Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XXIX. Luna: Rugaru

XXIX. Luna: Rugaru

El interrogatorio había terminado hacía horas, pero las últimas palabras de Xandria seguían dando vueltas en mi cabeza.

No podía dormir.

¿Qué tan verídicas podían ser las declaraciones de aquella criatura? Los sellos que llevaba marcados en la frente y en la jaula habían sido colocados por Eshkol para someterla y obligarla a revelar todo cuanto sabía. Sin embargo, Xandria podía haber ocultado algo.

O peor aún: podía estar diciendo la verdad.

Me encontraba en medio de una guerra sobrenatural.

Yo era apenas un humano de veintidós años, mutilado por la guerra, sin poderes capaces de hacer frente a criaturas inmortales cuya naturaleza apenas comenzábamos a comprender. Si no hubiera sido por Zamná, Eshkol, Zazil y el espíritu de Valentina, probablemente estaría muerto.

En la batalla anterior no había podido hacer nada. Y esta vez casi había muerto enfrentándome a seres contra los cuales una bala de acero era inútil.

Solo el platino podía detenerlos.

Pero ¿cuántas balas de platino necesitaríamos para acabar con todos los Arcontes?

Ni siquiera sabía cuántos eran.

Me había desviado de mi propósito original y ahora estaba atrapado en algo infinitamente peor. Una guerra que quizá ni siquiera comprendía.

Tal vez necesitábamos a los Omega para tener alguna posibilidad de sobrevivir.

Pero entonces volvía a mi mente aquella última advertencia.

Entre ustedes hay un traidor.

¿Para qué decir algo así?

Quizá Xandria había descubierto que éramos más fuertes juntos y pretendía sembrar la discordia entre nosotros. Bastaba con hacer que empezáramos a desconfiar unos de otros.

Pero ¿y si no era una mentira?

¿Y si realmente había un traidor?

¿Podía alguno de nosotros ser un Draconiano oculto bajo una apariencia humana? Xandria también había hablado de humanos sometidos mediante control mental.

Entonces apareció en mi mente una posibilidad mucho más aterradora.

¿Y si el traidor era yo?

¿Y si alguien había alterado mi mente y yo ni siquiera lo sabía?

¿Cómo podía distinguir la verdad de la mentira cuando ni siquiera podía confiar en mis propios recuerdos?

Hasta entonces había creído comprender lo ocurrido en la residencia de Pandora. Los inquilinos habían ingerido Ojos de muñeca y habían muerto víctimas de sus propios temores.

Pero ahora sabía que aquella historia tenía otra cara.

Quizá no eran víctimas, sino verdugos que habían recibido el castigo que merecían.

También estaba Eleni Kedward.

Una niña Omega la había suplantado y después había muerto a causa de aquellas dosis de veneno puestas en un pastel de cumpleaños por su supuesta tía, todo por una maldita herencia.

Y aquella misma niña había sufrido abusos físicos a manos de Héctor y Melanie, quienes pretendían quebrarla y controlarla mediante la tortura, como parte del Proyecto Monarch.

Ahora conocíamos fragmentos de la verdad.

Pero quedaba la pregunta más importante:

¿Quién estaba realmente detrás de la muerte de los inquilinos y de la familia Kedward?

Me levanté de la bolsa de dormir y caminé hacia la habitación del santuario de las mariposas.

Xandria seguía allí.

Estaba sentada sobre sus pies, con las manos atadas, dentro de la enorme jaula de bambú. A simple vista parecía una prisión rudimentaria. En realidad, era mucho más eficaz que cualquier jaula de metal.

Porque no eran las varas de bambú las que la retenían.

Eran los sellos hebraicos que Eshkol había grabado sobre ellas.

Me acerqué lentamente.

No podía descansar hasta descubrir quién era el traidor. Pero las declaraciones de Xandria no habían resuelto nada. Ella tampoco sabía quién era. Solo nos había contado que el padre Abelard le había advertido que, tarde o temprano, uno de nosotros terminaría traicionando a los demás.

Para ella, aquello no había sido importante.

No había preguntado quién.

No había investigado por qué.

Simplemente lo había descartado.

Yo no podía hacerlo.

Porque ahora aquella advertencia se había convertido en una pregunta que no dejaba de perseguirme:

¿Quién de nosotros estaba mintiendo?

Y, por primera vez, tuve miedo de descubrir que la respuesta podía estar mucho más cerca de lo que imaginaba.

Una mariposa azul había entrado en la jaula y se había posado sobre la pierna de la Omega.

La criatura permanecía inmóvil.

Su piel escamosa resplandecía como piedras de granate bajo la luz de la luna y de las antorchas que rodeaban el santuario. Tenía el aspecto de una mujer delgada, aunque sus facciones delataban su naturaleza Draconiana.

A diferencia de los otros dos Arcontes que habíamos destruido, no poseía cola ni alas.

Solo observaba a la mariposa.

El pequeño insecto aleteaba lentamente sobre sus escamas, como si también temiera perturbar aquella extraña quietud.

Había algo desconcertante en los ojos de Xandria.

No reflejaban maldad.

Solo tristeza y resentimiento.

—¿Tú tampoco puedes dormir, muchacho?

La voz liviana de Zamná rompió el silencio.

Estaba sentado a pocos metros de la jaula, sobre el suelo de bambú, con las piernas cruzadas.

—¿Aún piensas que es descabellado todo lo que esta chica con rostro de cocodrilo nos relató, después de lo que presenciaste esta noche?

Miré nuevamente a Xandria.

—No. Ya no.

Respiré profundamente.

—Me queda claro que existe un mundo mucho más grande que el que conocía. Y que aquel mundo que creía real quizá solo era una máscara que ocultaba algo mucho más oscuro.

Zamná asintió.

—Entonces será mejor que intentes dormir. Mañana necesitarás fuerzas.

Lo miré.

—¿Para qué?

—Para entrenar.

Su expresión se volvió seria.

—A partir de mañana comenzaré a enseñarte todo lo que necesitas saber. Si vas a sobrevivir a lo que se avecina, tendrás que aprender rápido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.