—¡Felicidades! —dijeron al unísono los padres de Eleni al entrar a su cuarto para despertarla.
—Gracias —respondió Eleni, aún adormecida, y se abrazó a ellos.
Todo era un sueño.
—Esta tarde será tu fiesta de cumpleaños. Espero que te guste, ya que este año será algo diferente... Eleni, ¿no habrás vuelto a mojar las sábanas, verdad? Descuida, no le diremos esto a tu tía Melanie. Será nuestro pequeño secreto —le dijo su tío Héctor, a quien había comenzado a llamar papá.
—95, 96, 97, 98, 99, 100... ¡Lista o no, allá voy! —exclamó Alisa, con el rostro oculto entre las manos y la frente recargada contra la pared, junto a la escalera.
Eleni permanecía oculta dentro de una pequeña casa de campaña con forma de carpa de circo.
Había encontrado unas escaleras de caracol ocultas detrás de la chimenea al espiar a su tío Héctor cuando bajaba la trompa de una estatuilla de elefante de bronce. Las escaleras la condujeron hasta una inocente habitación infantil.
Una lámpara con forma de nariz de payaso iluminaba el techo. Las paredes estaban cubiertas de globos de colores y animales salvajes, mientras los estantes rebosaban de peluches y juguetes.
En el suelo había una pequeña carpa donde podría esconderse.
Pegado a la pared, un cuadro de un tétrico payaso llamó su atención. Era inmenso para los ojos de la pequeña, encogiendo su efímera alegría. El payaso sonreía y saludaba con la mano abierta, oculta por un guante blanco que parecía listo para desvelar garras. La observaba como si conociera la mentira detrás de su pequeña máscara.
Eleni se acercó al cuadro, atraída por una hipnótica curiosidad.
¿Y si realmente no era malo? ¿Y si solo se sentía solo en aquella habitación porque todos lo creían un monstruo? ¿Y si solo quería un amigo con quien jugar?
Aquella sonrisa falsa daba miedo, pero quizá ocultaba pesar. Sin embargo, las sonrisas falsas, como las máscaras de falsa alegría, nunca llegarían a curar la verdadera tristeza.
Posó su pequeña mano sobre el cuadro, tocando la mano abierta del payaso como gesto de saludo.
—Hola.
Ya no parecía tan aterrador.
Tomó un peluche de elefante y se ocultó dentro de la pequeña tienda, esperando ser encontrada. Sin darse cuenta, se quedó dormida.
Eleni llevaba meses pensando en lo bien que se lo pasaría en la fiesta que organizarían en el jardín. Habría payasos, malabaristas, juegos inflables y dos camas elásticas. Ese día cumplía siete años y los tíos Kedward habían invitado a todas las familias de amigos y vecinos.
Justo debajo del cartel de Feliz cumpleaños, decorado con globos y serpentinas, había una enorme mesa repleta de comida y bebida. Un hermoso pastel, una gran piñata, golosinas y toda clase de manjares esperaban a los invitados.
Solo faltaba alguien.
Faltaba Eleni.
A la hora acordada comenzaron a llegar los invitados. Para ellos, los Kedward representaban una familia perfecta.
Melanie era una sofisticada y magnánima empresaria que manejaba dos hectáreas y media de viñedos en Cerro de Oro. Elaboraba vino con su propia marca y lo distribuía aprovechando la bodega situada en su residencia, levantada entre los viñedos. La vinificación y el embotellado se realizaban completamente dentro de las instalaciones de la finca, mientras el viñedo se abastecía de agua mediante riego por manto procedente del lago Atitlán.
Sea por amor al vino o por ampliar horizontes, los Kedward se habían aventurado a invertir no solo en su marca personal, sino también en la adquisición de tierras para cultivar uvas y fundar su propia marca: Kedward Vólkov.
Además, poseían otras propiedades en el extranjero, entre ellas una finca de varios acres que también contaba con un viñedo. La familia daba empleo a trabajadores guatemaltecos encargados de las labores de vendimia.
Al morir su padre, Melanie había heredado el negocio de vinicultura. Sin embargo, un terrible incendio acabó con la vida de Anzhela, dejando a Melanie como única propietaria. Gracias al asesoramiento de un entendido en enología, Héctor Kedward, quien colaboraba en el proceso de bodega, ambos se embarcaron en la travesía de manejar una prestigiosa marca.
Para los demás eran una pareja feliz y emprendedora: dulce, afectuosa e idealista, con un gran corazón. Habían adoptado a su sobrina después de la muerte de sus padres en aquel horrible incendio que desfiguró el rostro de Eleni y la condenó a utilizar una máscara todo el tiempo, ocultando la piel quemada de las miradas curiosas.
Ocultando unas mejillas que jamás volverían a ostentar lágrimas de alegría.
Después de que llegaran los invitados, pronto se dieron cuenta de que Eleni no se encontraba allí. Los Kedward estaban tan ocupados preparando la fiesta y cubriendo apariencias que habían descuidado lo más importante.
Ni siquiera Alisa se había percatado de su ausencia. Declaró no saber nada y acusó a Calipso de haberla descuidado.
Calipso había ido al baño solo por un momento, convencida de que Alisa estaba cuidando de Eleni. No sabía que aquel pequeño descuido bastaría para que Melanie la reprendiera, asegurando con aire despectivo que, si algo le ocurría a su sobrina, Calipso sería la principal responsable.
Héctor llamó enseguida a Eduard, el mayordomo de la familia: un hombre corpulento de unos veintisiete años, de origen ruso, aspecto severo y una enorme cicatriz en el lado izquierdo del rostro, una línea roja, ligeramente levantada, que atravesaba desde la cola de la ceja hasta el pómulo.
Y entre todos comenzaron a buscarla.
Había pasado una hora de búsqueda por parte de los Kedward y Calipso cuando esta, gracias a un incidente, descubrió uno de los escondites secretos de la residencia. Vio a la señora Melanie cargando aún al pequeño Gabriel salir por detrás del estante de libros situado junto a la gran escalera.
Calipso era la única persona, además de la familia Kedward, que tenía libre acceso a la casa para vigilar a las niñas. Por ello tenía alojamiento bajo el mismo techo, en una habitación situada en la primera planta, y conocía cierta información de la residencia, como la localización de las llaves de repuesto.