Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXXVII Decem Aurei: La Reina de Espadas

La mejor forma de ocultar algo es dejarlo a la vista de todos. Como aquellos tesoros guardados tras paneles ocultos en lugares cotidianos, amuletos en el interior de veneradas efigies, valiosas llaves dentro de muñecos sacros, las malas intenciones en la sonrisa afable de un supuesto amigo, la entrada al infierno en un juego para niños. Camuflando doctrinas secretas en juegos y cuentos infantiles. Mensajes reservados solo para aquellos que pudieran ver más allá de lo evidente.

El edificio era semejante a una vieja y maltratada basílica. Su puerta estaba hecha de madera de ébano y sobre ella yacía dibujada en rojo sangre la imagen del Árbol de la Vida, un símbolo cabalístico compuesto por diez círculos conectados entre sí por líneas rectas.

Para jugar se debía arrojar una piedra en representación del alma y avanzar de casilla en casilla, como quien abandona el purgatorio hasta alcanzar el paraíso, atravesando diferentes planos o pruebas infernales. Era una odisea desde la oscuridad a la luz, una reminiscencia perdida en la noche de los tiempos. El laberinto por el cual debía deambular aquel que buscaba la salida. Un juego infantil con símbolos ocultos cuya finalidad era penetrar y regresar con éxito del laberinto. Porque saltando en el Árbol de la Vida, al arrojar la piedra del alma, se descendía simbólicamente a los infiernos y se volvía a la tierra.

Caminé a través del selvático sendero que parecía inundado de hojas secas alrededor del edificio, como si el otoño hubiese tapizado el suelo de una añeja y moribunda belleza. Como si todos los árboles del mundo, cual serpientes que cambian de piel, hubiesen preferido abandonar sus hojas en este recinto.

Mientras caminaba, me di cuenta de que lo que parecían hojas secas eran en realidad cientos de insectos mantis hoja muerta que se camuflan en el ambiente yermo. A cada paso, por sutil que fuera, la invasión parecía alterarse. De repente la plaga se levantó en vuelo como la décima plaga de langostas del Éxodo. Cubrieron todo el terreno hasta dejarlo negro.

Después del sobresalto corrí hacia el edificio y entré por la puerta marcada por el símbolo. Sentí un escalofrío en la nuca y una corriente de aire frío azotó la puerta al cerrarse bruscamente detrás de mí.

El interior era una habitación oscura, muy pequeña, con escaso mobiliario. Un pequeño foco iluminaba sutilmente el lugar donde solo había una mesa con una biblia, bolígrafos y una regla colocados ordenadamente junto a una lámpara de aceite, y una cama pequeña con sábanas grises. Aquello se me hacía extrañamente familiar.

De pronto la imagen de una mujer desnuda, una niña y un niño pequeño atados a troncos de árboles junto a una monja apuñaló mi memoria y el siniestro sonido de un silbido se hizo presente. Unas manos oscuras con uñas largas y negras comenzaron a emerger de debajo de la cama. Algo comenzaba a arrastrarse fuera de ahí, algo oscuro, algo diabólico.

Di la media vuelta y me dispuse a salir por la misma puerta por la que había entrado, la cual tenía el mismo símbolo por ambos lados. La puerta se azotó al cerrarse detrás de mí.

Creí que al salir la plaga me esperaría. En su lugar, un pasillo angosto iluminado solo por tenues luces rojas apareció frente a mí.

De pronto las voces al unísono de niños entonando una canción se escucharon en un eco espectral:

—Ni la ves, ni la verás, tris, tras. Mirar para arriba, que caen judías. Mirar para abajo, que caen garbanzos. A callar, a callar, que el diablo va a pasar.

Y una tercera imagen destelló en mis recuerdos enterrados. Era una batalla en un ring contra una mujer con máscara de mariposa negra.

La madera de la puerta soltó un sonido estrepitoso; esa cosa intentaba entrar. Los embates eran poderosos. Corrí por el pasillo rojizo hasta encontrar otra puerta con el mismo símbolo. Aquella criatura había entrado, se escuchaban sus pisadas cada vez más cerca. No quise mirar atrás y giré el pomo. Sin darme cuenta, esa cosa había entrado conmigo.

Al cerrarse la puerta me encontré en un corredor vacío, largo y lleno de puertas sin símbolos ni nombres que indicaran su uso. Las abrí una por una, pero todas llevaban a habitaciones de un nosocomio. Al final del corredor había solo un letrero: "MORGUE".

El olor fue lo primero que se impregnó en mis sentidos. Ya no era solo la opresión en el pecho. El miasma que inundaba la sala era casi indescriptible. Sabía que ya había sentido eso antes.

Me acerqué al centro. La presión se volvió más intensa cuando vi en medio dos mesas con dos grandes bultos cubiertos por un manto azul. Eran dos cuerpos inertes. Tomé ambas sábanas y las levanté de un tirón.

Encontré el cadáver de una mujer con uniforme de enfermera. Tenía una herida de corte en su pálido y rígido cuello. De pronto una lágrima cayó de mi mejilla. Estaba llorando sin saber por qué.

Me acerqué bajo el impulso de darle un beso. Quería sentir sus fríos labios esperando que me brindaran calor.

En ese instante el cadáver de al lado, un sujeto con el cuello abierto y ensangrentado, se sentó de golpe y me miró con ojos desorbitados. Introdujo los dedos de sus rígidas manos en su herida y, como si su rostro fuera una máscara, tiró de su piel hacia arriba con la mano diestra y hacia abajo con la izquierda hasta arrancársela como si fuese un traje. Descubrió el rostro de un ser siniestro con forma de arlequín, con traje rojo y una tétrica máscara sonriente, negra con adornos rojizos, ojos rasgados como los de un gato.

El arlequín saltó hacia mí. En ese momento el cadáver de la mujer despertó de su sueño eterno y, como si su motivo fuera salvarme, le clavó la punta de un bisturí en la espalda deteniéndolo.

Mientras el arlequín la apartaba, escapé. Corrí hacia una puerta al fondo con el símbolo y la atravesé. La puerta de un confesionario se cerró dejando la morgue atrás, como si hubiera escapado por un pasadizo secreto.

Aquel lugar era una iglesia decorada con santos católicos que vestían trajes típicos mayas. Entre ellos sobresalía un muñeco de aspecto realista que representaba al Niño Dios. La visión de un sacerdote transformándose en un enorme lobo me causó gran temor.




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