Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXIV Hierophanta: El padre Abelard

Sentí la necesidad de colgar de inmediato. Sin embargo, decidí correr el riesgo y escuchar.

—Lo llamo porque quiero proporcionarle información sobre el paradero de Pandora Kedward. Pero es necesario que hablemos en persona. ¿Podría acudir a la iglesia dentro de una hora?

—Sí. Claro. Ahí estaré.

—Gracias. Nos vemos pronto.

La llamada terminó. Zulia me observaba con angustia, esperando una explicación.

—Era él… el sacerdote, ¿cierto?

Me limité a asentir. Temía que una reacción impulsiva pudiera ponerla en peligro.

—Ayer por la tarde te vi entrar en la iglesia del sacerdote, justo cuando yo iba de salida.

—¿Y qué hacías tú ahí?

Zulia bajó la mirada.

—Había entrado al confesionario para… Como sea, no tuve el valor de hacerlo. Sólo hice una confesión.

Hizo una pausa.

—Confesé haber matado a un judío.

La miré sorprendido.

—El hombre que atropellé era uno de los que vi en la casa de Pandora. Lo extraño es que frené antes de siquiera tocar la motocicleta en la que iba. Aun así, lo vi morir en medio de la calle, como si una fuerza sobrenatural hubiera acabado con él.

Tragó saliva.

—Pero sentí que yo había sido responsable. O, al menos, eso era lo que quería creer.

—¿Se lo dijiste al sacerdote?

—Le confesé que lo había atropellado, pero nunca le expliqué por qué.

—¿Y qué fue de los otros niños? ¿Y de los torturadores?

Zulia cerró los ojos.

—Como te dije, fui la única que consiguió salir de la residencia de Pandora. El terremoto abrió una brecha bajo el suelo y me permitió escapar del pequeño cuarto donde estaba recluida.

»Cuando salí, el caos reinaba por todas partes. Nadie quería escuchar las palabras de una niña que aseguraba haber sobrevivido a rituales de brujería y años de maltrato físico y psicológico.

»Todos estaban preocupados por ellos mismos o por algún familiar desaparecido.

»Me desmayé y desperté en un hospital. Una enfermera me dijo que regresara a casa. Y me advirtió que, si me atrevía a hablar de lo ocurrido en la residencia de Pandora, volvería allí y esta vez nunca saldría.

Zulia apretó las manos.

—El miedo me mantuvo callada.

»Abandoné a mis hermanos. Seguramente todos están muertos. Y quizá los que nos torturaban también. Los cofrades probablemente regresaron a sus países de origen. Tal vez terminaron sufriendo la misma maldición de los incendios que ellos mismos habían desatado mediante los sacrificios.

—¿Dónde crees que está Pandora ahora?

Zulia tardó en responder.

—Pandora tuvo una hija. Se llamaba Ania.

—¿Ania?

—Parecía enferma todo el tiempo. Pandora apenas soportaba estar con ella. No le tenía paciencia. Nunca la maltrató como a nosotros, pero terminó exiliándola a un lugar que nadie conoce.

»Siempre decía que Alysa era como la hija perfecta que había querido tener.

Zulia levantó la mirada.

—Es posible que Pandora haya ido a buscar a Ania. Tal vez huyeron juntas a otro país para escapar de la justicia… o de la maldición que ella misma desató a través de sus cuadros.

Me puse de pie.

—Gracias por revelarme todo esto, Zulia. Ahora tengo que irme.

—¡No! ¡No lo hagas! ¡Si vas, morirás!

—Hazle caso a Zulia —advirtió el encapuchado.

Lo miré fijamente.

—Quisiera saber algo más.

—¿Qué cosa?

—Quiero saber quién se oculta bajo esa capucha y ese cubrebocas.

El encapuchado permaneció inmóvil durante unos segundos. Después sonrió.

—Haremos una apuesta. Si me ganas en un duelo a mano limpia, te diré quién soy y podrás marcharte.

Señaló hacia una mesa.

—Pero si yo gano, te quedarás aquí sin objeciones.

—Acepto.

Esperaba que se levantara y comenzara la pelea. En cambio, tomó un tablero y lo colocó entre nosotros.

Arqueé una ceja.

—¿Qué es esto?

—Puluc.

—Creí que habíamos hablado de un duelo cuerpo a cuerpo.

—Y lo tendremos. Pero primero jugaremos.

El encapuchado acomodó las piezas.

—El Puluc es un antiguo juego de mesa maya asociado a los Q'eqchi'. Combina estrategia y azar. El tablero representa un campo de batalla y cada movimiento simboliza un acontecimiento de la guerra. Las bases de los jugadores representan ciudades mayas y las capturas, a los enemigos derrotados durante el avance.

»Cada jugador comienza con cinco fichas. El objetivo es capturar las del adversario.

Me explicó las reglas. Y comenzamos. Durante unos minutos estudié sus movimientos. No fue suficiente. El encapuchado capturó mi última ficha y soltó una carcajada.

—He ganado.

Me levanté y me dirigí hacia la salida.

—¿Adónde crees que vas?

Me detuve.

—Lo siento, pero me temo que no puedo quedarme.

—Y yo me temo que tendré que obligarte a cumplir tu parte del trato.

—Entonces oblígame.

El encapuchado se incorporó.

—Tal vez esto era lo que querías desde el principio. Un duelo cuerpo a cuerpo.

Avanzó hacia mí.

—De acuerdo. Te daré lo que quieres.

Sentí su mano derecha sobre mi hombro. Giré de inmediato y lancé un codazo con el brazo izquierdo hacia su rostro. Pero detuvo el golpe con la mano izquierda. Sus dedos se cerraron alrededor de mi codo. Apretó. El dolor atravesó la articulación. Intenté patearlo con la prótesis izquierda, pero todavía sujetaba mi hombro con la mano derecha. Aplicó una fuerza brutal y me obligó a caer de rodillas. La prótesis metálica golpeó el suelo de bambú. Entonces levantó la pierna y puso el pie sobre ella. Su mano derecha seguía clavada en mi hombro mientras la izquierda mantenía mi brazo atrapado.

Tanu reaccionó de inmediato. Corrió hacia él y hundió los dientes en el pie que mantenía mi prótesis contra el suelo. El encapuchado ni siquiera me soltó. La mordida comenzó a hacerle sangrar.

—Creo que he ganado otra vez —dijo con sorna.

Luego volvió a reír.

—Lo lamento, muchacho. No dejaré que mueras. Si para evitarlo tengo que romperte algunos huesos, lo haré sin vacilar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.