Zlatan permaneció de pie tras su escritorio, apoyando apenas las yemas de los dedos sobre la superficie para contener su propio avance.
Al otro lado, Romania Morgensen mantenía una postura erguida, consciente de que cada palabra que pronunciara podía ser la última que dijera en esa casa.
—Así que… tú eres la única sombra que quedó de mi hermana —expresó él tras un silencio denso, empleando una serenidad controlada.
—Fui su asistente —corrigió ella sin inmutarse—. Y la persona que ayudó a Aion Samaras a recuperar a su hijo.
—Eso último resulta irrelevante para mí.
—Es la razón de mi presencia —replicó ella—. Sé que investigas a Aion, que Ossian advirtió los riesgos y que, aun así, insistes en tirar del hilo.
Zlatan apenas hizo una mueca parecida a una sonrisa sin humor.
—No confundas información con poder, Romania. Tal vez Ego te haya enseñado que eran la misma cosa, pero en este caso, no lo es. Yo investigo todo lo que roza mi familia y mi ciudad.
—Entonces escúchame con atención —dijo ella, con algo parecido a la urgencia en su voz—. Porque si continúas por esa vía, vas a perder.
Aquella afirmación le arrancó una reacción a Zlatan. Apenas un indicio de tensión en su mirada. Rodeó el escritorio con pasos lentos, fijando la vista en su visitante.
—¿Una amenaza? —preguntó con suavidad—. Qué imprudente.
—Una advertencia —precisó Romania—. Aion no es Ego. No actúa por ambición ni por legado; sino por sangre.
—Estás jugando con una idea equivocada —dijo él—. Ese hombre no sabe que existo.
—Todavía —respondió ella, sin rodeos.
Zlatan entrecerró los ojos.
—Explícate.
Romania respiró hondo sabiendo que, a partir de ese punto, no había marcha atrás.
—Aion no rastrea personas —dijo—. Rastrea patrones, redes, ecos… Y tiene algo que tú no: tiene a Pandora.
El nombre no le era desconocido a Zlatan, y eso lo irritó.
—Una IA —continuó ella—. No una común. Pandora tiene décadas de información, y aprende con anomalías, contradicciones, mentiras… Fue diseñada para encontrar enemigos antes de que ellos sepan que lo son.
—¿Dices que ya me está buscando?
—No —respondió Romania—. Pero si sigues investigándolo… va a encontrarte primero.
Zlatan no respondió.
—Aion no sabe que hay más Dangerov —continuó ella—. No sabe de ti. No sabe de Eleven Gates. Para él, Ego fue un caso aislado que él mismo cerró.
—¿Y qué pasa si deja de serlo?
Romania lo miró fijamente.
—Entonces Aion va a reconstruir el mapa completo. Y cuando lo haga… ya no va a poder ignorar a Floryan como un simple “daño colateral”. —Dio un paso hacia él, despacio—. Quiero que entiendas… que es un hombre que ya cruzó todos los límites posibles. Y que, aun así, eligió hacerse cargo de Floryan.
Aquel nombre cayó entre ellos como una losa.
—Floryan es Dangerov —sostuvo Zlatan con frialdad—. Aunque ese hombre lo tenga bajo su ala.
—También es Samaras —replicó ella—. Y Aion va a ganar ese argumento legalmente, moralmente, y si hace falta… de cualquier otra forma.
Zlatan apretó la mandíbula.
—¿Dices que si muevo una pieza… pierdo al chico?
—Digo que si te acercas demasiado… Aion se va a dar cuenta de que Ego no estaba sola. Y en ese momento, la pregunta ya no va a ser quién es Floryan… sino a quién pertenece.
Zlatan inhaló aire y miró hacia la ventana, meditando en las consecuencias de un posible contacto con aquel hombre.
—Aion no quiere imperios —dijo en voz baja—. Quiere proteger lo que considera suyo.
—Exacto —asintió Romania—. Y Floryan ya está dentro de ese círculo.
—¿Cómo puedes estar tan segura de que es así?
—Estoy segura porque sé que Aion podría haberlo abandonado, haberlo usado o entregado como moneda de cambio; sin embargo no lo hizo.
Zlatan la miró con una leve mueca de desprecio.
—¿Por qué?
—Porque Floryan es un niño criado entre monstruos. Y Aion Samaras no va a permitir que se convierta en uno más.
Zlatan soltó una breve risa nasal.
—Mi hermana pensaba exactamente igual de sí misma.
—Ego disfrutaba el control —replicó Romania—. Aion carga con la culpa. No es lo mismo.
Zlatan caminó hacia el ventanal, contemplando la simetría de los jardines exteriores mientras asimilaba el alcance de la advertencia.
—Mi hermana murió —dijo—. El cuerpo lo conserva Samaras como un trofeo. Y ahora ese hombre custodia a mi sobrino. ¿Y esperas que yo… mire para otro lado?
—Eso ya lo hiciste —respondió ella—. Y no por temor, sino porque eres muy inteligente. —Hubo una pausa—. Sabes lo que te conviene.
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Editado: 19.09.2026