Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXXVI Amantes: Orquídea Negra

Pensaba que todo había terminado y que en cualquier momento despertaría de aquella visión que mi alma había presenciado y que empezaba a olvidar poco a poco.

Sin embargo, me vi caer desde lo alto de un volcán hacia las aguas del lago Atitlán. Caí en un mundo sumergido. Abajo, en lo profundo, había una pirámide majestuosa. Pensé que me ahogaría. Un resplandor que salía de su punta me cegó. Al recuperar la vista, vi a una niña de pie en el fondo del lago. A su alrededor flotaban decenas de cadáveres putrefactos como cometas en un mar oscuro y frío. Ella estaba despierta. Los demás no. Pero sus ojos completamente en blanco carecían de vida y su mirada estaba fija en mí.

Era la misma niña del parque. La que me susurró al oído: _Sanguinis hostia expiabit._ La misma frase que había pronunciado aquel veterano antes de suicidarse. Antes de perder lo que más amaba en este mundo.

Sabía que la había visto antes. Mucho antes del parque. Pero no recordaba dónde. Sentía que había olvidado a alguien importante.

Me hizo una seña para que la siguiera y caminó entre los cadáveres como si el tiempo no tuviera prisa. Como si no tuviera prisa de vivir. La seguí hasta la superficie. Cuando llegamos, había desaparecido.

Me encontré en una isla extraña con ambos pies sobre la tierra. Como si nunca hubiera perdido la pierna izquierda. O tal vez la había recuperado al perderme a mí mismo. Caminé con ambos pies de carne y hueso por un sendero sinuoso bajo un sol pálido cubierto de nubes negras. Los troncos eran pequeños y gruesos, rodeados de espinas enormes, flexibles y afiladas cuyos extremos tocaban el suelo.

No vi a las criaturas que acechaban.

Una anciana caminaba como una muerta sin alma. Se sentó en el tronco como si estuviera cansada de vivir. Desde que sus pies tocaron el círculo de espinas, estas se elevaron como serpientes y se entrelazaron hasta empujarla contra el tronco. Sus púas la perforaron. Le absorbieron hasta la última gota de sangre y arrojaron el cuerpo seco.

Aquella isla estaba viva. Olía a carne podrida y daba frutos dulces para atraer a sus presas. Había plantas que cerraban sus hojas sobre los pájaros y no se oía nada más. Otras desprendían un perfume que dejaba inconscientes a los animales grandes y a los humanos. Había flores negras con ventosas que chupaban la sangre. Comprendí que emitían un polen venenoso que hacía caminar en círculos. Por eso no encontraba la salida.

Vagué como un náufrago. Diez días. Y aunque debía morir de hambre y de sed, seguía vivo, como si la gente de la isla no pudiera verme. Como si mi cuerpo ya no necesitara nada.

Una noche encontré un fruto oscuro junto a una de las plantas. Tenía hambre y sed y me abandoné a mis instintos. Sabía a vino tinto. A ese vino que tanto me gustaba. Después su sabor se volvió ferroso, a sangre. Sentí que me arrebataban las emociones, los sueños.

Y la vi.

Debajo de la luna llena, como una flor marchita, estaba ella. Valentina. Llevaba su blanco uniforme de enfermera manchado de rojinegro. Su cubrebocas negro ocultaba sus labios carmesí. Parecía una aparición de mis peores pesadillas y aun así su compañía me era grata como los Campos Elíseos en medio del Hades.

Anhelaba su abrazo, pero temía que fuera otra ilusión y que los tentáculos me arrebataran en un abrazo mortal.

Se acercó con un abrazo de escalofrío, se quitó el cubrebocas y me dio su beso de hielo. El beso del ángel de la muerte. En ese segundo eterno dejé de querer escapar.

Tu voz como psicofonías; voces espectrales, sonidos seductores que tocaban cada fibra de mi alma. La nostalgia y el insomnio eran una combinación letal. Tus palabras entraron en mí con tanta violencia; como balas de platino perforando en lo más profundo de mi ser. Estabas enojada, furiosa conmigo por haber hecho algo que jamás supe bien lo que era, o no lograba recordar bien lo que fue. Y ahora de nuevo tenías esa misma expresión de enojo. Tal vez sabías lo que había hecho con mi vida y lo que volvería a hacer por ti, solo para estar contigo.

"He venido a ti esta noche, quiero compartir tu cama, haré que renuncies a la abstinencia. He venido con este manto de muerte reclamando tu nombre. No miro tus ojos por temor a encontrar a la bestia, pero estas presente, me infundes rencor". Dijiste aquella primera vez que hicimos el amor mientras jugabas al despiste entre mis sábanas.

Atrévete a decir que en las mañanas frías no respirabas a mi lado con ternura. Di que las paredes de nuestra habitación nunca escucharon nuestros alaridos. Recuerda mi boca ardiendo mientras descarnaba tus pechos... Di que no me disfrutabas... Dime que no te deleitabas cuando tus uñas descarnaban mi espalda... Di que no te di todo, di que no existí, que jamás profané tu intimidad... Atrévete a decir que no te entregué mi alma, di que este demonio no te hizo sufrir, atrévete, mira mis ojos, están vacíos... Miénteme una vez más... Mi cuello sangrará... Por fin derrumbaré esta barrera que me aleja de ti y me uniré a ti eternamente, aunque ahora estés enojada porque romperé mi promesa de seguir vivo.

Caeré en un sueño profundo y, mientras esté dormido, tú vendrás a mí y al despertar te habrás convertido en hueso de mis huesos y carne de mi carne. Yo seré tu Adán y tú mi Eva.

Ahora sé por qué estoy aquí. Este no es el infierno, sino el paraíso, el jardín del Edén y las plantas de la isla el umbral que me llevará a ti, a tu abrazo eterno.

Y todas las veces cuando sentía que ya no podía más y mi corazón dejaba de latir, llegaste, tomaste mi mano dándome un sentimiento falso, abriste tus alas y besaste mis labios. Entonces caí rendido a tu divina maldición.

Me llevaste tan alto que podía volar como un ave. El viento susurra impaciente, me pide que tenga cuidado, que has venido a matarme. Debo temer de ti, huir de ti; pero no puedo.

Tus ojos me mostraron un gran abismo donde quiero perderme, ojos tan profundos como el infierno donde vivo. ¿Eres tú la perdición en persona o eres un ángel que quiere mi salvación? Dime qué eres o qué quieres. Tus ojos son un hermoso abismo donde me alimento noche tras noche y caigo en profunda agonía. ¿Por qué me dejaste solo, a merced de mis pesadillas, sudando con los ojos cerrados un sinfín de locuras? Dime a qué has venido, antes de que nos aleje la mañana y retornes a tu lecho oscuro. Luna llena sin velo, la luna blanca se vistió de negro. Alguien llega y me respira, eres tú vestida de oscuridad.




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