Zlatan

IV - Los planos

Antes solía recordarla más seguido que en el presente.

Y ahora, los recuerdos eran fragmentos que empezaban con otros recuerdos más recientes, como si el hombre los archivara en una caja que luego es guardada dentro de una caja más grande, y así sucesivamente… hasta que los hechos dejaban de existir por sí mismos, y dependían de la última vez que el hombre confió en su memoria para traerlo de regreso.

El despacho había quedado vacío poco después del mediodía. Los últimos directores abandonaron el piso ejecutivo mientras las secretarias recogían documentos y apagaban las pantallas de la sala de reuniones.

Zlatan permaneció solo. Sobre el escritorio lo esperaba una carpeta azul.

La abrió, y en su interior, descansaban los planos de la nueva expansión de Eleven Gates.

Nuevos hospitales, avenidas, parques y sectores residenciales… Aquel no era el trabajo de un solo hombre. Todo había sido calculado, revisado y discutido numerosas veces antes de haber sido aprobado.

Las proporciones, la orientación de las calles, la incidencia del sol durante el verano, la distancia entre espacios verdes…

No era la primera vez que revisaba un proyecto semejante. Sin embargo, aquella mañana, algo llamó su atención.

En uno de los márgenes del plano, un arquitecto había escrito a mano:

"La ciudad debe sentirse habitada antes de estar terminada."

Zlatan permaneció unos segundos mirando aquella frase, y lentamente alzó la vista hacia los ventanales.

Era una buena idea, pero no era nueva. Ya la había escuchado antes.

Trajo en ese momento aquel recuerdo gastado.

Los planos ocupaban casi toda la mesa del pequeño estudio. Aún no existían rascacielos, ni muchos inversores… No había acuerdos, excepto por los pocos que había cerrado su padre antes de que él se hiciera cargo de todo.

Las hojas de papel sujetas con tazas de café vacías, reglas metálicas y lápices gastados. Zlatan llevaba más de una hora inclinado sobre un mapa. Trazaba una avenida, luego la borraba para volver a dibujarla. Negaba con la cabeza y la eliminaba otra vez.

—Nunca vas a terminar. —La voz apareció detrás de él. Zlatan ni siquiera levantó la vista.

—Todavía no.

—Llevas diciendo "todavía no" desde hace tres semanas. —Ella rodeó lentamente la mesa, dejó una taza de café junto a los planos y se inclinó para observar el dibujo durante unos segundos—. ¿Qué cambió ahora?

—La avenida —respondió Zlatan.

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Ayer era el parque.

—Ayer también estaba mal.

Una pequeña risa escapó de sus labios. La misma risa breve, natural, inconfundible.

Zlatan dejó el lápiz.

—¿Qué?

—Nada. —Ella negó con la cabeza—. Es que llevas una hora intentando convencer a una avenida de que cambie de lugar.

Él la miró por primera vez en toda la mañana, encontrándose con sus ojos verdes brillantes.

—No es una avenida —respondió—. Es la forma en que la gente va a vivir.

Ella sostuvo su mirada sin responder. Luego volvió a observar el plano, recorriendo las líneas con la punta del dedo, sin llegar a tocarlas.

—¿Sabes cuál es tu problema?

—Tengo varios.

—Eso cualquiera lo sabe —respondió ella con absoluta tranquilidad—. Pero este es el más evidente.

Zlatan apoyó ambos brazos sobre la mesa.

—Te escucho.

—Diseñas ciudades como si las fueran a habitar personas perfectas.

Zlatan guardó silencio, reflexionando. Pero ella tomó un lápiz sin pedir permiso, y entonces trazó un pequeño círculo sobre uno de los espacios vacíos del plano.

—Aquí.

Zlatan frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Nada. Todavía. —Dejó el lápiz—. Pero algún día un niño va a caerse de la bicicleta ahí. Una pareja va a discutir en ese banco. Alguien va a leer un libro bajo ese árbol. Y un anciano va a alimentar palomas todos los jueves. —Lo miró nuevamente—. Las ciudades no se recuerdan por sus edificios. Se recuerdan por las vidas que ocurren dentro de ellas.

Zlatan volvió la vista hacia el plano. Luego hacia ella. Después otra vez hacia el plano, como si estuviera perplejo. No dijo una sola palabra mientras ella tomaba su taza de café de donde lo había dejado.

—Cuando termines de construir tu ciudad perfecta… —añadió ella, ya dirigiéndose hacia la puerta—, acuérdate de dejar espacio para las personas imperfectas.

Cerró la puerta con suavidad.

Zlatan permaneció inmóvil. Observó el pequeño círculo que ella había dibujado por un largo rato, en silencio. Finalmente tomó el lápiz y borró una avenida completa para comenzar de nuevo.

—Personas imperfectas —murmuró Zlatan, mirando a Zdenko, quien aún prestaba especial atención a cada palabra de su padre.




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