Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXIII Quinque Poculorum: Los niños que lloran

La multitud, cegada por el odio, parecía arder con la misma intensidad que la casa de Gema. Las llamas iluminaban sus rostros coléricos mientras más de una docena de personas nos rodeaban, sedientas de venganza.

—¡Agárrenlos! ¡Quemen a los malditos dentro de la casa! —vociferaron.

En cuestión de segundos, los treinta se convirtieron en cincuenta.

Sentí la 9 mm cargada bajo mi chamarra negra. También pensé en utilizar mis habilidades de defensa personal. Pero no quería hacerlo. Aquellas personas estaban equivocadas, pero muchos sólo intentaban defender sus hogares. No quería lastimar a inocentes.

Entonces la horda se abalanzó sobre nosotros.

Tanu se abrió paso entre la multitud y se interpuso delante de Gema y de mí. Mostró los dientes, soltó un gruñido amenazante y comenzó a ladrarles a todos.

—Quieto, amigo.

Tanu no retrocedió. La multitud se detuvo y dio unos pasos hacia atrás, aunque sólo momentáneamente. El miedo a ser mordidos por el perro no era suficiente para apagar su sed de venganza. Volverían a atacar.

Gema, en cambio, parecía más preocupada por proteger el objeto que llevaba bajo el brazo que por salvar su propia vida.

Entonces ocurrió algo inesperado. Un violín comenzó a sonar detrás de la multitud. Las notas atravesaron el caos. Una melodía triste, hermosa y extrañamente hipnótica consiguió llamar la atención de todos. Uno a uno, los habitantes comenzaron a girarse. Al fondo estaba una joven violinista. Tocaba con una habilidad extraordinaria. Y llevaba unas gafas rosas. Era Miyuki. Había regresado.

No estaba tocando para entretenerlos. Estaba intentando distraerlos de su furia.

En ese preciso instante, un automóvil gris apareció a toda velocidad. La maniobra fue tan brusca que amenazó con atropellar a cualquiera que no se apartara. El vehículo frenó durante unos segundos junto a nosotros. La puerta trasera derecha se abrió. Una mujer con el rostro cubierto por un velo negro gritó:

—¡Suban! ¡Rápido, si no quieren que los linchen!

No teníamos otra opción. Gema, Tanu y yo entramos. La puerta se cerró. El automóvil arrancó inmediatamente. El conductor llevaba una capucha, un cubrebocas negro y una túnica café que ocultaba por completo su identidad.

No confiaba en ninguno de ellos. Saqué la pistola y apunté directamente detrás de su cabeza.

—Detente. Deja subir a Miyuki.

El conductor obedeció. El automóvil se detuvo cerca de ella. Miyuki había guardado apresuradamente el violín en su estuche y subió al asiento del copiloto. La multitud comprendió lo que estaba sucediendo demasiado tarde. Se abalanzaron contra el automóvil. El conductor aceleró. Las personas golpearon la carrocería y corrieron detrás del vehículo durante unos segundos, pero pronto quedaron atrás.

A través de la ventana observé cómo la muchedumbre desaparecía en la distancia. No sabía quién era aquella mujer. No sabía quién conducía. Y tampoco sabía qué demonios llevaba Gema bajo el brazo. Pero una cosa estaba clara: acabábamos de escapar de una turba que quería vernos muertos.

—La próxima vez, sólo di «por favor». Y ahora baja esa arma. Hay una menor a bordo —espetó el hombre encapuchado.

—¡Ya te dije que no soy ninguna niña! —replicó la mujer vestida de negro que estaba junto a Tanu.

Se quitó el velo. Era una jovencita de entre quince y diecisiete años.

—Pues no actúas como una persona adulta. Te recuerdo que, si no hubiera ido por ti, ahora mismo estarías en prisión... por no decir algo mucho peor. Lo siento, Zulia, pero ya tuve suficiente con la pérdida de tu hermano. No soportaría perderte a ti también.

El hombre hizo una pausa.

—Y, por favor, vuelve a cubrirte el rostro. Todavía no es seguro mostrarnos en público.

—Ulysses, baja el arma. Los conozco. Son amigos míos —intervino Gema.

Bajé lentamente la pistola.

—Perdón. Yo no...

—Con un «gracias» es más que suficiente —respondió el encapuchado.

Miyuki sonrió dulcemente.

—Dōmo arigatō.

La miré.

—¿Y tú dónde estabas?

Miyuki respondió con una sonrisa pícara.

—Onii-chan, ¿creíste que me había ido? Sabes que nunca te abandonaría. Mucho menos ahora que todo se ha vuelto tan peligroso.

Frunció el ceño. Tanu soltó un pequeño ladrido.

—Hola, Tanuki. ¿Cómo te ha tratado este gruñón? —le dijo Miyuki mientras lo acariciaba.

—Pero ¿cómo nos encontraste?

—Aquel hombre falleció durante la madrugada. Quise avisarte, pero no contestabas el celular. Regresé al hotel para esperarte, pero las horas pasaban y no sabía dónde estabas.

»Salí a buscarte. Después de caminar durante horas sin encontrarte, comencé a perder la esperanza. Estaba agotada, así que entré en una tienda de instrumentos musicales y compré este lindo violín.

Levantó el estuche.

—Cuando salí, pensaba regresar al hotel. Entonces escuché la explosión.

Miyuki bajó ligeramente la mirada.

—Corrí hacia el fuego pensando que quizá podía ayudar a alguien. Y cuando estuve cerca, vi a Tanuki corriendo hacia mí.

Sonrió.

—Parecía querer que lo siguiera. Corrió otra vez y desapareció entre una multitud furiosa que estaba a punto de lastimar a alguien. Supuse que ese alguien eras tú.

—No te equivocaste.

—Lo único que se me ocurrió fue tocar el violín para llamar su atención. Lo demás ya lo sabes.

El encapuchado soltó una pequeña risa.

—Hiciste algo muy valiente.

—O, mejor dicho, algo muy estúpido al exponer tu vida de esa manera —repliqué con desaprobación.

Miyuki me miró.

—¿Quién es el que estuvo a punto de ser linchado?

—Sabes, Miyuki, a veces puedes ser muy cruel.

—Esta chica es muy simpática —comentó el encapuchado, divertido.

Después miró a Gema. Su expresión cambió.

—Entonces dime, ¿qué sucedió?

Gema apretó contra su cuerpo el objeto envuelto en cuero negro.

—Seguramente fueron ellos. No tengo la menor duda. Aunque no sé cómo lograron encontrarme.




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