Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXI Septem Gladiorum inversi: El teatro de las máscaras

La Mariposa Negra comenzó a caminar hacia mí. Lo hacía lentamente, mientras los ladridos de los perros llenaban el coliseo.

No tenía opción. Tomé las armas, aunque todavía no estaba convencido de utilizarlas. Frente a mí estaba aquella mujer enmascarada que habían elegido para matarme. Me negaba a aceptar que uno de los dos tuviera que morir. Ser el verdugo o ser la víctima.

La palabra apareció en mi mente como una sentencia: Matar. Quizá era mejor morir.

En la jaula contigua, el otro hombre se acercó a la orilla. En lugar de tomar las armas, intentó escalar. Apenas tocó los barrotes, una descarga eléctrica lo lanzó al suelo. Su condición física y el miedo lo destrozaron. Gritaba. Lloraba. Intentaba levantarse. Pero no pudo. Los pitbulls se abalanzaron sobre él.

Aquella escena me devolvió de golpe a Hamelín: la valla electrificada, los perros San Bernardo y aquella desesperada lucha por sobrevivir. El hombre gritó mientras las bestias lo derribaban y comenzaban a destrozarle el rostro. Era una escena imposible de asimilar. La sangre cubría el suelo mientras los animales devoraban su carne. Su grito de dolor continuó durante unos segundos que parecieron eternos.

El cronómetro se detuvo en: 01:02. Ese fue el tiempo que tardaron en matarlo.

—¡Asesinos! —grité—. ¡¿Qué clase de monstruos son ustedes?!

Nadie respondió. Nadie parecía siquiera escucharme.

Entonces miré hacia la jaula de Eshkol. Los perros lobo se acercaban lentamente. Él permanecía de rodillas, sentado sobre sus piernas, completamente inmóvil. Parecía meditar o rezar. Como si ya hubiera aceptado su muerte. No podía apartar la mirada. Aquella gente había convertido nuestras vidas en un espectáculo. Y mientras los perros se acercaban a Eshkol, comprendí que ya no podía pensar en ellos. Tenía que sobrevivir.

Recordé los entrenamientos con Miklós. Ahora dependía únicamente de mí salir con vida de aquel infierno.

—¿Acaso no especifiqué que no mataría a niños? —preguntó La Mariposa Negra.

—Lo sabemos perfectamente. Sin embargo, el sacrificio que tienes frente a ti ya pasó la pubertad. Todos saben que, a partir de los quince años, deja de ser un niño. Puedes matarlo sin objeciones. Adelante. No hagas esperar más a la audiencia. Han venido a verte a ti: a la letal y despiadada Mariposa Negra que no distingue entre infantes y adultos.

La mujer permaneció en silencio unos segundos.

—De acuerdo. Pero esta será la primera y última vez que asesine a alguien que no haya cumplido los dieciocho.

Sus ojos grises se clavaron en los míos. Habían visto morir a demasiadas personas.

—¿Quién eres?

—Skoll. Skoll Lykaios.

Ese era el nombre con el que Miklós me había registrado.

—Dime, Skoll... ¿a qué clan perteneces?

—¿Clan? ¿De qué estás hablando?

La mujer entrecerró los ojos.

—No lo has notado, pero llevo varios segundos intentando acabar contigo rápidamente para evitarte el dolor. Sin embargo, posees una especie de inmunidad a mi poder.

Hizo una pausa.

—Eres el primero que sobrevive a mi Supekutoru.

Sentí un escalofrío.

—Hay algo que no puedes ver. Está intentando acercarse a ti para asesinarte, pero la energía que irradias repele su estructura y le impide tocarte.

No entendía nada.

—¿Acaso perteneces a algún clan? —continuó—. Bueno... de ser así, tal vez solo seas un Omega. De lo contrario, no estarías aquí.

Su expresión cambió.

—Como sea... no tengo más remedio que asesinarte con mis propias manos.

La Mariposa Negra metió la mano en su chaleco. Sacó dos cuchillas mariposa tácticas de acero negro. Las abrió con un movimiento rápido. Y atacó sin vacilar.

Al mismo tiempo, en la jaula de Eshkol, los dos perros lobo checoslovacos saltaron sobre él.

La batalla había comenzado.

El espacio entre La Mariposa Negra y yo desapareció en un instante. Apenas pude esquivar su primer ataque. El segundo fue tan veloz y potente que tuve que bloquearlo con el escudo. Intenté embestirla. Mi plan era acorralarla contra la reja y hacer que una descarga eléctrica la dejara inconsciente. Pero era demasiado rápida. Apenas podía seguir sus movimientos. Y, pese a su figura delgada, cada golpe tenía una fuerza brutal. Solo podía mantenerme en pie gracias a toda la fuerza que Miklós me había enseñado a desarrollar.

En la otra jaula, uno de los perros lobo derribó a Eshkol. Entonces ocurrió algo inesperado. La reja que rodeaba mi ring comenzó a elevarse y desapareció mediante un mecanismo oculto. Al mismo tiempo, llamaradas surgieron del suelo y rodearon la arena como cuerdas de fuego. Mi plan había quedado inutilizado. Necesitaba encontrar otra forma de sobrevivir sin matarla.

Dejé la daga junto a mis pies. Tomé el casco con la mano derecha y mantuve el escudo en la izquierda. La Mariposa Negra hizo girar sus cuchillas entre los dedos. Después corrió hacia mí. Su primera cuchilla chocó contra mi escudo. Intenté golpear su rodilla con el casco, pero anticipó el movimiento y clavó la segunda hoja en él, deteniendo el golpe. Una patada atravesó el escudo. Caí sentado. Le lancé el escudo al rostro, pero lo esquivó inclinándose hacia atrás con una flexibilidad casi imposible.

Entonces ocurrió algo en la jaula de Eshkol. Uno de los perros lobo saltó sobre el otro y hundió los colmillos en su cuello, apartándolo de Eshkol.

Aproveché el instante. Recogí la daga. La Mariposa Negra volvió a lanzarse contra mí. Ataqué su abdomen, pero desvió mi brazo con una patada. Ella respondió con una estocada directa al mío. Choqué mi daga contra su cuchilla.

¡CLANG!

El sonido metálico resonó por todo el coliseo. Los entrenamientos con Miklós me habían dado fuerza, agilidad y reflejos superiores a los de una persona común. Pero ella estaba en otro nivel. Su segunda cuchilla se dirigió hacia mi cuello. Logré esquivarla inclinándome hacia atrás. Entonces sentí un golpe brutal en el estómago. Su codo me dejó sin aire. Caí al suelo. Desarmado. La daga había quedado en sus manos. Y ahora mi vida también estaba a su merced.




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