Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo IV Quinque Gladiorum: Dasha

En 1977 Dasha cumplió seis años.

Con su cumpleaños llegó también Pandora. Héctor se había quedado en San José presentando su examen de admisión. Ella, como siempre, rentó una barca pequeña y un navegante de oficio remó con ella rumbo a la isla.

La noche empezaba a extinguirse. El amanecer aún estaba distante y la oscuridad todavía reinaba.

La puerta a la dimensión de ángeles fue abierta.

Las niñas dormían con profundidad y ternura, como verdaderos ángeles con sueños alegres y bondadosos. Una sombra femenina entró sigilosa. Era joven, delgada. Se paró junto a Dasha y comenzó a inclinarse. Su boca buscaba el rostro de la pequeña.

Los ojos cerrados de Dasha temblaban. Su piel se erizó con un presentimiento inexplicable. Sintió el aliento en su mejilla. Luego, unos labios presionando con suavidad.

El beso la despertó.

Había presentido a su madre.

Al verse, se abrazaron con una fuerza desesperada, como si no se hubieran visto en años, como si cada segundo juntas fuera un tesoro que pudiera desaparecer.

Pandora le entregó su regalo. Volvió a abrazarla antes de despedirse, con ese gesto tan sencillo y tan banal como un saludo, pero que al hacerlo con lo que más amas en el mundo, quisieras que durara eternamente.

Solo faltaba un día.

Año y medio esperando. El plazo que Hefisto impuso estaba por cumplirse. Al salir, Pandora miró por última vez a su hija a través de la ventana entablada. Un pequeño resplandor iluminaba el rostro de Dasha.

Mañana terminaría el horror de estar separadas.

Mañana se llevaría su tesoro.

Pero aquel sexto cumpleaños marcaba otro plazo. Uno mucho más oscuro.

Habían pasado seis semanas desde la última desaparición.

Y el nuevo momento había llegado.

Golpes fuertes y rápidos despertaron a Hefisto.

Había permanecido diez horas dormido en su silla de madera. Perdió la noción del tiempo.

Era Desdemona, con el rostro cubierto de lágrimas y angustia.

—¿Dónde está ella?

Un miedo abrasador le atravesó el pecho. Su corazón casi se desbocó. El puro humeante cayó de su boca.

Corrió al cuarto de Dasha suplicando encontrarla sana y salva, dormida como la dejó.

Abrió la puerta.

La cama estaba vacía.

La dimensión de ángeles se había quedado sin ángeles. Ni siquiera la pluma blanca de una. Ahora era solo otro rincón oscuro de la isla.

Dasha y Calipso habían desaparecido.

—¡Le dije a esa maldita loca que vi a su bastarda correr por el monte! ¡Pero en vez de hacerme caso decidió venir aquí! —se burló un hombre desde afuera.

Desdemona, al ver la expresión de terror de Hefisto, supo la verdad y estalló en un llanto descomunal.

Entonces, del camino selvático de la colina, una niña venía corriendo a toda prisa, gritando.

—¡Ellas la tienen! ¡Ellas la mataron!

Era Calipso.

Todos salieron de sus viviendas.

El ladrón. El abusador. El asesino. El diablo.

Cada uno imaginó un enemigo distinto, pero todos pensaron lo mismo: si ese ser los había mantenido bajo terror tanto tiempo, lo matarían en cuanto supieran quién era.

Hefisto corrió hacia ella como si estuviera en una carrera que ya estaba perdida para intentar ganarle la vida a su nieta.

La tomó de los hombros y la agitó.

—¡¿A quién tienen?! ¡Dilo, maldita sea?!

—¡A Dasha!

—¡¿Quiénes la tienen?!

El miedo la dominaba. Parecía desmayarse.

—¡Responde, maldita sea! ¡Responde ya! —Hefisto sudaba frío, torturado por cada milésima de segundo sin saber de su nieta.

—¡Suéltela! ¡No la lastime! —gritó Desdemona, temiendo que la desesperación lo llevara demasiado lejos.

—¡Niña, habla ya! —exigió Demetria, que acababa de llegar corriendo al escuchar los gritos.

Hefisto dobló las rodillas y las azotó contra la tierra. El amo y señor se había convertido en esclavo.

—Te lo suplico... dime dónde está Dasha.

Y entonces Calipso gritó:

—¡Las brujas la tienen! ¡Ellas la mataron!

Un silencio helado cayó sobre todos.

Los rostros pasaron del desconcierto a la certeza.

Las brujas. Mixtle y Mextli. Las sobrevivientes del huracán. Para ellos todo encajaba: ellas habían creado el huracán, traído la maldición, y ahora se llevaban a sus hijas.

La búsqueda se convirtió en cacería.

Hefisto se puso su sombrero negro, recogió su puro aún encendido y avanzó hacia la selva con el arma oculta en su funda negra. Detrás venía una multitud armada con palos, machetes, picos, palas, rastrillos y antorchas. Los perros, aterrados por algo que los humanos no podían percibir, se negaron a seguir y huyeron despavoridos.

Pero los hombres siguieron. Inspirados por Hefisto. Llevados por la venganza.

Atravesaron la maleza, subieron la colina, cortaron hierbas para abrirse paso, sin percatarse de que las hierbas, los arbustos, los matorrales y los insectos desprendían un extraño olor que aspiraban sin darse cuenta.

La noche cayó. La luna comenzó a cubrirse, arropándose con sombras bajo el manto lúgubre de un eclipse. Las estrellas observaban, testigos de la inminente carnicería. A lo lejos, las antorchas parecían luciérnagas gigantes.

En un claro, cerca de la costa, bajo una enorme luna negra, yacía la choza.

Pequeña, sin ventanas, paredes de madera de la selva, techo de palma y una sola puerta.

Más de una docena rodearon la choza.

—¡Salgan ahora o quemaremos este maldito lugar con ustedes adentro! —gritó Hefisto.

La horda respondió con furia.

Entonces la puerta crujió y comenzó a abrirse lentamente.

De la oscuridad emergió una mano. Luego unos dedos de mujer tocando la madera vieja. Luego un rostro.

Era Mextli.

Su belleza era sobrenatural. Piel oscura, facciones de ángel, inocencia perturbadora. Cada parte —tobillo, rodilla, cadera— era una escultura viva de sirena sin cola que tentaba a los hombres a besarla y caer en el sueño eterno de la muerte.




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