Zlatan

II - La recepción

La recepción se celebraba en uno de los salones principales del antiguo Palacio Vuković, donde la luz del atardecer se deshacía sobre el mármol y el cristal de las copas. Empresarios, diplomáticos, académicos y periodistas tejían conversaciones que se mezclaban con la música de un cuarteto de cuerdas, sonando a un volumen apenas suficiente para llenar los silencios.

Zlatan caminaba entre los invitados con la naturalidad de quien había aprendido a desenvolverse en ese ambiente desde mucho antes de convertirse en el hombre más poderoso de la sala. Escuchaba, observaba, recordaba nombres y olvidaba rostros. Todo transcurría con la precisión de un mecanismo perfectamente aceitado, recibiendo felicitaciones y promesas que ya había oído antes.

Aceptó una copa que no tenía intención de terminar, intercambió saludos, escuchó un discurso que olvidó antes de que concluyera, hasta que una risa quebró la monotonía. Nada estridente ni que buscara llamar la atención, pero suficiente para alterar el equilibrio de toda la escena.

Zlatan giró apenas la cabeza. No alcanzó a distinguir quién había reído. Y descubrió a un pequeño grupo reunido cerca de una de las galerías.

La risa volvió unos segundos después y entonces la encontró. Le sorprendió que aquella mujer se permitiera reír así. Él había crecido entre personas que reservaban las sonrisas para la familia, los amigos y la mesa de la casa. En público, la alegría solía expresarse con discreción. Una sonrisa demasiado amplia revelara más de lo conveniente, pero ella parecía no conocer esa regla. O quizás la conocía y simplemente había decidido no obedecerla.

Aquello llamó más su atención que cualquier vestido elegante o cualquier apellido ilustre presente en el salón. Había algo profundamente libre en esa risa. No buscaba destacar, no desafiaba a nadie. Solo… existía. Y por algún motivo que en ese entonces no supo explicar, Zlatan se dio cuenta de que ella que era la primera persona de toda la recepción que no estaba interpretando un papel.

Continuó caminando. Un ministro comenzó a hablarle sobre una licitación. Zlatan respondió con la cortesía necesaria y siguió observando el grupo por encima del hombro de su interlocutor.

Eran, al menos, cuatro personas de las cuales tres hablaban. Cuando los demás se dispersaron, solo quedó una figura apoyada sobre la baranda de piedra que daba al jardín. Estaba de espaldas, el viento movía suavemente el dobladillo de su vestido mientras ella observaba el exterior con parsimonia. No parecía buscar compañía, tampoco parecía evitarla. Contemplaba los jardines como si hubiera olvidado que se encontraba en una recepción llena de gente importante.

Zlatan terminó la conversación con el ministro sin recordar una sola palabra de lo que acababan de decirse y permaneció donde estaba. Por una vez en su vida, no supo contestar una pregunta sencilla. Un empresario acababa de presentarle a una mujer y, cinco segundos después de estrecharle la mano, él ya había olvidado su nombre.

Desvió la mirada hacia la galería una vez más. Ella seguía allí, en silencio, como si el resto del mundo hubiera perdido toda importancia.

De pronto, alguien más se acercó a ella. La saludó con la cortesía educada que se esperaba que todos tuvieran en tal evento. La oyó hablar brevemente, notó esa cadencia leve pero inintencional en las palabras, el timbre grave en el fondo de su voz y cómo remarcaba las “erres”. Reconoció el acento de inmediato: eslovena.

Zlatan tomó un sorbo de su copa y se dio la vuelta para dejar de escuchar, sin poder evitar esa leve mueca de curiosidad e incertidumbre en su rostro cuando algo acaparaba toda su atención de esa manera.

Días después, las copas de cristal y los discursos fueron reemplazados por el ruido seco de las obras y una ligera neblina matinal. El terreno donde algún día se levantaría Eleven Gates, una promesa dibujada sobre cientos de planos, era todavía una inmensa extensión de tierra removida donde grúas, camiones e ingenieros parecían brotar de la tierra misma y correr detrás del tiempo para mantenerse dentro del esquema.

Zlatan caminaba revisando los avances de la excavación principal acompañado por dos ingenieros. Hacía preguntas y corregía decisiones, señalando cosas importantes. Nada escapaba a su atención, hasta que volvió a verla.

Estaba de pie sobre una pequeña elevación natural, llevando un cuaderno bajo el brazo. Observaba el terreno con una concentración impropia de alguien que estuviera allí por simple curiosidad. Sin casco, ni planos… No parecía buscar a nadie. No parecía interesarle la ciudad. Le interesaban quienes ya empezaban a vivir alrededor de ella: al grupo de obreros que compartía café, a los niños asomados en la cerca improvisada, al topógrafo discutiendo con el arquitecto. Anotando sus observaciones en su cuaderno.

Cambió su dirección hacia ella. Los ingenieros continuaron caminando sin advertirlo. Él se acercó hasta quedar a su lado y habló con la misma calma con la que acostumbraba iniciar cualquier conversación.. Ella no se volvió.

—Es peligroso estar tan cerca.

Ella respondió sin apartar la vista de su cuaderno.

—Lo sé.

Él esperó que diera un paso atrás. No sucedió.

—Entonces debería alejarse. Esa pared de tierra puede ceder.

Ella observó la pendiente unos segundos, señaló con el dedo y concluyó:




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