Cerci ejecutó el primer movimiento levantando la mano izquierda cerca de su angélico rostro, con los dedos extendidos y la palma frente a la nariz.
Hefisto leyó la intención hostil.
Veloz, se llevó el puro humeante a los labios y desenvainó su arma.
Era una cimitarra a una mano, de acero negro, con un solo filo curvo marcado por vetas onduladas y la punta doblada en forma de hoz. A ambos lados de la hoja se extendían caracteres indescifrables del mismo color jaspe rojo de sus ojos. La empuñadura era de ébano y albergaba ocho pequeñas gemas en forma de ojos, cuatro por cada lado, de color rubí. Del extremo colgaba una cola de eslabones romboidales de negro metálico que se enrollaba alrededor de su mano como un rosario.
A simple vista parecía fabricada con un metal de características especiales. Poseía una belleza única, un diseño perfecto para la batalla.
La pelea había comenzado en aquel rincón inhóspito de la isla.
Hefisto había decidido exterminar a la bruja antes de que el fuego del techo de la choza se extendiera.
Cerci comenzó a mover las articulaciones de la muñeca, la mano y los dedos, ejecutando posiciones con una destreza y una velocidad imperceptibles para los mortales. Finalizó cerca de su frente, inclinando la cabeza como quien inicia una plegaria.
De sus labios brotó una voz susurrante, cavernosa y gutural, como la de una bestia infernal vibrando en la oscuridad:
—Uqshení Leatzmí Divréi Jayamín Benájat Nishmaín Hamacharak.
Apenas terminó la última palabra, Hefisto blandió su arma contra ella.
Cerci retrocedió, eludió el corte mortal y quedó completamente inmóvil cerca de la puerta de la choza.
De pronto, Hefisto fue rodeado.
Eran ocho hombres del poblado, parte de los doce que se habían quedado por mandato de la bruja. Cada uno se encontraba a un par de metros, a la misma distancia de los demás, sosteniendo un machete o un pico entre sus ásperas manos.
Todos tenían el ojo izquierdo cerrado.
El derecho permanecía abierto.
Observándolo.
Sin parpadear.
Aquellos ojos que antes brillaban con enferma lascivia ahora contenían una desgarradora oscuridad.
Vacíos.
Llenos de horror nocturno.
El hombre situado entre Cerci y Hefisto cargó contra él con un machete oxidado, pero todavía lo bastante afilado para cercenar miembros.
Hefisto reaccionó al instante.
Le abrió el vientre con la cimitarra y lo apartó con una fuerte patada en el pecho.
Sin vacilar.
Aunque estuviera siendo manipulado por la bruja, había decidido matar a cualquiera que se interpusiera.
El cuerpo descendía lentamente.
Los ojos color jaspe rojo de Hefisto habían cambiado su percepción del tiempo. Cada movimiento veloz parecía ahora lento.
Antes de que el agresor tocara el suelo, la voz de Cerci volvió a retumbar:
—Dmá Ji Jadavár Jaiajid Sheefshár Lishbor Kesheomrím Et Shmó Pazuzu.
Otra veloz serie de movimientos.
Otra posición final.
Entonces el ojo izquierdo del hombre se abrió.
Su pupila y su iris habían desaparecido. En su lugar había un diagrama rojo formado por las propias venas oculares: una telaraña con caracteres en cada segmento que convergían hacia el centro, donde un símbolo de líneas onduladas y rectas ocupaba el lugar de la pupila.
Figuras semejantes a las grabadas en la cimitarra de Hefisto, aunque con diferente número de líneas, ángulos y patrones.
Como si ambas pertenecieran a letras distintas de un mismo abecedario arcano y oscuro.
Del ojo brotó una masa negra con tal violencia que hizo saltar sangre.
Abrió sus extremidades en el aire.
Largas y temibles patas.
Como si el puño de una mano monstruosa abriera sus dedos para estrangular a su presa.
Era una inmensa araña viuda negra.
En el abdomen llevaba el mismo símbolo rojo que había ocupado el ojo destrozado, justo donde normalmente estaría el reloj de arena.
El hombre cayó finalmente al suelo.
Muerto.
La araña se lanzó hacia Hefisto y se evaporó como humo.
Como si hubiera sido una ilusión.
Pero no lo era.
En un cuarto de segundo se manifestó una ráfaga huracanada, acompañada por un aura verde esmeralda y traslúcida con forma de ser demoníaco: cabeza de tigre diabólico, cuerpo de hombre, cuernos de macho cabrío, garras de ave en lugar de pies y dos pares de alas de águila.
Volaba fieramente contra él.
—¡Vox Leaenae Et Custodia Akrabuamelu! —vociferó Hefisto con el puro aún entre los labios, mientras trazaba una figura en la tierra con la doble punta de su cimitarra.
Un gruñido sobrenatural resonó.
El viento infernal chocó contra un escudo de vibraciones producido por la cimitarra al clavar su doble punta en la tierra.
Zarpazos demoníacos contra gruñidos de ultratumba.
La tierra parecía arder y exhalaba líneas de humo que ascendían vertiginosamente. Las vibraciones descendían desde la hoja hasta la doble punta, haciendo arder el suelo. La hierba y las plantas eran arrancadas violentamente.
Sin embargo, Hefisto permanecía inamovible.
Aquel demonio de aire no había logrado moverle ni un solo cabello.
No cabía duda de que Hefisto no era un humano común.
La verdadera pregunta era si todavía podía llamársele humano.
Ningún hombre ordinario podría combatir fuerzas demoníacas utilizando las mismas artes prohibidas que Cerci.
Y la batalla apenas comenzaba.
Una gema roja de la empuñadura se oscureció.
Uno de los ocho ojos de la cimitarra se había cerrado.
Pero no fue el único.
Los ojos de la muchedumbre habían sido cegados desde el comienzo: permanecían abiertos, pero sin visión. Sus lamentos fantasmales eran silenciados por el viento, que entonaba una melodía caótica.
Otra orden retumbó:
—¡Anpu Latratus Fui Draconum!
Hefisto blandió su cimitarra de abajo hacia arriba.