Zlatan

XV - La cena

La mesa del comedor dominaba la estancia con dimensiones desproporcionadas para dos comensales, proyectando una declaración de escala y distancia. Zlatan ocupaba la cabecera con erguida sobriedad, manteniendo una postura impecable mientras la cena transcurría.

Frente a él, Romania sostenía una copa de vino intacta, los dedos rodeando el cristal como si necesitara anclarse a algo sólido. Tras el ventanal, las luces de Eleven Gates resplandecían con un orden riguroso.

—Eleven Gates es hermosa de noche —comentó ella, buscando atenuar la densidad del ambiente.

—Es funcional —precisó Zlatan—. La estética constituye un efecto secundario.

—Ego decía algo parecido.

—Mi hermana decía muchas cosas. Pocas eran ciertas —sentenció él, maniobrando la vajilla con parsimonia.

Despejadas las advertencias sobre sus investigaciones y la inteligencia artificial en el despacho, la conversación se adentró en la naturaleza de las decisiones de Romania.

Zlatan la observó detenidamente antes de emitir su diagnóstico.

—Cumplida tu advertencia sobre Samaras, resta comprender tu posición —expresó con calma clínica—. Elegiste vincularte a un hombre que vive de la culpa y la reconstrucción sobre las ruinas. Eso no es amor duradero. Es adicción al daño compartido.

Romania apretó los labios, sosteniendo la mirada con firmeza.

—No lo conoces.

—Lo suficiente —replicó Zlatan—. Perdió a su hijo. Lo recuperó derramando sangre. Vive sabiendo que cada cosa buena que toca termina pagando un precio. —La observó con atención—. Te enamoraste de su herida, no de él.

Vio cómo el golpe alcanzó a Romania.

—Él es capaz de amar —replicó, con firmeza contenida—. Ama a su hijo, y ama a Floryan.

—Ama aquello que necesita proteger —corrigió Zlatan—, no lo que puede compartir.

Romania sostuvo la copa con más fuerza.

—No me arrepiento.

—No dije que lo hicieras —respondió él—. Pero fue un desperdicio.

Ella alzó la cabeza, herida, pero orgullosa.

—¿Un desperdicio de qué?

Zlatan la miró como se observa una pieza de ajedrez que podría haber sido reina.

—De ti —dijo—. Eres brillante. Sobreviviste a mi hermana y facilitaste su caída; posees la determinación para gestionar proyectos de gran escala y, sin embargo, optaste por relegarte a la penumbra de un hombre que jamás va a salir de la sombra.

Romania dejó la copa sobre la mesa.

—No lo elegí —murmuró ella—. Lo sentí.

Zlatan inclinó apenas la cabeza.

—Los miembros de mi familia no respetamos los sentimientos —dijo—. Los analizamos. Y cuando estorban, los amputamos.

—Yo no pertenezco a tu familia.

—No —concedió—. Razón por la cual el dolor conserva su peso en ti.

El silencio volvió a instalarse en el salón. Afuera, las luces de Eleven Gates brillaban como un organismo vivo.

—Aion no va a buscarte —continuó Zlatan—. No porque no le importes. Sino, porque sabe que si lo hace, pondrá en riesgo lo único que ama sin condiciones.

—Lo sé. —Romania contempló la figura austera frente a ella antes de formular una inquietud final—. ¿Y tú nunca entregaste tus afectos a una causa arriesgada?

Zlatan hizo una pausa imperceptible, albergando por un instante la memoria contenida en el origen de su disciplina, antes de contestar:

—Sí. Por eso sigo vivo.

Se puso de pie, dando por concluido el encuentro.

—Recuerda esto, Romania —dijo Zlatan, observándola desde su estatura—. Aion Samaras representa una etapa, no un final. Y tú merecías una historia completa.

—Tal vez —concedió ella con una mezcla de tristeza y aceptación—. Pero algunas historias… solo existen para que otras sobrevivan.

Zlatan inclinó levemente la cabeza, reconociendo la verdad en esas palabras.

—Puedes quedarte el tiempo que necesites —ofreció con naturalidad.

Romania lo miró durante unos segundos, no parecía sorprendida, pero Zlatan notó que ella evaluaba el peso real de esas palabras.

—Acepto —respondió al fin—. Una noche.

Zlatan asintió sin discutir la condición. Le pidió a Ossian que la acompañara hasta su recámara y al retirarse la joven esa noche, supo que los caminos de ambos no volverían a cruzarse y que, en algún punto distante del mapa, un tal Aion Samaras seguía con su vida sin enterarse de la cantidad de desenlaces fatales evitados en aquella mesa.




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