Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XI Sol inversus: Las cenizas

Habían transcurrido quince años desde aquella aciaga batalla que culminó en la devastación del pueblo. Los materiales de un ritual estaban casi listos sobre la mesa. Aquel procedimiento se había convertido en una costumbre monótona, pero debía realizarse obligatoriamente cada cierto tiempo. Pero los setenta y dos años y el descuido habitual de un cuerpo deteriorado por el humo del tabaco lo detendrían a medio camino de tomar la pieza faltante.

Hefisto caminaba hacia la pequeña habitación que había sido de su nieta cuando a pocos pasos sintió un punzante dolor de mil dagas que le hicieron apretar el pecho con la mano derecha, y con el brazo izquierdo extendido hacia la habitación masculló extrañas palabras a modo de conjuro. Sus párpados cansados se cerraron como flores marchitas, el latido se detuvo y cayó muerto al fin.

El infarto fue fulminante. No hubo tiempo para nada. Se fue sin el perdón de su hija Pandora, quien después de proferir imprecaciones maldiciendo a su padre con fervor deseándole la muerte, abandonó la isla para nunca más volver. La cremación se declaró como última voluntad en su testamento.

Desdemona, mujer de cuarenta y cinco años, y su hermana Demetria pasaron todo el día y la noche de luto sobre el sepulcro apartado del pueblo. Calipso, la joven que descubrió el frío cadáver, se había ido desde la tarde. Envuelta en niebla, alumbradas bajo la luna llena, en el frío de la intemperie, en el suelo de tierra árida, yacían dormidas las dos hermanas. Habían velado el cuerpo protegiéndolo de las garras y picos de los pájaros carroña que sobrevolaban el lugar como buitres. Su perecedero cuerpo había tardado más de lo esperado en reducirse a cenizas. Avivaban el fuego una y otra vez durante veinticuatro horas seguidas. Era como si tuviese inmunidad al fuego de donde ascendía humo negro con forma de bestia amorfa. Formándose desde la cola y en ascenso se delineaba una figura con ocho patas terminando en apéndices humeantes en forma de pinzas de escorpión y con cabeza de chacal con las fauces abiertas. El corazón de Hefisto fue lo último en desintegrarse en polvo.

La luz candente del sol empezaba a calentar la tierra. Los rayos laceraban la piel añosa de las hermanas despertándolas del letargo. Las cenizas fueron guardadas en una urna de madera que él mismo había fabricado mucho tiempo antes de parecer enfermo.

Según el testamento debían llevar las cenizas a su hija. Al día siguiente partieron. Demetria y Calipso abordaron la barca abandonada y salieron de la isla rumbo al puerto de San José. Habían dejado el cuidado de la vivienda a cargo de Desdemona por petición suya al decir que no se sentía bien.

Las isleñas desembarcaron en la costa y amarraron la barca junto al muelle. Con sandalias de paja, pisando la tierra oscura de arena volcánica, emprendieron el camino. Nunca antes habían salido de la isla. Contaban regresar pronto en cuanto encontrasen a Pandora. Caminaban con apariencia humilde entre calles, plazas y parques preguntando la dirección indicada en el testamento que los transeúntes sin prestar atención ignoraban. Escuchaban el estridente sonido de autos y transporte público cuando un alma caritativa indicó el lugar. La dirección las llevó a una casa de ladrillos de dos pisos algo maltratada. La vieja y cansada mano de Demetria tocó el oxidado portón y una anciana acudió enseguida.

-¿Qué se les ofrece?

-Venimos de parte de Hefisto - contestó Demetria.

-¿Hefisto? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Acaso es una broma? No conozco a nadie con ese ridículo nombre, y si me disculpa tengo cosas que hacer - interrumpió la anciana con suma indiferencia.

-¡Espere! ¿Conoce a Pandora? - preguntó Calipso.

-Ella ya no vive aquí. Es cierto que ella y su hermano rentaban aquí pero fue hace años. Recuerdo que un día llegó furiosa y se llevó a su hermano y sin dar explicaciones se fue para no volver jamás.

-¿Y no sabe adónde fue? - preguntó Calipso agobiada y la anciana negó sacudiendo la cabeza. La conversación terminó y las foráneas se retiraron angustiadas. Rondaban las calles del centro. Empezaba a oscurecer y el viento de crepúsculo soplaba de infortunio sobre sus rostros cansados. Sin poder pagar hospedaje acabaron en una cama áspera, fría y dura de concreto en el parque. Al día siguiente decidieron buscar por separado. Dos horas más tarde se reunieron de nuevo. Habían fracasado.

Calipso sugirió quedarse y conseguir empleo para que su madre y su tía descansaran, además la isla hace tiempo había dejado de dar vida, todas las plantas y árboles poco a poco iban perdiendo la lozanía, frescura y verdor y comenzaban a secarse hasta marchitarse por completo convirtiéndose en tierra estéril, y a los peces cercanos les pasaba lo mismo y se veían cadáveres flotar en el agua como si el mar estuviese envenenado. Sin embargo Demetria se negó rotundamente.

La idea de Calipso era conseguir un trabajo estable para mantener a la familia. Volvieron a separarse para intentar buscarla una última vez y Calipso aprovechó para tocar en casas y negocios con la intención de conseguir empleo y antes de marcharse con un rotundo "no hay trabajo" solicitaba información de Pandora. Era rechazada en cada lugar por diferentes razones. Solo un lugar quiso contratarla y casi pegó un grito de júbilo imaginándose por fin llevando comida a la mesa, pero pronto la fantasía se hizo añicos al enterarse que era un trabajo de prostitución, al ver hombres junto con mujeres de distintas edades con poca ropa y sentadas en posiciones provocativas al entrar en el oscuro sitio. Un hombre ebrio, con sobrepeso y con lujuriosa y grotesca mirada se abalanzó sobre ella queriendo abusar de su cuerpo, rasgándole la ropa en el acto. Calipso le propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna y salió corriendo asustada y desilusionada. Con lágrimas en los ojos amielados, profunda rabia en el corazón y el ánimo por los suelos corrió sin rumbo hasta llegar con el atuendo roto cerca de la playa. Era preferible no buscar más e irse ya, pero aún faltaba intentar una última cosa. Caminaba por el asfalto en la calle cercana al mar. Remembranzas gratas de la niñez embriagaron su mente y la apartaron de la cruda realidad en una cortina protectora.




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