Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XV Laqueo suspensus: El rito de los hombres pájaro

De repente, un flashazo.

No sabía dónde estaba.

No sabía quién era.

Luz. Niebla. Olas. Mar. Nubes. Arena. Sol.

Entonces todo volvió a mí.

Había naufragado frente a las costas del pueblo y un pescador me había rescatado. Pensé que iba a morir cuando intenté mover las piernas y solo encontré dolor, sangre y unos muñones donde antes estaban mis piernas.

—¡Mamá! ¡Viene por mí! ¡Mamá, viene por mí!

Ese era mi último recuerdo.

Mi madre remando desesperadamente para escapar de la isla junto a su único hijo.

Pero aquello no nos dejaba marcharnos.

Aquello no soltaba mis piernas.

Y tuve que entregárselas como precio por mi libertad.

Solo estaba seguro de una cosa:

lo que había subido a la barca con nosotros ya no era mi madre.

—¡Mamá viene por mí...!

Recuerdo haber repetido aquellas palabras varias veces antes de desmayarme entre los brazos del pescador.

Pienso en ese sueño todos los días.

Los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por la ventana.

Aparté las sábanas.

Allí estaban los muñones.

El recuerdo de todo lo que había perdido en aquel lugar.

A veces todavía podía sentir mis piernas.

Otras veces, incluso percibía el dolor como si continuaran allí.

Sí, había perdido mis piernas.

Pero había ganado algo más.

Seguía vivo.

Me senté en el borde de la cama y bebí un pequeño trago de tequila. El sabor amargo me devolvió a la realidad.

Después me acomodé en la vieja silla de ruedas, me coloqué el parche sobre el ojo izquierdo y abrí las cortinas.

Afuera, los pájaros cantaban.

Sonreí ligeramente para ignorar el dolor.

«Creo que es hermoso oír cantar a los pájaros».

Otro día.

Otro amanecer.

Seguía vivo.

El pájaro de la muerte todavía no había venido por mí.

Sé que algún día desplegará sus alas y cubrirá mi cuerpo con su sombra para reclamar lo que una vez le fue arrebatado:

mi alma.

Pero mientras tanto, disfrutaría cada día como si fuera el último.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Quizá había hablado demasiado pronto.

Me acerqué y vi una sombra debajo de la puerta.

Alguien estaba afuera.

Tragué saliva.

Quité el seguro y abrí.

No había nadie.

Estuve a punto de cerrar cuando descubrí una pequeña canasta en el suelo.

Tenía un moño rojo.

Y una tarjeta:

Felices Pascuas.

Dentro había un huevo de chocolate.

—¿Alguien me estará jugando una broma?

El huevo parecía demasiado delicioso como para terminar en la basura.

Le di un pequeño mordisco.

Después otro.

Sin darme cuenta, me lo había comido entero.

Algo cayó de su interior.

Era un pequeño papel con una inscripción en un lenguaje extraño. Parecía hebreo.

Tal vez significaba buena suerte.

Lo guardé en el bolsillo de mi camisa.

Después continué con mis tareas.

Antes del atardecer tendría que dirigirme al centro ceremonial del pueblo.

Ese día se celebraría la procesión del Rilaj Mam.

El antiguo rito de los hombres-pájaro.

No sabía que aquel pequeño papel que acababa de guardar sería mucho más importante de lo que imaginaba.

El día transcurrió demasiado rápido.

Después de la procesión, Zulia y yo nos dirigimos al centro ceremonial, ubicado a tres kilómetros de la plaza central, cerca de la iglesia del pueblo. El reloj del palacio municipal marcaba las seis menos quince.

Habíamos llegado justo a tiempo.

Sobre el lago, las aves regresaban a sus hogares en enormes parvadas, recortándose contra los volcanes. Entonces vi un magnífico halcón.

Quise contemplar el ritual desde sus ojos.

El parche que cubría mi ojo izquierdo estaba perfectamente sano, pero ocultaba algo que pocos conocían.

Lo cambié al ojo derecho.

Mi ojo izquierdo quedó libre.

Miré al halcón.

Y entonces ocurrió.

Su visión se convirtió en la mía.

Podía ver a través de sus ojos.

Tal vez había perdido mis piernas, pero había ganado algo extraordinario: el don de mirar el mundo desde las aves. Cuando enfocaba mi ojo izquierdo sobre una de ellas, podía compartir su visión.

Por un instante volé con el halcón.

Era libre.

Era el rey de los cielos.

Había conseguido aquello que siempre había deseado: volar.

Abajo comenzaba el ritual.

Según la antigua tradición, el caporal debía internarse en el bosque para encontrar un árbol especial que representaría al Rilaj Mam como vínculo entre los hombres y los dioses. Debía ser perfectamente recto, alcanzar hasta cuarenta metros y poseer una madera lo bastante resistente para soportar el peso de los cinco danzantes.

Cuando el árbol era elegido, se danzaba alrededor de él entre oraciones y bocanadas de copal.

En su base se cavaba un agujero.

Allí se sacrificaba una gallina negra, siete polluelos vivos, mezcal y tabaco, como ofrenda por la fertilidad de la tierra.

Pero aquella vez había algo más.

Un hombre rico del pueblo había donado un gallo proveniente de Indonesia.

Era completamente negro.

Su cresta.

Sus garras.

Sus ojos.

Su lengua.

Hasta sus órganos internos tenían aquel color.

Y su sangre también.

Se decía que aquella clase de gallo poseía poderes místicos y que su carne estaba reservada para los más ricos. En aquella ceremonia, sin embargo, no representaba riqueza.

Representaba una ofrenda.

El Señor de los Montes había perdido a su hijo: el árbol.

Y ahora debíamos pedirle perdón.

La tradición decía que, si despertábamos su furia, podía reclamar la vida de alguno de los hombres-pájaro.

Los cinco danzantes comenzaron a subir por el poste.

Sus manos y pies se aferraban a las estrechas vueltas de cuerda que cubrían la madera. Sobre sus cabezas llevaban pequeños penachos multicolores en forma de abanico, semejantes al copete de un ave.




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