Pandora apartó la mirada del cadáver del perro y la dirigió hacia Alysa.
Su sobrina lloraba, todavía incapaz de superar la muerte de sus padres. Había bajado al escuchar el grito de su tía y ahora contemplaba paralizada la escena.
Su mejor amigo y confidente había muerto de la forma más horrible que había visto en su corta vida. Ni siquiera había podido ver los cadáveres de sus padres. Y ahora no podía apartar los ojos de aquel cuerpo.
El llanto de Alysa distrajo a Pandora apenas unos segundos. Entonces vio cómo los ojos de la niña se abrían desmesuradamente.
—¡Tía...!
Pandora se volvió. El cadáver del perro estaba de pie sobre sus patas traseras. Sin cabeza. El cuerpo se inclinó lentamente hasta quedar a cuatro patas y comenzó a correr hacia ellas.
—¡Corre! —gritó Pandora tomándola del brazo.
Subieron las escaleras. El cuerpo del perro se detuvo al pie de ellas. De la enorme herida donde antes había estado su cabeza emergió algo. Una gigantesca Atrax robustus de cuerpo negro azulado, cubierta de pelos aterciopelados, con colmillos y garras capaces de desgarrar la carne. Comenzó a subir.
Pandora siguió corriendo. De pronto la araña saltó. En pleno vuelo se transformó en un cuervo de plumaje negro azulado. El ave descendió sobre Pandora y, antes de tocarla, volvió a transformarse en una serpiente negra y azulada que se enroscó alrededor de sus piernas.
Pandora cayó de bruces. Los colmillos se hundieron en su carne. La serpiente se deslizó entonces hacia Alysa.
La niña corrió hasta la habitación de Pandora y cerró la puerta. Se ocultó debajo de la cama. Su respiración era tan agitada que sentía que iba a delatarla.
Entonces las luces se apagaron. Toda la residencia quedó sumergida en oscuridad.
Alysa permaneció inmóvil, boca abajo, intentando escuchar.
Una voz femenina comenzó a contar.
—Ocho...
Sintió que alguien se acercaba.
—Nueve...
Unas largas uñas negras rodearon su cuello.
—Diez...
La oscuridad comenzó a tragárselo todo.
—¡Shshshshsh... te encontré!
La voz de Eleni resonó dentro de su cabeza.
«Mamá me decía que, cuando tuviera ganas de ir al baño, tenía que ir. Cada noche evito hacerlo. Mamá no lo sabe... pero él me está esperando en el pasillo y no me dejará regresar.»
Al fondo del pasillo aparecieron unos ojos rojos. Alysa quiso gritar. No pudo. Unas manos recorrieron su cuerpo con violencia. Después llegó el fuego. Quemaduras profundas aparecieron sobre su piel, como si manos al rojo vivo se hubieran pegado a su carne. El dolor alcanzó sus nervios. Su respiración se detuvo. Su cuerpo comenzó a convulsionarse. Sus pupilas se dilataron. Y finalmente su corazón dejó de latir.
Mientras tanto Pandora sufría algo diferente. Un dolor de cabeza insoportable. Su cuerpo se deshidrataba. Sentía los pulmones comprimirse y la presión crecer dentro de su cabeza. Después llegaron los escalofríos, el temblor y el frío. Sus dedos comenzaron a congelarse. El aire helado le quemaba la garganta. Su cuerpo entero parecía endurecerse. No podía respirar. No podía moverse.
Y cuando creyó que iba a morir, despertó.
Alysa también. Ambas estaban acostadas boca arriba sobre una cama. Paralizadas. No podían hablar ni mover un solo músculo. El veneno de la araña había hecho efecto. Solo podían respirar, sentir dolor y mover los ojos.
Frente a ellas, de pie sobre la cama, había una muñeca. La luz de la luna entraba por la ventana e iluminaba su rostro de porcelana. Sus pequeños ojos poseían una extraña mezcla de inocencia y maldad.
Alysa la reconoció. Era una de las muñecas que Pandora había regalado a su difunta hija Dasha. La misma que había terminado en manos de Eleni.
La muñeca sonrió. Y una voz resonó directamente dentro de la mente de Pandora.
—Mi nombre es Medeia, hermana de Cerci.
Pandora abrió los ojos como pudo.
—Tú eres la hija de Hefisto. El hombre que nos condenó a permanecer inmóviles, con la mirada fija hacia el frente, dentro de estas muñecas.
Medeia no apartó sus ojos.
—Nos selló aquí mediante el anillo. Hasta que tú nos liberaste.
—Con mi veneno acabas de experimentar las muertes de aquellos a quienes he matado y el sufrimiento de quienes murieron bajo su propio escarnio. Pero todavía no morirás. Tengo un destino diferente para ustedes dos. Primero... necesito que recuerdes.
Dos hebras de cabello de la muñeca se desprendieron de su cabeza. Se deslizaron sobre la cama como pequeñas serpientes y se transformaron en diminutas arañas. Una trepó por el rostro de Pandora. La otra por el de Alysa. Ambas penetraron por sus oídos.
Y los recuerdos regresaron.
Alysa recordó a Melanie y Héctor torturando a Eleni. Recordó a Pandora y a los inquilinos haciendo lo mismo con otros niños. No eran normales. Eran monstruos. Se merecían sufrir. Se aferró a aquellas palabras para justificar lo que había visto. Pero Medeia siguió excavando.
Pandora recordó a su padre. Los abrazos. Los besos. El amor que sentía por él. Y después recordó el anillo. La hipnosis. El nacimiento de aquella otra personalidad. Recordó también lo que Hefisto había hecho con Demetria, haciéndola creer que tenía una hermana llamada Desdemona, una mujer que jamás había existido.
Entonces aparecieron recuerdos que había mantenido enterrados. Dasha. Su propia hija. Recordó el odio que había sentido hacia ella por haber nacido con una luxación congénita de rodilla. Para ella aquella deformidad hacía que Dasha caminara como una bestia. Pero su personalidad benevolente nunca veía aquella deformidad. Para ella Dasha era simplemente una niña. Hefisto, en cambio, la había amado. Era el fruto de su relación incestuosa con Pandora. "El fruto de nuestro amor", solía decir.
Recordó el verdadero plan. Hefisto debía regresar. Y ella debía ayudarlo. Recordó el día en que Calipso regresaría a la isla enviada por su padre. Ese sería el momento en que volvería para cumplir aquello que Hefisto le había encomendado.