Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXXVIII Stultus: El Arcano Cero

—Los adeptos asistían al culto de Pandora disfrazados como judíos para que las miradas inquisidoras del pueblo recayeran sobre ellos y así culparlos de todo el mal causado. Solo de esa manera podían trabajar sin la continua vigilancia de los judíos que habían llegado para detener sus planes.

Belle continuó hablando mientras yo intentaba asimilar cada una de sus palabras.

—Zulia fue la única sobreviviente del culto de Pandora. La comunidad judía la protegió como testigo de aquella secta siniestra hasta que fue adoptada por el pescador y caporal Zamná. El mismo hombre que adoptó a Zazil, el único sobreviviente de la isla de la Orquídea Negra. Era de esperarse que el testimonio de Zulia ante las autoridades terminara archivado y olvidado... exactamente como ocurrió con el tuyo después de Hamelín.

Sentí algo removerse en lo profundo de mi mente.

Hamelín.

Otra palabra que parecía pertenecerme y que, sin embargo, no lograba alcanzar.

—Hace mucho tiempo —prosiguió—, cuando quedaste inconsciente durante la guerra, te di a comer un preparado negro hecho con las semillas del fruto de la Orquídea Negra. Debía ayudar a que la herida de tu pierna cerrara con mayor rapidez y evitar la transformación del Rugaru. Sus efectos eran semejantes a los del LSD y el Ololiuqui, utilizados en ceremonias y ritos antes de ir a la guerra.

Se acercó lentamente.

—Las drogas siempre han corrido a diestra y siniestra entre los soldados para darles valor. Con esa misma intención crearon una nueva y experimentaron con ella en un veterano: el paciente Ángel Santos.

El nombre volvió a golpear alguna puerta cerrada dentro de mí.

—Lo indujeron a un sueño que terminó obligándolo a suicidarse en la misma habitación donde murió Valentina Arriaga.

Valentina.

Un escalofrío me recorrió. No sabía quién era. Pero mi cuerpo sí parecía saberlo.

—Aquella droga fue parte esencial del segundo nivel del Proyecto Monarch: la Poción Alfa, diseñada para el control de la mente humana y Arconte.

Belle me contempló con extraña familiaridad.

—He visto cómo los cohetes y las luces de bengala durante celebraciones y carnavales te obligaban a salir corriendo para encerrarte en un baño, llorando y gritando como un loco. Nunca pudiste tolerar esos sonidos sin caer presa del pánico. Te recordaban la guerra. Con frecuencia la revives mientras duermes y despiertas aterrorizado.

Imágenes inconexas cruzaron por mi cabeza. Destellos. Explosiones. Disparos. Arena. Sangre. Pero desaparecieron antes de que pudiera atraparlas.

—Yo robé las almas de los sacrificios que Arian Levi pensaba utilizar para despertar al Jinete del Caballo Negro —continuó Belle—. Con ellas creé este lugar en el plano astral.

Extendió los brazos hacia aquel grotesco cunero.

—Aquí son atraídos los culpables de aquellas masacres. La música de la ocarina del Arlequín los adormece y los hipnotiza durante los incendios producidos por el Agbara de los niños Omega, canalizado a través de los cuadros.

Miré nuevamente aquellas cunas. Aquellos cuerpos. Aquellas deformidades.

—Aquí se convierten en niños y bebés deformes. Después son torturados por las víctimas sacrificadas por Arian Levi y por los niños del orfanato que jamás pudieron descansar en paz.

Las criaturas vestidas con aquellos disfraces infantiles permanecían inmóviles. Ahora comprendía lo que eran.

—Ellos son los que llevan esos disfraces de apariencia amigable. Se vengan de quienes les arrebataron la vida. Este es el infierno de los asesinos, de quienes encontraron placer en matar. Aquí son reducidos a gusanos o utilizados como incubadoras para las larvas de insectos que devoran madera... del mismo modo en que ellos devoraron la vida de los bosques y las selvas cuando estaban vivos.

Belle sonrió.

—Como una plaga de termitas.

Su mirada se endureció.

—Porque eso son. Una plaga que debe ser erradicada.

Observé a los bebés. Por primera vez comprendí que aquellas deformidades no eran un accidente. Eran un castigo.

—Este orfanato se encuentra en una isla remota dentro de una dimensión que podría describirse como el alma de la propia isla después de haber sido engullida por el mar. Es una réplica exacta del Orfanato Hamelín.

Sentí nuevamente aquella punzada.

—El mismo orfanato que sembró el terror en Moldavia cuando descubrieron centenares de cadáveres de niños y bebés pertenecientes a distintas épocas. Había funcionado durante más de un siglo cuando finalmente cerró... después de que tú escaparas.

La miré.

—¿Yo?

—Tú fuiste la voz de todos aquellos niños.

No podía recordarlo.

—Durante años existieron reportes sobre cosas extrañas que ocurrían dentro de Hamelín, pero nadie sospechó lo que aquellas enormes paredes escondían. Hasta que encontraste la manera de escapar.

Una imagen atravesó fugazmente mi cabeza. Camas. Una ventana. Una monja. Niños. Oscuridad. Y desapareció.

—La fosa clandestina que encontraron, conocida únicamente por las monjas y los clérigos que dirigían el lugar, contenía más de cuatrocientos cadáveres de niños y bebés de diferentes épocas. No encontraron registros suficientes para identificar a la mayoría.

Belle caminó entre las cunas.

—Tu testimonio motivó a otros antiguos residentes a hablar. Contaron cómo el personal golpeaba, violaba y humillaba a los niños. Cómo recibían castigos severos por orinarse en la cama. Cómo los obligaban a comer alimentos podridos.

La escuchaba y algo dentro de mí comenzaba a doler. No eran recuerdos. Todavía no. Eran cicatrices recordando que alguna vez habían sido heridas.

—Lamentablemente, Hamelín solo era uno entre varios orfanatos construidos sobre el miedo, las amenazas, la disciplina excesiva y el abuso emocional, físico y sexual. Lugares donde aquellos niños jamás conocieron el amor, la compasión ni la dignidad que merece cualquier ser humano.




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