Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo XXVI Tres Enses: Los Arcontes

Aquel lugar, al que se llegaba a través del tubo volcánico y de una red de galerías que se extendía por más de diez kilómetros, ocultaba una enorme cueva de basalto iluminada por antorchas. En el centro se alzaba una reluciente estatua de obsidiana negra: un caballo esquelético montado por un jinete con máscara de chacal, y una balanza en su diestra. A su alrededor había una fila de jaulas. Monos araña, guacamayas, quetzales, tapires, tigrillos, pumas y jaguares permanecían encerrados. Aquello era tráfico de animales. Y si aquel lugar pertenecía a la misma red, quizá la Doble S estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.

Quise liberar a los animales. No podía. Primero debía sobrevivir. Después tendría que encontrar ayuda y regresar para acabar con aquello de raíz.

Salí corriendo del vehículo. El lobo pardo, convertido en una criatura humanoide que todavía avanzaba sobre sus cuatro extremidades, continuaba luchando contra el otro monstruo, que también había adoptado una postura más erguida. Ambos se despedazaban entre mordidas y zarpazos mientras las rocas volcánicas caían a su alrededor.

Aproveché el caos para escapar. Pero en aquella cueva de muerte no existía ningún lugar seguro.

De pronto, cinco hombres con pasamontañas me rodearon y me apuntaron con armas de fuego. Entonces las criaturas volvieron a rugir. El estruendo de los lobos derribando las rocas los distrajo. Y apareció otro hombre. Disparó contra los que me rodeaban y abatió a tres. No desperdicié la oportunidad. Saqué el arma que aún conservaba y disparé contra los otros dos. Después apunté al desconocido.

El hombre levantó lentamente las manos y se quitó el pasamontañas. Era el agente Sirhan Ramsey.

No tuve tiempo de reaccionar. De entre las rocas surgieron tres figuras envueltas en túnicas negras. Sus rostros estaban ocultos tras máscaras funerarias mayas confeccionadas con mosaicos de jade, verdes y brillantes, que representaban a los temibles dioses del inframundo. Tras ellos aparecieron una docena de hombres con pasamontañas. Otra vez las armas apuntaron hacia nosotros.

Y mi mente regresó al infierno iraní. Volví a sentir el estremecimiento constante del suelo bajo nuestros pies. Cadáveres por todas partes. Sangre. Miembros desmembrados. Un mar de cuerpos hediondos a descomposición. Aquel supuesto sueño de victoria se había convertido en una pesadilla. No era una fiesta. No eran fuegos artificiales. Era una masacre.

Los soldados caían frente a las ametralladoras, lanzándose sobre ellas como moscas sobre la miel. El napalm incendiaba todo a su paso. Las bengalas atravesaban la oscuridad como saetas sin destino, mientras las balas, depredadoras, buscaban a sus presas y morían dentro de ellas, como abejas después de clavar sus aguijones.

El desierto. El sueño. El hambre. La fiebre. Los insectos. Las botas empapadas de sudor. Las manos agotadas. La gripe. La muerte. El alma misma, inerte y apática. Fragmentos fratricidas. Balas despiadadas. Y este dedo desquiciado que volvía a jalar el gatillo por instinto. Todo eran retazos de una pintura infernal.

La pólvora volvió a invadir mi olfato. El miedo me cerró la garganta. El silbido de las balas volvió a recordarme la fragilidad de la existencia.

Entonces comprendí que, una vez más, la muerte estaba frente a mí. Las balas destrozaban cuerpos. Los demonios devoraban almas. Y la sangre estaba a punto de mezclarse nuevamente con la aurora. La sangre se derramaría sobre ocasos que cerraban sus turbios ojos ante el clamor de la muerte.

No quedaba otro remedio. Había que sobrevivir matando al enemigo. No eran hombres. Eran demonios. La carnicería comenzaba otra vez.

Volví a correr, a jadear, a respirar con dificultad, como en aquellos días en que escapaba de las balas y luchaba por arrancarle un poco de oxígeno a unos pulmones acartonados por los gases y el humo. El suelo volvía a estremecerse bajo mis pies y, con él, mi alma. Cada explosión. Cada estruendo. Cada detonación más cercana, más real, más alucinante. En la guerra corríamos de un lado a otro buscando refugio. Caíamos, comíamos tierra, volvíamos a levantarnos y corríamos de espaldas, disparando hacia el frente.

—¡Levántate, dispara, corre y sigue disparando!

Esa era la orden. La única que había que obedecer.

Mi mente estaba dividida entre dos momentos igualmente caóticos. En la cueva, Sirhan y yo corríamos hasta refugiarnos detrás de la estatua de obsidiana y las rocas de la caverna. En la guerra, cavábamos trincheras profundas como fosas, húmedas como tumbas, terribles como pesadillas.

En la cueva, uno de nosotros recibió una bala en el hombro izquierdo mientras los hombres de la Doble S continuaban disparando. Y los animales enjaulados nos miraban con el mismo terror que los civiles habían sentido al vernos llegar a la guerra. Ya no sabían si habíamos sido enviados por un dios o por un demonio. No confiaban. Sólo temblaban, gritaban, lloraban y suplicaban. Algunos se escondían. Otros nos observaban con la furia silenciosa de una fiera que contempla a su depredador.

Entonces regresó aquel recuerdo. Después de un año me había hartado de aquella maldita conflagración. Estaba cansado de matar. Cansado de morir poco a poco. Tan cansado que habría preferido que me fusilaran de una vez antes que continuar en aquel insufrible averno. Todo había comenzado el día en que vi a aquella pequeña niña correr hacia nosotros. Llevaba explosivos atados a su pequeño cuerpo. Yo la vi antes que los demás. Sólo yo podía detenerla. Un disparo en la frente habría bastado. Pero no lo hice. Intenté advertirles. Mis gritos se perdieron entre el estruendo de las balas. Entonces corrí hacia ellos. Y la explosión ocurrió.

Después sólo recuerdo despertar atrapado en una fosa abierta por la detonación, rodeado de cadáveres putrefactos y sumergido en mi propia sangre, junto al muñón de la pierna que había perdido. Lloraba. De desesperación. De odio. De rencor. De impotencia. Después de aquello ya no me quedó nada. Sólo el vacío. Sólo los balazos. Mis amigos quedaron enterrados en fosas sin lápidas, sin nombres, sin cruces. Ya no sabía qué era la luz. Hasta el día se había convertido en tinieblas. Todo era horrendo. Todo parecía un infierno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.