Zlatan

X - El límite

La discusión había terminado minutos atrás, pero el aire en el despacho aún se sentía asfixiante. Ossian acababa de retirarse tras entregar el último informe, dejando sobre el escritorio la confirmación silenciosa de que los movimientos de la señora Dangerov habían sido registrados paso a paso.

Ella permanecía junto a la ventana, con el abrigo puesto y los brazos cruzados sobre el vientre. Afuera, la tarde caía sobre las calles en construcción de Eleven Gates. Dentro de la habitación, en cambio, todo parecía detenido.

Zlatan estaba de pie junto al escritorio, repasando mentalmente las variables de seguridad, incapaz de asumir que la precaución que él consideraba un acto de devoción hacia su esposa acababa de fracturar su hogar.

—¿Hasta cuándo? —preguntó ella sin volverse.

Zlatan hizo una pausa, midiendo el tono de su mujer.

—¿Hasta cuándo qué?

—Hasta cuándo vas a decidir qué puedo hacer, dónde puedo ir y con quién puedo hablar.

—Eso no es como tú crees.

Ella soltó una breve risa, sin alegría.

—Acabas de decirme que Ossian seguirá acompañándome.

—Porque es necesario.

—También es necesario que dos hombres más nos acompañen cuando yo salga de la ciudad, y que no debo asistir sola a las reuniones, y que alguien revisará quién entra y quién sale del edificio…

Zlatan guardó silencio y ella finalmente se volteó a mirarlo.

—Entonces sí estás decidiendo por mí.

—Estoy intentando mantenerte a salvo.

—No necesito que me mantengas a salvo todo el tiempo.

—Eso no lo decides tú.

La respuesta quedó suspendida entre ambos. Ella lo observó durante unos segundos y, con su silencio, Zlatan comprendió demasiado tarde que había elegido las palabras equivocadas.

Intentó acercarse.

—Mientras estés conmigo, habrá personas encargadas de protegerte —respondió con una calma controlada, convencido de que sus decisiones eran las correctas—. Hay amenazas reales, dušo. Hay personas que podrían utilizarte para llegar hasta mí.

Ella negó con la cabeza lentamente. Sus ojos reflejaban una desolación mucho más profunda que la rabia.

—Ese es exactamente el problema, Zlatan. Mientras esté contigo.

—No estoy decidiendo por ti —insistió él, dando un paso al frente—. Estoy conteniendo el riesgo. Comprende que-

—Comprendo por qué lo haces —interrumpió ella—. Lo comprendo desde hace años… —Bajó la mirada hacia sus propias manos—. Comprendo tus enemigos, comprendo tu apellido y comprendo lo que significa estar a tu lado. Lo que ya no puedo aceptar es que para estar contigo deba permitir que alguien vigile cada uno de mis pasos.

—No es vigilancia.

—¿Qué es, entonces?

Zlatan guardó silencio. Otra vez, ella lo tenía atado de manos. La mujer asintió lentamente.

—Eso pensaba.

Se apartó de él y caminó hacia la mesa. Había dejado allí unos papeles que miró con una mezcla de resignación y rabia. Entonces inspiró despacio, reuniendo una entereza que amenazaba con romperse en cualquier momento.

—Después de que nazca Zdenko…, nos divorciaremos.

Zlatan no reaccionó de inmediato. Por un instante, fue como si la frase hubiera llegado a la habitación antes que su significado, hasta que sintió el impacto. Solo entonces su mente comenzó a trabajar por instinto, buscando reestructurar las condiciones, negociar el terreno para evitar el colapso.

—No —dijo él—. Podemos cambiar algunas cosas. Hay soluciones.

—No quiero que cambies las cosas.

—Te estás precipitando. Podemos modificar el esquema de seguridad. Puedo retirar a algunos hombres.

—No es solamente eso.

—Entonces dime qué es.

Su esposa lo miró, y Zlatan observó que, desde que había comenzado la conversación, aquellos ojos verdes estaban húmedos.

—¡Es todo! —respondió la mujer, incapaz de contenerse.

Zlatan buscó su mirada como si no pudiera comprender cómo ella podía hacerle esto. Intentó negociar otra vez.

—¿Qué necesitas? ¿Más tiempo? ¿Más espacio? ¿Que durmamos en recámaras separadas?

—¡No quiero nada de eso, Zlatan! —respondió ella de forma contundente.

El grito fue suficiente para dejarlo clavado al piso, sintiendo que su sistema perfecto se desmoronaba frente a sus propios ojos. Su esposa soltó un tembloroso suspiro y apartó la mirada mientras negaba con la cabeza.

—No quiero que esto termine así…

—Entonces no lo termines —dijo él de inmediato, y se acercó adonde ella estaba—. Podemos mantener el matrimonio por Zdenko. Podemos seguir juntos, para asegurarle un entorno estable.

—No quiero enseñarle a nuestro hijo que esto es un matrimonio —su voz se quebró apenas, pero le sostuvo la mirada—. No quiero que Zdenko crezca pensando que amar a alguien significa controlarlo todo el tiempo.




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