Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo 26 La poción alfa

Eshkol y Zamná auxiliaron al agente Sirhan.

Después de ponerse la ropa de los miembros de la Doble S, ocultar sus rostros con pasamontañas y abrir las jaulas para liberar a los animales, decidimos escapar por la misma trampilla por la que había entrado Sirhan. Afuera, Zeév, el perro guía de Eshkol, nos esperaba.

Nuestro propósito era detener el incendio que, según los arcontes, la Doble S había provocado en la reserva. Sin embargo, al salir de la cueva no encontramos fuego. Encontramos cadáveres. O, al menos, eso parecían.

Varios hombres yacían inconscientes sobre la tierra, con múltiples heridas en el cuerpo, dispersos por el lugar como si una bestia los hubiera atacado.

Y, a unos metros de ellos, apareció algo que jamás había visto. Un enorme felino permanecía junto a uno de los hombres. Su hermoso pelaje blanco estaba salpicado por algunas manchas de sangre. Su aspecto recordaba a una criatura imposible: una mezcla entre un puma con leucismo y un leopardo de las nieves.

Nos miró fijamente. Durante unos segundos ninguno de nosotros se movió. Después, el animal se internó tranquilamente entre la maleza y desapareció. Al parecer, aquella bestia había detenido por sí sola a los miembros de la Doble S que pretendían provocar el incendio.

Las demás criaturas exóticas que habíamos liberado también comenzaron a correr hacia la espesura. Una tras otra desaparecieron en la oscuridad de la reserva, siguiendo al misterioso felino blanco. Sobre nosotros, el ave fantasma volaba en círculos, vigilando el cielo y los alrededores para protegernos de cualquier otro peligro.

Sirhan apenas podía caminar. Eshkol lo ayudaba sosteniéndolo sobre su hombro mientras Zeév avanzaba delante de ellos. Zamná caminaba detrás, cargando entre sus brazos a la criatura inconsciente.

Nos dirigimos hacia el automóvil de Sirhan. Antes de abandonar el lugar, metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta. Necesitaba comprobar que no hubiera perdido ninguna de mis pertenencias. Mis dedos encontraron el reloj de Miklós. Después, el relicario de la Doncella de Hierro. Luego el rosario de Valentina. Y junto a él, aquella presencia que yo asociaba con su alma. Finalmente, mis dedos tocaron la prótesis de Gema. Aquella mano artificial era suave como la porcelana. Pero junto a su delicada textura sentí algo más. Metal. Frío. La llave con forma de vinagrillo que había tomado de la iglesia.

Entonces recordé el túnel. Recordé aquella ruta que había visto kilómetros antes de llegar a la guarida de la Doble S. Y comprendí que debía regresar. Tal vez aquella llave no había llegado a mis manos por casualidad. Tal vez al otro lado de aquella puerta me esperaba la respuesta a otro de los misterios que rodeaban aquel lugar.

Les dije que tenía algo importante que hacer. No di explicaciones. Los dejé continuar hacia el automóvil mientras yo regresaba a la cueva.

Una vez dentro del túnel, subí nuevamente al vehículo y emprendí el recorrido por aquella escabrosa gruta. Las ruedas avanzaron sobre los rieles. El eco del motor se perdió entre las paredes. Después de recorrer nuevamente aquella sinuosa ruta, llegué al punto que había visto anteriormente. Allí estaba. Una puerta. Era similar a la de la iglesia por la que había entrado al túnel. Pensé que quizá se trataba de otro edificio bajo el cual pasaba aquella antigua vía subterránea.

Me acerqué. Giré el pomo. La puerta cedió. No tenía cerradura. Entré con precaución. No quería hacer ruido. No sabía qué podía encontrar al otro lado. Atravesé el umbral procurando no llamar la atención de algún otro sádico habitante de aquel lugar.

Entonces me encontré en una habitación sucia y oscura. Inspeccioné cada rincón. No parecía una instalación clandestina. No parecía una guarida. Era un sótano. El sótano de una casa.

Subí lentamente por las crujientes escaleras. Cada peldaño protestó bajo mi peso. Al llegar arriba, apoyé la mano sobre el pomo. Respiré profundamente. Y abrí la puerta que conducía al interior de la residencia.

Al otro lado me encontré nuevamente con un corredor bien iluminado por candiles de techo. Había muebles antiguos adornados con porcelana, cerámica y piezas de orfebrería. Todo parecía pertenecer a una residencia de lujo, aunque el abandono y el polvo le conferían una atmósfera lúgubre.

El corredor doblaba hacia la izquierda unos metros más adelante. Avancé lentamente. La sensación de la batalla todavía permanecía adherida a mi cuerpo y a mi psique. La atmósfera era desagradable, tensa, casi surrealista. Sentía un profundo desasosiego, pero mi determinación era aún mayor. Aceleré el paso. Doblé la esquina. Otro corredor. Y nuevamente giraba hacia la izquierda. Avancé unos metros más y volví a encontrar otro pasillo que doblaba en la misma dirección.

—¿Qué demonios? Esto parece un laberinto —pensé, entre molesto e intrigado.

Esta vez corrí. Al llegar a la siguiente esquina distinguí un enorme cuadro de acuarelas en tonos rojizos. Representaba un atardecer sobre el lago de Atitlán, con sus tres volcanes recortados contra el cielo. Casi enfrente había una puerta. Me acerqué y giré el pomo. Cedió sin dificultad. Pero antes de entrar, miré hacia atrás. Al final del corredor distinguí una puerta doble de color negro.

—Revisaré esta primero y luego iré por aquella —me dije con nerviosismo.

Abrí la puerta. Y entré.

La habitación era un elegante bar. El suelo estaba cubierto por una alfombra roja decorada con figuras tejidas en hilo dorado. Un barandal de caoba, adornado con balaustres de exquisito acabado, delimitaba parte del espacio. Pequeñas lámparas empotradas en las paredes proporcionaban una iluminación tenue y elegante.

A mi izquierda había una barra con cubierta de mármol. Una espesa capa de polvo cubría su superficie, pero incluso así resultaba evidente que aquel había sido un lugar exclusivo. Las sillas eran altas y estaban tapizadas con piel de color rojo escarlata. Detrás de la barra se levantaba una estantería repleta de botellas. Brandy. Ron. Whisky. Vodka. Tequila. Y distintas variedades de vino.




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