Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo III Decem Gladiorum: La Isla de la Orquídea Negra

El cielo se sacudía con el estrépito de los truenos. El viento gemía como el llanto de un fantasma en eterna agonía. El cielo lloraba porque una tragedia estaba por comenzar.

Como ladrón a mitad de la noche entró el temporal. Asoló los hogares y la isla mientras los pobladores dormían profundamente.

La mayoría logró sobrevivir gracias al refugio, un antiguo orfanato abandonado que los propios pobladores habían reconstruido.

Pero cuatro personas no lograron entrar. Tres eran niñas de cinco a siete años.

La gente, al tratar de escapar de la furia de la naturaleza, se empujaba, se atropellaba, se abría paso con suma violencia sin importarles más que su propia carne. En medio del tumulto y la desesperación, las niñas soltaron las manos de sus madres. Fue lo último que tocaron de ellas.

La muchedumbre metió a las madres a la fuerza dentro del refugio. Ya no pudieron salir a buscarlas.

En el ojo del huracán, el silencio fue peor que la tormenta. Los llantos descontrolados provocaron que por votación unánime enviaran a un hombre a buscarlas.

Eligieron a un anciano indigente.

Lo amenazaron con echarlo fuera si no accedía, porque nadie más quería arriesgar su vida. Ni siquiera los propios padres.

No tenía opción. Salir para morir, o la oportunidad de volver como un héroe.

Horas después regresó. Sin ninguna niña.

Tiempo después su cuerpo fue hallado entre los sedimentos arrastrados por los aluviones que inundaron los cultivos. Era el anciano. Nadie le tuvo consideración. Lo más que hicieron fue levantarlo y aventarlo fuera de la isla, como se desecha algo indeseado, como alimento para peces y tiburones bajo el oscuro y frío mar. Hasta su muerte les era una molestia.

_Las brujas de la isla._

Se creía que también habían muerto. Para la gente, ese era el único beneficio del huracán.

Eran demasiado odiadas. Durante años, leyendas, rumores y supersticiones habían turbado el corazón de la isla. Cegados por la ignorancia, actuaban como crueles verdugos.

En aquel tiempo una bruja de magia negra era imperdonable. La gente era en extremo supersticiosa. Tanto, que se había derramado sangre inocente de animales hasta extinguir a los gatos de toda la isla. Linchaban a cualquier sospechoso —gato negro, cuervo o persona— sin pruebas, sin piedad.

Todo por la madre de ellas. Después de su suicidio, encontraron en su vivienda objetos que la incriminaban como bruja de magia negra.

Solo se podía hacer una cosa: quemar absolutamente todo.

Quemaron la vivienda. Quemaron el cuerpo. Tiraron las cenizas lejos de la isla.

Y pusieron a sus hijas en una realidad sin nada y sin nadie que se apiadara de ellas, con la errónea idea de que eran hijas de un demonio, engendradas de la misma sangre, y por ello iguales o peores que su madre.

Se dice que un grupo intentó quemar lo único que quedaba de la bruja: sus pequeñas hijas. Pero usando sus poderes demoníacos, ellas lograron huir y perderse en el monte.

Tenían apenas siete años.

Durante las primeras semanas regresaban como pequeños animales hambrientos a robar para sobrevivir. A cambio recibían humillaciones, insultos y pedradas brutalmente dirigidas.

Poco a poco dejaron de verse. Habían decidido no volver jamás.

En el agreste exilio se vieron obligadas a comer gusanos, plantas, aves y hasta agua de mar, con el único propósito de sobrevivir, para después encontrar su propósito principal: su fiel venganza.

Había pasado un año desde el huracán. La isla seguía intranquila, principalmente en el corazón de ella. En el Poblado de las Sirenas —nombre que se le dio por un suceso que no solo marcó el nombre, sino la vida de toda la isla— seguían desapareciendo niñas.

De dos en dos. Cada tiempo definido. Sin que se pudiera hacer nada aun previniéndolo.

Las peleas familiares entre parejas y habitantes eran recurrentes. La angustia estrujaba el corazón de las madres. Algunas pensaban que era mejor así, porque al menos mantenían la esperanza de verlas vivas otra vez. Otras se consumían temiendo lo peor día y noche.

Entonces aparecieron ellas.

Eran dos mujeres de extraordinaria belleza que caminaban descalzas al crepúsculo por el pueblo y desaparecían por el sendero selvático que llevaba al monte. Vestían ropas de seda blanca semitransparente que dejaba ver una piel oscura, lisa y suave, brillante como impregnada de oro.

Todos los hombres, de todas las edades, quedaban hipnotizados. Las mujeres se volvían celosamente histéricas. Tanto que hubo tres casos de homicidio entre parejas. Los tres eran padres de las primeras tres niñas desaparecidas en el huracán.

Los hombres creían que eran hermosas sirenas traídas por el huracán, pues aparecieron horas después de él. Su primera aparición fue en el funeral de las niñas. Su belleza impactó a tal grado que olvidaron la muerte de sus propias hijas.

En aquella población se deseaba más un hijo varón que una hija, para seguir con el trabajo que alimentaba a la familia: cultivar plantas medicinales que ayudaban en gran manera a la isla y eran exportadas en balsas a la capital. Su extraño poder curativo era milagroso y se cuenta que se debía a una extraña y hermosa orquídea negra que una vez apareció y luego desapareció sin dejar rastro. Desde entonces, las plantas comenzaron a crecer rápidamente con propiedades casi milagrosas, como si aquella mítica orquídea hubiese dotado al suelo de un mágico poder.

El poblado era fuerte y saludable por consumirlas, por lo que se necesitaba mano dura para el cultivo y, según ellos, una mujer no servía para esa tarea. Solo servían para tener hijos y obedecer. Pero uno de cada cinco nacimientos era varón.

Aquel pueblo se había vuelto casi fantasma. Había viviendas de madera delgada, hechas con material destruido caído tras huracanes. Hombres desquiciados y mujeres trastornadas que infectaban con su psicosis tóxica a los demás. La luz había abandonado sus almas.




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