No lo hice.
Entonces sentí una mordida ardiente en el cuello. Caí de rodillas. Toqué mi piel. Un dardo tranquilizante estaba clavado en ella. Detrás de mí apareció otro hombre, más alto y delgado, sosteniendo un arma. El hombre corpulento comenzó a arrastrarme por los pies. El sedante se extendía por mi cuerpo. Mi visión comenzó a deformarse. Los dos hombres dejaron de parecerme desconocidos. Por un instante volvieron a convertirse en los clérigos de Hamelín. Y mientras la oscuridad se cerraba sobre mí, comprendí que estaba a punto de perder nuevamente el control de mi propia vida.
La oscuridad lo abarcaba todo. Poco a poco recuperé la conciencia. Lo primero que percibí fue el olor a salitre y humedad. Después, el frío recorriendo mi piel. No sabía dónde estaba. El dardo tranquilizante era lo último que recordaba. Intenté mover las piernas. Estaban entumecidas. Abrí los ojos. No había luz. Entonces moví los brazos y sentí un dolor terrible en las muñecas. Grilletes. También tenía los tobillos sujetos. Estaba cautivo.
Escuché un murmullo.
—¿Hay alguien ahí?
Mi voz se perdió en la oscuridad. Entonces alguien respondió.
—¡Vaya! ¡Al fin despiertas!
Era una voz masculina, agradable, tranquila, casi jovial. Unas pisadas se acercaron. La oscuridad comenzó a ceder. Me encontraba en una habitación iluminada por luces rojas, parecida a un cuarto oscuro de revelado fotográfico. Había varias jaulas metálicas, lo bastante grandes para contener perros de gran tamaño, pero destinadas a encerrar personas.
En una de ellas, a mi izquierda, había un hombre aterrorizado que caminaba de un lado a otro. A mi derecha había otro hombre, enjuto, de unos cuarenta años, sentado con los ojos cerrados.
—¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí?
—Me llamo Eshkol —respondió—. Caminaba con mi perro guía hacia mi casa. Después sentí lo mismo que tú. Me drogaron.