Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo LXI Mundi et Mortis: La Última Carta

Así era la naturaleza de las termitas.

Se ocultaban de la luz.

Cuando descubrías su existencia, casi siempre ya era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho.

Poseían fototropismo negativo. Huían de la luz para destruir en la oscuridad.

Y aquel monstruo... aquel demonio... actuaba exactamente igual.

Si queríamos enfrentarnos a Halrinach, primero teníamos que aprender a ver a través de la oscuridad.

La visión era el resultado del trabajo conjunto de los ojos y el cerebro, que juntos construían una imagen compleja del mundo.

Pero, ¿era posible ver con los oídos?

¿Qué ocurría con la corteza visual de alguien que había perdido la vista?

No quedaba inútil. El cerebro se reorganizaba. Ante la ausencia de estímulos visuales, parte de aquellas neuronas comenzaba a participar en el procesamiento del sonido y el tacto. Si los ojos dejaban de proporcionar información, el cerebro recurría a un plan B. Escuchaba. Sentía. Construía un mapa mental del espacio.

Yo había sido entrenado para eso. Para ver con los oídos.

Aunque jamás llegué a ser tan hábil en una batalla a ciegas como Zamná y Eshkol.

Necesitaba apaciguar mi mente. Escuchar. Encontrar nuevamente aquella música del universo que guiaría mis movimientos, tal como había ocurrido durante mi enfrentamiento contra Cerberus.

Cerré los ojos.

Y entonces aparecieron.

Valentina.

Y la niña iraquí.

Sus cuerpos espectrales se materializaron a cada lado de mí. Por un instante las observé. Después ambas se transformaron.

Dos enormes alas oscuras surgieron a mis costados. Sus plumas parecían bisturíes negros. Pero sabía lo que eran realmente. Las cincuenta y ocho cuentas oscuras del rosario de Valentina, bañadas ahora por un aura negra.

Entonces sentí algo.

Peligro.

Se aproximaba con la forma de una lanza.

—¡Muévete!

Salté.

Halrinach atacó.

Una de sus extremidades atravesó el lugar donde había estado un instante antes. El suelo explotó. Rocas y tierra salieron despedidas mientras la Doncella de Hierro y yo nos apartábamos de la trayectoria.

Halrinach volvió a atacar.

Esta vez fue el viento. Una ventisca brutal recorrió la cueva arrastrando miles de hojas muertas que giraban por el aire como cartas lanzadas por una mano invisible. Pero aquellas hojas cortaban.

Mis alas se desplegaron. Las cincuenta y ocho plumas de bisturí salieron disparadas.

Hoja contra acero.

Las hojas muertas se pulverizaron. Pero el polvo no cayó. Se convirtió en una neblina que el viento empujó hacia mí.

—¡No respires! ¡Es un gas tóxico! ¡El hálito de los cadáveres de sus víctimas! — gritó la enmascarada.

Contuve el aire. Las cuentas atravesaron la neblina y continuaron su trayectoria hacia Halrinach.

El monstruo se movía como una sombra. Como una bruma imposible de tocar. Las cuentas consiguieron alcanzarla. Pero rebotaron. Su exoesqueleto era incluso más resistente que el de los escarabajos vigilantes de Arian Levi.

Ataqué nuevamente. Una vez. Otra. Otra. Buscaba una abertura. Un punto débil. Algo suficientemente blando.

Hasta que lo encontré.

Cerré la mano formando un puño. Y entonces apareció el recuerdo. La niña iraquí. La explosión. Mis compañeros muriendo. El fuego. El dolor.

Las cuentas respondieron. Los bisturíes penetraron en la parte blanda del cuerpo de Halrinach y cortaron varias terminaciones nerviosas. Después liberaron violentas ondas de choque. Las explosiones no consiguieron destruir al demonio, pero sí debilitaron su ataque. El viento perdió fuerza. El gas venenoso se dispersó antes de alcanzarme.

Otra explosión golpeó la parte superior de la cueva. La abertura por la que habíamos caído se hizo más grande. Y la luna entró.

Su luz descendió hasta nosotros.

Por primera vez pude verla.

Halrinach estaba formada por tres grandes regiones de tonalidades marrones. Cabeza. Tórax. Abdomen.

Su cabeza poseía dos enormes ojos compuestos y tres ocelos. Dos antenas semejantes a plumas surgían de la parte delantera, y bajo ellas se abría un par de mandíbulas dentadas.

El tórax era largo, delgado y fuertemente esclerotizado. Estaba dividido en tres segmentos, cada uno provisto de un par de enormes patas. Pero el primer par era diferente. No servía únicamente para caminar. Servía para atrapar. Sus fémures estaban cubiertos de espinas y las tibias terminaban en garras. Cuando las mantenía plegadas contra el pecho, adoptaba la perturbadora postura de alguien rezando.

El abdomen, grande y segmentado, era mucho menos rígido. Más vulnerable. Allí habían conseguido penetrar mis cuentas.

En medio del pecho poseía además un órgano semejante a un oído.

Y erguida frente a nosotros superaba los tres metros.

Finalmente comprendí qué estaba viendo. El feroz depredador llamado Halrinach era una aterradora y gigantesca mantis hoja muerta.

La Doncella de Hierro no perdió tiempo. Atacó por la espalda. Saltó con la daga preparada.

Halrinach desapareció. Una explosión de hojas secas ocupó su lugar. Las hojas volvieron a reunirse detrás de la enmascarada.

—¡Cuidado!

La extremidad del monstruo salió disparada. Cerré nuevamente el puño. Las cuentas formaron una barrera. No pudieron detener el golpe. Pero sí desviarlo unos centímetros. Fue suficiente. La Doncella de Hierro escapó.

Halrinach giró la cabeza hacia mí. Completamente. Sus ojos me encontraron. Atacó. La enorme extremidad atravesó el aire. La esquivé. Las cuentas respondieron.

Halrinach volvió a desaparecer entre hojas. Pero ahora había algo diferente. Ya no necesitaba verla. Las cuentas que permanecían dentro de su cuerpo se movían con ella. Podía sentirlas. Cada desplazamiento. Cada giro. Cada ataque. Las cincuenta y ocho cuentas se habían convertido en mis ojos.

Recordé las palabras de Zamná.

Visualización. La capacidad de ver claramente la posición de las piezas sin necesidad de moverlas.




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