Primer día de entrenamiento
—Existen olas que acabarán contigo si no pones todo tu empeño en sobreponerte a ellas.
La advertencia de Zamná fue la antesala del entrenamiento especial que estaba a punto de comenzar en el santuario de las mariposas.
Me cubrió los ojos con una venda oscura. Había dormido casi todo el día, como si mi cuerpo hubiera aprovechado cada minuto para recuperarse de las heridas y del agotamiento.
—¿Tienes miedo?
No respondí.
—No te preocupes. Todos lo sentimos en algún momento de la vida. La diferencia está en aprender a utilizarlo y transformarlo en fortaleza.
Hizo una pausa.
—¿Temes a la bestia? Entonces no temas a la oscuridad que vive dentro de ti. Sumérgete en ella. Abrázala. Reconcíliate con ella. El instinto vive en todos nosotros y, en ocasiones, es lo único que puede ayudarnos a sobrevivir.
Sentí que ajustaba la venda.
—Aprende de las aves. Volar es necesario cuando hasta una libertad de oro puede convertirse en prisión. Los hombres pájaro fuimos libres, danzando en el cielo al compás del viento. Y qué manera tan terrible de caer en una jaula es perdernos en una rutina maligna y destructiva como la de extrañar a alguien.
Tragué saliva.
—No me quejo. Acepto la retribución por cada acción que he llevado a cabo.
Al quitarme la venda por unos segundos, vi a Xandria detrás de los barrotes de bambú. Me observaba con aquellos ojos resentidos, inmóvil como un pájaro de mal agüero.
Comprendí entonces que aquel entrenamiento sería incluso más difícil que el de Miklós y más brutal que todo lo aprendido en Irak. Pero estaba dispuesto. Si quería ayudar en la guerra que los Omega libraban en las sombras del narcotráfico contra los Alfa infiltrados detrás del poder, tendría que convertirme en algo más que un hombre herido. Tendría que aprender a controlar aquello que llevaba dentro.
Primera semana
—No tener miedo es cosa de muertos. El miedo existe para los vivos. No lo veas como un obstáculo; conviértelo en un impulsor.
Zamná hablaba mientras permanecíamos sentados sobre el suelo de bambú, ambos con los ojos vendados.
—Algunas veces el miedo te dirá que no puedes. Haz de él un velero y navega por mares oscuros con seguridad. Incluso si te falta un pie, yo te enseñaré a recorrer el camino.
Delante de nosotros estaba el tablero. Jugábamos Puluc a ciegas.
Moví una pieza.
—Has perdido —dijo Zamná.
—¿Cómo lo sabes?
Hubo un breve silencio.
—Porque llevas cinco movimientos intentando salvar una pieza que ya capturé.
Fruncí el ceño.
—Este ejercicio te ayudará a calcular variantes y a desarrollar la capacidad de visualizar posiciones que todavía no existen. En un campo de batalla, la visualización puede significar la diferencia entre reaccionar tarde y anticiparte.
Moví una pieza.
—Cuando privas a tu cuerpo de un sentido, los demás comienzan a reclamar tu atención. El oído. El tacto. El equilibrio. La respiración. Incluso las vibraciones que normalmente ignoras.
Moví otra pieza.
—No quiero que simplemente aprendas a luchar sin ver. Quiero que aprendas a percibir antes de que el peligro llegue.
Primer mes
El entrenamiento a ciegas se volvió cada vez más brutal. Zamná y yo peleábamos cuerpo a cuerpo con varas de bambú mientras Zulia soplaba una flauta de tubos de distintos tamaños. Sus notas llenaban el santuario con una melodía hipnótica.
La vara golpeó mi hombro.
—¡Auch!
—Excelente.
—¿Excelente?
—Si todavía puedes quejarte, todavía puedes continuar.
Volvió a atacarme. Esta vez alcancé a esquivar el golpe.
Gema se encargaba de limpiarme el sudor y darme agua cuando la sed comenzaba a vencerme. Era encantadora. Y yo empezaba a descubrir que me resultaba imposible ignorar aquella mirada tímida y coqueta con la que me observaba.
Le devolví los fragmentos de su prótesis, los mismos que habían quedado dentro de mi chamarra durante nuestra lucha contra los demonios de la noche.
—Lo siento —le dije—. Creo que me diste suerte.
Entonces le pregunté cómo había perdido la mano. Su respuesta me dejó inmóvil. No podía ser una coincidencia. Gema era Iron Maiden. La mujer con la que había hablado durante tanto tiempo detrás de una computadora estaba ahora frente a mí.
En el jardín del santuario, mientras esperábamos la siguiente lección de Zamná, comenzamos a conversar como si nos conociéramos desde hacía años. Quizá porque, en cierto modo, así era.
Existen mujeres capaces de convertirse en estrellas y alumbrar la noche más oscura. Otras parecen constelaciones: iluminan incluso cuando el día llega, y su gravedad termina atrapándote. Gema era así. Y por primera vez desde la muerte de Valentina, aquella cercanía no me producía únicamente dolor. Me producía algo parecido a la esperanza.
Estábamos a punto de tomarnos de la mano cuando Zamná apareció. Nos observó en silencio.
—Continúen.
Gema y yo nos quedamos inmóviles.
—¿Qué? —pregunté.
—El entrenamiento —respondió—. Aunque, por lo que veo, ya comenzaron uno diferente.
Gema se sonrojó.
Segundo mes
—La flauta de Pan que utiliza Zulia durante nuestros entrenamientos es un instrumento antiquísimo.
Zamná volvió a atacarme con la vara de bambú.
—Cada vez que ella cambia de nota, modifico el ritmo de mis golpes. Quiero que tu cerebro asocie determinado sonido con determinado ataque.
La vara pasó rozando mi hombro.
—Pero esa asociación es falsa.
Otro golpe. Fallé al esquivarlo.
—El verdadero peligro no siempre anuncia su llegada. Puede engañar tus sentidos hasta que sea demasiado tarde.
Respiré profundamente.
—Debes aprender a ignorar el ruido exterior y escuchar algo mucho más difícil de engañar: tu instinto.
La vara volvió a golpear. Esta vez la detuve.
—Eso es.
Zamná sonrió.
—Te ayudaré a desarrollar tu sexto sentido.