Ossian ingresó al despacho sin pronunciar palabra; la cortesía resultaba inútil.
El espacio estaba cubierto de pantallas apagadas y carpetas físicas, una rareza deliberada que transformaba una investigación en curso en una autopsia.
Ossian depositó un folio negro sobre el escritorio:
—Este es el último informe —dijo—. Todo lo que quedó de los Samaras... y de ella.
Zlatan abrió el documento con calma, como si temiera que el pasado pudiera saltarle a la garganta.
La primera fotografía reveló a Gabriel Samaras: porte rígido, mirada implacable, el uniforme del Servicio de Inteligencia retratado en una época distante; criminal en los márgenes, patriarca en las sombras. Creyó poder controlar el mundo y terminó creando monstruos.
—Mi ex cuñado —murmuró Zlatan—. Siempre tan convencido de que el fin justificaba todo.
Avanzó a la siguiente lámina para encontrar la figura de Aion Samaras: más joven, pero no menos peligroso. El mismo ángulo en la mirada. Ojos grises fríos, atentos. Poseedor de la misma brutalidad contenida, como un arma enfundada que sabía exactamente cuándo salir.
—Hijo adoptivo —dijo Ossian—. Pero nadie lo diría.
Zlatan no respondió. Ya lo estaba viendo.
En la página posterior figuraba Floryan, un adolescente delgado que ya portaba esa idéntica promesa de violencia en la mirada si el mundo lo empujaba lo suficiente. El mismo gris acerado.
Tres hombres, tres generaciones unificadas bajo el sello del mismo molde.
—Es grotesco —observó Zlatan, apoyando los dedos sobre la imagen del muchacho—. Décadas de diferencia y la misma expresión, como si Gabriel se hubiese replicado a sí mismo sin querer.
Zlatan dejó escapar un suspiro frío, teñido de distanciamiento y desprecio:
—Mi hermana demostró siempre un talento singular para elegir asesinos —continuó—. Gabriel, después su hijo. Y ahora… la custodia sobre el joven —negó lentamente—. Malas decisiones envueltas en romanticismo criminal.
Cerró la carpeta con un movimiento seco. El pensamiento retornó de inmediato a Zdenko, a la urgencia de preservarlo de semejante molde y mantenerlo ajeno a esa inercia de violencia generacional.
—No volverán a aparecer. Si usted da la orden, la totalidad de estos registros desaparecerá de nuestros sistemas para siempre —indicó Ossian.
Zlatan miró una última vez las fotografías extendidas sobre el escritorio. Gabriel, Aion, Floryan. La misma sangre dura. El mismo destino acechando.
Pensó, inevitablemente, en Zdenko. En lo distinto que era, y en lo distinto que debía seguir siendo.
—Elimina todo —ordenó Zlatan.
—¿Incluyendo a Egorath?
—Especialmente a ella.
Ossian se aproximó a las terminales y ejecutó la secuencia con precisión técnica. Los archivos cifrados colapsaron en cadena: identidades suprimidas, accesos bloqueados y trazas digitales extinguidas hasta dejar los monitores en penumbra.
Zlatan observó el proceso en silencio. Tenía la certeza amarga de que tomaba la decisión correcta. Contempló la quietud de la estancia antes de dirigir la vista hacia la ciudad invisible que gobernaba.
“Algunas familias sobreviven confrontando su pasado”, pensó.
“Pero otras… sobreviven olvidándolo.”
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Editado: 19.09.2026