La noche era apacible y cálida. La luz de la luna se derramaba sobre la pared rosa de su habitación. Limpia, pulcra hasta el ridículo. Pero a pesar de lo prosaico, lo ominoso se hizo presente.
Eleni estaba en su cama. Su tía se lo había ordenado y acató la orden a pesar del miedo que le carcomía el pequeño corazón. Había subido las escaleras, se había cepillado los dientes y había hecho el mayor tiempo posible para evitar estar en la cama. Sabía que pasaría otra vez. Él solo la visitaba de noche, mientras estaba en la cama.
Cubierta con una manta permaneció inmóvil. Su cerebro buscaba desesperadamente un argumento que contradijera aquel miedo irracional, pero su cuerpo no respondía. Músculos tensos, fosas nasales dilatadas como un animal acorralado, ojos recorriendo la habitación con velocidad frenética.
_No hay nadie. No. Nadie._
"Enciende la luz...", pensó en su madre, quien ahuyentaba sus terrores encendiendo la lámpara. Pero ya no estaba. Pensó en esconderse en el armario, pero recordó que Alisa le había contado del monstruo del armario. Debajo de la cama era aún más estúpido.
Su corazón iba a mil. Sudor frío, ojos color avellana desorbitados, respiración asfixiada. Tuvo una idea ingenua: si se dormía antes de que él llegara, la dejaría en paz.
Cerró los ojos.
Entonces lo escuchó. Aquel silbido. Sus ojos se cristalizaron y su pecho se apretó.
Pasos sobre la madera. Lentos. Pesados.
Había sido ingenua creer que el Silbador tendría compasión. Él mismo se lo había dicho:
—Nada me complace más que verte llorar...
Y su risa rasposa resonó en su memoria.
Los pasos llegaron hasta la puerta. Una sombra apareció debajo de la puerta. El picaporte comenzó a moverse. Había puesto el seguro. La puerta no se abrió. Sintió alivio por un instante.
Entonces vio los ojos. Brillaban bajo la puerta como los de un gato, pero con un destello diabólico.
El Silbador comenzó a silbar y golpeó la puerta con tanta fuerza que pareció a punto de derribarla. Eleni se escondió bajo las mantas y cubrió su cabeza con la almohada. Los golpes continuaron hasta que, de repente, cesaron.
Silencio.
Esperó. Cuando se atrevió a mirar, la sombra había desaparecido. Volvió a recostarse. La habitación quedó completamente silenciosa. Cerró los ojos.
Y el terror regresó. Su cuerpo se paralizó. Sintió un escalofrío y volvió a mojar la cama. Miró hacia el rincón. Las sombras danzaban sobre la pared. Había algo allí. Una figura. Intentó convencerse de que solo eran sombras, pero la figura se movió. Muy poco. Lo suficiente.
—Papá Héctor... ¿eres tú?
La figura permaneció inmóvil. Después inclinó lentamente la cabeza. La luz de la luna iluminó su rostro un instante.
No era Héctor. Era algo mucho peor.
Un odio negro e inhumano llenó la habitación. Y aquel hedor hizo que el aire fuera irrespirable.
Algo subió por debajo de la cama. Extremidades peludas y ásperas tocaron sus pies. Quedó completamente paralizada. La criatura la envolvió. Intentó escapar. El monstruo la apretó hasta quitarle el aire.
Acercó su rostro. Silbó. Acarició sus mejillas.
—Shhh... ¿No puedes dormir, pequeña Eleni? Entonces te cantaré.
Su aliento fétido rozó su rostro. La cama pareció hundirse bajo ambos, como si algo desde las profundidades estuviera tragándolos.
—Ya no te esfuerces. No pelees más... o solo me harás desearte más.
_¿Por qué a mí?_
La luz de la luna desapareció poco a poco mientras la cama los engullía en un abismo oscuro. Y el Silbador siguió silbando.
_Él siempre tiene hambre._
Fue lo último que pensó antes de despertar de aquella pesadilla.
Frente a ella estaba Calipso, que acababa de salir del cuarto de niños oculto en la biblioteca. Durante el incendio había conseguido alzar la puerta desprendida al pie de la escalera antes de que la aplastara. La utilizó como escudo contra las llamaradas del demonio y alcanzó la chimenea, donde permaneció escondida hasta el amanecer.
Había esperado encontrarse nuevamente con aquella criatura. Pero solo encontró a Eleni. Pálida. Inmóvil. Demasiado silenciosa en medio de la estancia calcinada.
En el suelo, refulgiendo con los primeros rayos del sol, estaba el anillo de Anzhela. Eleni se agachó y lo tomó entre sus pequeños dedos. En su otra mano traía las llaves de la residencia.
Caminaron juntas hasta la entrada. Calipso introdujo la llave. La cerradura cedió. La puerta se abrió. La luz del amanecer inundó el vestíbulo.
Calipso cruzó el umbral y sintió un escalofrío. Algo faltaba. Miró atrás.
Eleni seguía dentro. Su vestido azul flotaba suavemente, aunque no había viento. Su cuerpo se había vuelto transparente. Podía ver las paredes chamuscadas a través de su piel.
—Gracias por jugar conmigo, Calipso. Pero el juego terminó. Papá vendrá esta noche a jugar conmigo. Desde ahora será así. No deberías estar aquí cuando venga. Él no dejará que te marches. Querrá que juguemos una y otra vez... para siempre.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Ve a buscar a mi primito Gabriel. Y dile cuánto lo quiero.
Una sombra comenzó a extenderse alrededor de sus pies. Primero pareció humo. Después se convirtió en una masa de diminutos cuerpos negros. Grillos topo. Miles. La plaga cubrió a Eleni. Su pequeño cuerpo desapareció entre ellos. Los insectos se dispersaron por la residencia y se introdujeron en grietas, bajo las puertas y entre paredes carbonizadas. La casa los absorbió. La maldición acababa de alimentarse.
La puerta se cerró de golpe. Calipso quedó afuera. En su mano derecha seguía el anillo de Anzhela. Lo contempló durante unos segundos. Después lo besó.
—Te lo prometo.
Buscaría a Gabriel. Y jamás volvería a entrar en aquella casa. Sin saber que la maldición ya había comenzado a caminar lejos de ella.
Eduard se había llevado a Gabriel. Y también a Bim, el perro de Alisa. El viejo mayordomo había obedecido durante años a Héctor como un perro guardián. Pero su amo había muerto. Y con él había muerto su obligación de obedecer a su viuda. Ahora existía un nuevo heredero por derecho de sangre: Gabriel Kedward.