Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XIII Decem Baculorum: Morirán cada mañana

Su oído se agudizó por la influencia del miedo. El monótono tic tac del reloj de péndulo, su respiración nerviosa y los latidos acelerados del pequeño corazón propagados entre las traicioneras sombras de la residencia eran las únicas impresiones que el oído alerta de Eleni podía percibir. Aún vulnerable con el débil resguardo de las sábanas y mantas recubriendo su pequeño y frágil cuerpo esperaba por el terrorífico silbido que anunciaba el inicio de la pesadilla.

Seguía despierta, acurrucada bajo las sábanas abrazando a Anzhela, la muñeca que su tía Pandora le regaló y que ella nombró en memoria de su madre y que hacía alusión a la palabra ángel. A ella confiaba todos los secretos, incluso cuánto extrañaba a sus verdaderos padres y a Calipso.

Entonces recordó el silbido. La melodía de labios fruncidos anunciaba cada noche el comienzo de las pesadillas. Solo imaginarla bastaba para hundirla en un pozo de terror. Pero también sentía náuseas y un leve dolor abdominal, y el temor al castigo de Melanie por volver a mojar las sábanas terminó obligándola a levantarse.

Con Anzhela entre los brazos corrió al baño. Cuando terminó permaneció minutos frente al espejo temiendo regresar. Allí se reflejaban su rostro y el de la muñeca frente a la pared movediza que ocultaba el horrible cuarto donde Melanie la castigaba: el cuarto sauna.

Se quitó la máscara que cubría su rostro y contempló su piel rojiza sin cicatrices de quemadura. El calor y quemazón que sufría en el confinamiento del sauna se podía comparar al ardor de las crueles caricias que propinaba el monstruo de la habitación. Melanie insistía que las supuestas quemaduras eran consecuencia del incendio que mató a sus padres y la acusaba de haberlo provocado. La acusaba de tener tendencias pirómanas y decía que tenía que reprenderla, condenándola a llevar guantes y mangas color piel en brazos y manos, pantimedias en las piernas y una máscara del mismo color que ocultaban la evidencia del maltrato físico al que la sometían sus crueles verdugos.

Observó nuevamente a Anzhela. Algo extraño la recorrió. Una sensación de déjà vu. El rostro de porcelana de la muñeca pareció endurecerse con expresión de cólera. Entonces un relámpago iluminó el espejo y un trueno estremeció la residencia. Eleni soltó a Anzhela. La muñeca cayó al suelo con un seco golpe de porcelana. El espejo se partió en dos. Las luces se apagaron. Y llegó el silbido. Lejano. Lento. Inconfundible. Sabía de dónde provenía. De su habitación.

La puerta del baño se abrió lentamente. Se cubrió la boca para ahogar el grito. No se atrevía a salir. Durante segundos el silbido permaneció distante hasta extinguirse. Entonces avanzó por el pasillo a oscuras. Los relámpagos iluminaban fugazmente las paredes mientras la lluvia golpeaba los cristales y los truenos hacían temblar la casa. Las sombras parecían desprenderse de los muros y adoptar formas horribles. El pasillo parecía no tener fin.

Hasta que llegó. La puerta de su habitación entreabierta. Asomó lentamente la cabeza. Un relámpago iluminó el interior. Y entonces lo vio. Un cuerpo agonizante yacía boca abajo sobre el suelo ensangrentado. Era Héctor. Su tío. El hombre al que había comenzado a llamar papá. Se arrastraba con los pies destrozados intentando escapar de algo que se había enroscado alrededor de su boca y cuello. Los ojos desorbitados y llenos de lágrimas encontraron los de Eleni. Ella comprendió que aquel monstruo había estado allí. El mismo monstruo de las pesadillas. El mismo que creía que la torturaba cada noche. Retrocedió conteniendo el grito que luchaba por escapar de su garganta.

Antes de morir Héctor escuchó una voz de ultratumba susurrarle en la oscuridad:

-No abras los ojos.

