Zlatan estaba concluyendo algunos informes mientras su asistente, en el otro extremo de su despacho, ordenaba unos viejos expedientes en silencio, sin interrumpir. La joven mujer se marchó una vez terminado su trabajo y, por fin, Zlatan quedó completamente solo por primera vez desde que había empezado el día.
Cerró el último reporte, dejó el bolígrafo con parsimonia y se inclinó levemente hacia atrás en su asiento. A veces, se tomaba una pequeña pausa de dos o tres minutos, en los que guardaba completo silencio. Simplemente se quedaba allí, escaneando su despacho como si estuviera evaluando algo.
Su mirada se posó sobre un par de documentos que su asistente había dejado a la vista antes de marcharse. Zlatan se puso de pie y fue hacia allá para examinar algo en particular que llamó su atención.
Sobre el escritorio descansaba un viejo expediente de cuero, desgastado en los bordes. Al desplazar la solapa, apareció entre los documentos una lámina de papel vegetal: el plano original del ala oeste de la residencia. En una esquina, trazada con su propia caligrafía de años atrás, figuraba una anotación diminuta para un espacio que nunca llegó a utilizarse como se proyectó: Área infantil.
Sostuvo la lámina entre los dedos. Bastó el tacto del papel para que el presente se disolviera y la memoria lo arrastrara de vuelta a esa misma estancia, dos décadas atrás, cuando la estructura de Eleven Gates apenas comenzaba a levantarse y la presencia de su esposa aún llenaba cada rincón.
Aquella tarde la luz caía con lentitud sobre el escritorio. Desde los ventanales, se podían observar las primeras estructuras de acero que se alzaban hacia el cielo gris. El murmullo distante de las grúas llegaba amortiguado por los cristales, integrado al ritmo habitual de la casa.
La puerta se abrió sin anuncio. Su esposa entró sosteniendo varios sobres en la mano. Omitió el saludo y los depositó sobre el escritorio, justo encima de los esquemas urbanos.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
Zlatan bajó la vista y reconoció el sello en el papel.
—Los informes de la maternidad.
—No —corrigió ella con voz pausada, tomando aire—. Te pregunté qué es esto.
Zlatan comprendió la naturaleza de la objeción.
—La confirmación de la reserva.
—¿Qué reserva?
—La sala donde nacerá nuestro hijo —respondió él con naturalidad—. Ordené construir una sala nueva hace dos meses. Estará lista antes de la fecha.
Ella creyó no haber escuchado bien. Permaneció inmóvil, observándolo.
—¿Construiste... una sala de maternidad?
—Sí.
—¿Para mí?
—Para ustedes.
Ella soltó una risa breve, ahogada por la incredulidad.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Cuando estuviera terminada.
Ella negó despacio con la cabeza.
—¿Me estás diciendo que decidiste el lugar donde voy a dar a luz… sin preguntarme nada?
—Consideré que era la mejor opción.
—Ahí está otra vez —murmuró ella.
Zlatan frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—"Consideré que era lo mejor" —repitió ella, mirándolo fijamente—. Siempre dices lo mismo. Cambiaste de obstetra porque consideraste que era lo mejor. Contrataste dos guardaespaldas porque consideraste que era lo mejor. Elegiste una residencia de descanso para después del parto porque consideraste que era lo mejor. Y ahora… construyes un área médica entera porque pensaste que era lo mejor.
—¿Acaso no lo es? —preguntó él.
Ella lo miró sin creerlo.
—¡Ese no es el punto, Zlatan!
—Por supuesto que lo es. La seguridad y la precisión de la atención-
—¡No! —Su voz resonó por el despacho, firme y quebrada a la vez—. El punto es que jamás me preguntas qué quiero.
Zlatan tardó en responder. Cualquiera habría dicho que estaba enojado, pero lo que realmente intentaba, era comprender el reclamo que le hacía su esposa.
—¿Habrías preferido otro hospital?
Ella cerró los ojos un segundo. La pregunta le hizo sentir unas ganas inmensas de llorar.
—No entiendes nada.
Zlatan dio un paso hacia ella.
—Explícamelo.
—No quiero que me digas cuál es la mejor opción. Quiero que me preguntes. Aunque terminemos eligiendo exactamente la misma. Solo… necesito sentir que sigo construyendo esta vida contigo. —Ella se acercó—. No quiero que construyas un mundo perfecto para mí. Quiero construir una vida imperfecta contigo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Zlatan bajó la vista apenas un instante antes de replicar con la misma calma de siempre:
—No quise excluirte. Quise protegerte.
—Siempre quieres protegerme —sonrió ella con tristeza—. Nunca piensas que quizá no necesito que me protejas de todo.
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Editado: 19.09.2026