Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

XL. Imperatrix Inversa: La Diosa de los Vientos del Sur

XL. Imperatrix Inversa: La Diosa de los Vientos del Sur

Cerberus había derribado puertas y paredes de madera para llegar rápidamente hasta la celda de Minerva… o, mejor dicho, de Belle.

La chica enmascarada permanecía crucificada en la pared de su celda, con la máscara metálica cubriéndole el rostro. La sangre escurría de sus extremidades, semejante a la de un hermoso cisne herido, con las alas abiertas.

Belle, en cambio, permanecía de pie junto a ella, observándola con profundo desprecio.

De pronto, Cerberus atacó.

Sus enormes mandíbulas se abrieron y se lanzaron directamente contra su ama. Pero Belle simplemente levantó su decrépita mano y le lanzó un beso a través del aire.

Tal como había ocurrido conmigo, Cerberus se detuvo a pocos centímetros de arrancarle la cabeza.

Era como si una fuerza superior le impidiera acercarse.

Pero aquella fuerza no solo lo detenía.

Lo estaba matando.

Una a una, las termitas que componían el cuerpo de Cerberus comenzaron a caer, fulminadas por aquella energía, como si hubieran sido alcanzadas por humo venenoso o productos químicos extremadamente corrosivos.

Casi todas fueron exterminadas.

Excepto una.

La pequeña criatura se arrastraba por el suelo, intentando sobrevivir.

Pero aquella termita era diferente a todas las demás.

No parecía un insecto.

Parecía un órgano cerebral en movimiento.

Un cerebro alargado que se retorcía como una horrible serpiente.

Era una termita reina creada por Belle para controlar a los perros de la plaga sin necesidad de darles órdenes directamente. La colonia de termitas que formaba a los perros estaba vinculada telepáticamente a ella.

Entonces comprendí la verdad.

Cerberus nunca había sido realmente un perro.

La termita reina era el cerebro de la plaga.

Ella era el verdadero Cerberus.

La mente que controlaba a los perros de Belle.

Sostuve la vara metálica en lo alto y descargué la punta contra la criatura.

La termita reina quedó aplastada al instante.

Acto seguido, lancé las cuentas oscuras mientras volvía a tomar la ocarina negra.

Pero Belle volvió a lanzar un beso al aire.

Las cuentas se detuvieron en seco.

Después comenzaron a convertirse en cenizas.

La ocarina negra sufrió el mismo destino. Se desvaneció entre mis manos como una nube de humo oscuro.

El beso de la muerte era tan poderoso que incluso partió mi máscara negra por la mitad.

La máscara se desintegró poco después, siguiendo el mismo destino que las cuentas y la ocarina.

Solté la vara.

También desapareció.

Caí de rodillas, tosiendo, inhalando y exhalando con extrema dificultad, casi al borde de la asfixia.

Si la máscara no hubiera protegido mi rostro, aquel beso habría cumplido su cometido.

Belle me observó.

—Creí que después de ser poseído por tu álter ego te someterías ante mí. Pero has acabado con mi más leal perro y, no solo eso, casi haces que muerda la mano de su ama. Te lo diré una sola vez: baja esa arma o verás morir a esta mujer, y su muerte se convertirá en uno más de tus traumas.

Mis movimientos se habían vuelto semejantes a los de un simio durante el combate.

Movimientos acrobáticos, difíciles de predecir. Una defensa magnífica. Sacudidas bruscas y desplazamientos ágiles que confundían a cualquier oponente que intentara seguirme.

Todo aquello era producto del poder que permanecía oculto dentro de mí.

Pero era inútil contra Belle.

Aquel veneno mortal la envolvía como una barrera inquebrantable.

Belle no era un oponente cualquiera.

—¡Obedece, Eliseo, Skoll, Ulysses, Hati o como sea que te llames ahora! Sabes que no puedes vencerme.

Se acercó un poco.

—Desde el momento en que comiste del fruto de esta isla cavaste tu propia tumba. De hecho, me impresionó bastante que tu lengua no hubiera probado una de las muchas botellas de vino de la residencia Kedward. Conociendo tu problema con el alcohol, aposté a que lo harías.

Sonrió.

—Porque, de haberlo hecho, te habrías convertido en prisionero de aquel plano astral maldito, jugando una y otra vez con el espectro de aquella niña Omega, huyendo eternamente del Vigilante Silbador.

Su voz adquirió una extraña ternura.

—Deja de rebelarte contra mí. Yo fui la única persona que actuó como una madre para ti. Te acogí en mi seno cuando estabas a punto de convertirte en menos que una larva lemuriana y te di la oportunidad de renacer en el hombre que eres ahora.

Me miró fijamente.

—Te convertiste en el hijo que perdí. Eras el único que podía ocupar ese lugar.

Belle comenzó a caminar lentamente alrededor de mí.

—Supe lo especial que eras cuando no fuiste asesinado por el muñeco Hellequin, cuyo deber era robar para mí la energía astral de los niños Omega del orfanato de Hamelín. Después, cuando te toqué por primera vez, vi en mis visiones el sello que más tarde colocarían sobre ti.

Hizo una pausa.

—Los traumas lograrían romperlo. Pero yo no podía lastimarte físicamente. Mi instinto maternal me lo impedía.

Su sonrisa desapareció.

—Por eso preferí dañarte psicológicamente, matando a uno de los seres que más amabas en aquel entonces.

La miré sin decir nada.

—Al día siguiente, una pareja enviada por la Alianza de la Oscuridad llegó para recogerte. Después de eso ya no supe nada más de ti.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Sabía que el sello ya había sido colocado. Un sello que, además, impedía tu localización. Hasta aquel momento en que ocurrió la explosión.

Belle sonrió.

—El sello se debilitó durante unos breves instantes. Fue suficiente para poder encontrarte.

La imagen pareció cobrar vida dentro de mi mente.

—Y, finalmente, después de varios años, te encontré entre la devastación de una guerra. Estabas tendido en el suelo, sin una de tus piernas. Pero logré apaciguarte como una madre arrulla a su bebé cuando está herido.




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