Eleni corrió hasta la habitación de Melanie. ¡Melanie! ¡Melanie despierta! Melanie dormía profundamente con un antifaz cubriendo los ojos y tapones cubriendo los oídos que la apartaban de la realidad, asidua a tomar pastillas para conciliar el sueño con un vaso de agua que dejaba siempre en el buró.

Calipso apareció detrás de ella. -Shshsh… no grites. Soy yo.

-¡Papá Héctor! - sollozó Eleni - ¡El monstruo lo está comiendo! ¡Tienes que salvarlo!

Calipso salió a investigar. Intentó utilizar el teléfono pero la línea estaba muerta. El apagón también había dejado incomunicada la casa. Eleni regresó a la habitación de Melanie y desesperada tomó el vaso de agua de la mesa y se lo arrojó encima.

Melanie despertó sobresaltada. -¿Qué demonios…? Entonces vio a Eleni sin máscara. Su expresión cambió. -¿Qué pasa?

Pero antes de escuchar respuesta Melanie corrió descalza por el pasillo tras abofetear y empujar a su sobrina. Al abrir la puerta entró de inmediato a la oscuridad de la habitación. Sus pies descalzos sintieron una viscosa sensación como de uvas aplastadas para hacer vino. Las gotas de lluvia repiqueteaban y resbalaban sobre los cristales, el sudor le resbalaba por las sienes, un tropel de lágrimas resbalaba por sus mejillas. De pronto escuchó un goteo que iba convirtiéndose en llovizna, sintió mojar como el abrir de una regadera sobre ella que la bañó de una húmeda y misteriosa sustancia con desagradable y metálico olor. La luz de otro rayo se asomó por la ventana e iluminó por un par de segundos la habitación de Eleni y reverberó en las paredes desvelando el rojo escarlata con que Melanie se había bañado. Sentía la húmeda y fría sangre resbalar por la piel de los brazos y el rostro goteando y salpicando el suelo de madera. Melanie permanecía extática ante el horror, se hallaba presa ante la inminente amenaza que había triturado las entrañas de su esposo. Retrocedió un par de pasos y contempló taciturna y helada el confuso cadáver de Héctor. Sus fuerzas endebles sucumbieron ante el terror haciéndola desplomarse en un súbito desmayo sobre la sangre derramada.

Una pequeña cascada de sangre se detuvo y la mirada penetrante de unos ojos carmesí que destellaban en la oscuridad se clavó en el inmóvil cuerpo de Melanie. Aquella pesadillesca criatura se hallaba adherida en el techo interior del cuarto y había regurgitado la sangre de Héctor sobre Melanie. Enseguida la puerta se abrió abruptamente irrumpiendo Calipso quien traía un cuchillo en la mano no importándole su seguridad. Se arriesgó a tomar a Melanie del brazo y arrastrarla fuera de la habitación manchándose los brazos y el cuchillo de cocina. El ensangrentado suelo facilitó el arrastre. Al salir Calipso cerró la puerta bajo llave asegurándose de que lo que sea que estuviese adentro se quedase ahí. Cada segundo era crucial para sobrevivir a aquello que aún no tenía forma ni rostro. Dejó por un momento a Melanie en el pasillo al final de la escalera y entró corriendo al cuarto de Gabriel quien yacía dormido ajeno al peligro. Lo resguardó entre sus brazos y enseguida buscó a Eleni pronunciando su nombre quien había vomitado en el suelo y se encontraba oculta debajo de la cama en posición fetal por el dolor en el estómago que iba y venía. Ambas salieron con prisa hacia el pasillo para encontrarse con Melanie quien comenzaba a incorporarse apoyándose con la mano izquierda contra la pared y la mano derecha sobre la cabeza por el mareo que sufría a causa de la fuerte impresión. De pronto sus ojos se fijaron en el cuchillo ensangrentado que traía aún Calipso.




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