Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXV Fortitudo inversa: La bestia

—Ulysses, polvo eres y en polvo te convertirás —sentenció el sacerdote.

El rosario negro se enroscaba entre sus dedos como una serpiente alrededor de las manos de un demonio. Yo todavía tenía el arma entre las manos. No sabía si las balas serían suficientes para detener aquella criatura, pero necesitaba intentarlo. Aunque sólo consiguiera retrasar sus ataques durante unos segundos, esos segundos podían ser la diferencia entre vivir y morir.

Arriba, suspendida en las alturas, la criatura extendía sus alas mientras descendía en picada hacia mí. Su sombra lúgubre eclipsaba la luz de las lámparas de cobre cada vez que pasaba sobre ellas.

Esperé. No debía disparar todavía. Tenía que dejar que se acercara. Esperé hasta que estuviera lo bastante cerca para que la trayectoria de la bala fuera imposible de esquivar.

Entonces ocurrió. Un movimiento brusco. Alguien me empujó. Disparé por accidente. La bala pasó de largo y perforó la base de la pila bautismal. El impacto abrió una grieta. Después otra. Y otra. La piedra comenzó a resquebrajarse bajo el peso del agua hasta que finalmente cedió. La pila se partió. El agua se desbordó como un pequeño torrente y corrió por el suelo de la iglesia hasta formar un enorme charco alrededor de nosotros.

Levanté la mirada. El ave había desaparecido. Y entonces la vi. Había reaparecido detrás de mí. Comprendí lo que acababa de ocurrir. El encapuchado me había empujado para apartarme de las garras. Había salvado mi vida. Pero él había recibido el ataque. Su capucha y su túnica estaban desgarradas. El cubrebocas se había partido por la mitad y una larga herida vertical atravesaba su piel desde la sien hasta el pecho. La sangre comenzó a cubrirlo.

—¡No!

El ave cambió bruscamente de dirección. Levanté el arma y disparé. Una vez. Dos. Tres. Las balas sólo perforaron el techo de la iglesia. La criatura era demasiado rápida.

Entonces algo llamó mi atención. Sin dejar de sostener el arma con la mano derecha, introduje la izquierda dentro de mi chamarra. Mis dedos encontraron aquel objeto. Lo saqué casi por instinto. Era el mismo objeto brillante que había invocado al ángel que me protegió aquella vez del Silbador.

El encapuchado había desaparecido. Miré hacia el altar. Abelard tampoco estaba allí. Lo encontré a pocos metros de mí. Seguía teniendo aquel mismo rostro perverso. Pero caminaba de una manera extraña. Como si no fuera él mismo.

Entonces sentí algo sobre mi cabeza. Las garras del Pájaro de la Muerte se clavaron en mi cráneo. No tuve tiempo de reaccionar. El grito de la criatura volvió a atravesarme. Esta vez no parecía provenir de la iglesia. Parecía llegar desde una distancia imposible. Como si aquel lamento humano surgiera de las profundidades de una caverna gigantesca y oscura, perdida en algún lugar del infierno.

El sonido me paralizó. Sentí pequeños hilos de sangre deslizarse por mis oídos y por la parte frontal de mi cabeza. No podía moverme. El ave permanecía de pie sobre mí. Después inclinó lentamente la cabeza hasta quedar frente a mi rostro. La máscara de madera comenzó a abrirse. Se partió en dos. Los fragmentos cayeron lentamente y dejaron al descubierto el resto de su rostro emplumado.

Entonces apareció el ojo que había permanecido oculto. El ojo derecho se abrió. Un amarillo enfermizo. Una mirada imposible. Y caí. No físicamente. Caí dentro de sus pupilas. Un abismo. Una oscuridad inmensa. Mi mente se precipitó hacia un pozo sin fondo mientras aquel grito de ultratumba continuaba taladrando lo más profundo de mi ser.

Entonces comenzaron a caer las plumas. Descendían lentamente, como nieve hecha de astillas de madera. Una. Otra. Otra más. Se acumulaban sobre mi cuerpo. Primero sobre mis hombros. Después sobre mis brazos. Sobre mis piernas. Sentí que mi piel comenzaba a endurecerse. A transformarse. Como si poco a poco estuviera convirtiéndome en una estatua de madera.

Mis fuerzas desaparecieron. Abrí las manos. El arma cayó al suelo. También cayó el objeto que sostenía con la izquierda. El rosario de Valentina. Golpeó el agua. Durante un instante, sólo vi su reflejo sobre la superficie. Entonces ocurrió algo imposible. En el reflejo apareció un escalpelo. Brillante. Perfectamente definido. No estaba en el suelo. Estaba dentro del reflejo. Y de pronto salió de él. El escalpelo atravesó la superficie del agua como si ésta fuera una puerta y salió disparado hacia el Pájaro de la Muerte.

La criatura reaccionó en el último instante. Soltó mi cabeza. El ave se elevó violentamente y esquivó el bisturí, que pasó junto a su cuerpo como un proyectil destinado a atravesarle el corazón. Yo caí al suelo. El mundo volvió a moverse.

Y entonces apareció ella. Frente a mí. Sin ruido. Sin advertencia. El espectro de Valentina. La mujer que había perdido. La mujer por la que había abandonado el alcohol. La mujer por la que había decidido seguir viviendo. Y ahora estaba allí. En medio de aquella iglesia. Entre la lluvia que entraba por el techo roto, el agua que cubría el suelo y el humo negro que envolvía al Pájaro de la Muerte.

Valentina me miró. Y por primera vez desde su muerte, sentí que la muerte no era el final.

El ave fantasma lanzó sus garras contra Valentina, quien, una vez más, se movió con rapidez dentro de su uniforme de enfermera, esquivando los ataques de la criatura. El filo del escalpelo alcanzó a cortar algunas zonas de su cuerpo, obligándolo a elevarse y tomar distancia.

Aproveché el instante para recoger el arma del suelo y apuntar al sacerdote, que todavía se encontraba cerca de mí. Aunque conocía su naturaleza inmortal, algo extraño había cambiado. Los hombres armados que lo protegían ya no me apuntaban. Sólo observaban.

Mientras Valentina mantenía a raya al ave fantasma, yo hacía lo mismo con el sacerdote. Sin embargo, sabía que aquello no duraría. En cualquier momento, ambos podían cruzar la barrera.

—¡Espera! —advirtió el sacerdote, levantando las manos. Comenzó a caminar lentamente hacia un costado, rodeándome en sentido contrario a las manecillas del reloj hasta formar un semicírculo. Sus ojos escudriñaban el suelo mojado bajo mis pies. Caminó de lado hasta quedar de espaldas al altar.




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