“No, de nuevo…” fue lo primero que pensé en cuanto me di cuenta de que estaba atrapado en el mismo sueño de siempre. El mismo que se había repetido durante los últimos diez días sin fallar ni una sola noche.
Ya conocía el camino, cada giro y cada sombra. Sabía cómo iba a desarrollarse todo, como si tuviera cierto control sobre el sueño. Sin embargo, siempre existía un punto ciego: una parte que mi mente saltaba, como si alguien hubiera arrancado esas escenas a la fuerza.
Y entonces aparecía ella.
La chica del cabello blanco.
Su pelo era corto, demasiado corto, pero brillaba con una intensidad casi irreal, como si absorbiera la luz a su alrededor. Cada vez intentaba acercarme un poco más, desesperado por ver su rostro, por saber quién era… y cada vez el sueño se rompía.
De pronto, su cuerpo estaba entre mis manos.
Inerte.
Cubierto de sangre.
Su cabello blanco comenzaba a teñirse de rojo, rojo oscuro, rojo vivo. La soltaba, paralizado, y observaba cómo la sangre también resbalaba por mis dedos. Entonces la veía: en una de mis manos había una daga.
Una daga negra como la noche.
Su hoja estaba cubierta de runas blancas que brillaban débilmente, ahora empapadas con la sangre de la chica.
Y ahí terminaba todo.
Despertaba, como cada noche, empapado en sudor, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar. El cuarto comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del amanecer, mientras mi celular chillaba con su alarma insoportable.
Las seis de la mañana en punto.
Me levanté de la cama con un suspiro y tomé la ropa que menos mal olía. Decidí bañarme, aunque sabía que había un gran riesgo de que el agua saliera helada.
Y, como muchas otras veces, así fue.
El chorro frío de la regadera cayó directamente sobre mi cuerpo.
—No otra vez… —murmuré entre dientes.
De nuevo, a mi abuela se le había olvidado comprar el gas.
—¡Abuela, no hay gas! —grité desde el baño, tratando de soportar las gotas congeladas que recorrían mi espalda. Aun así, el frío ayudaba a borrar las imágenes del sueño.
Escuché una pequeña grosería al otro lado de la casa. Seguramente se la estaba diciendo a ella misma. Poco después, con su voz calmada y cansada, se acercó a la puerta cerrada del baño.
—Lo siento, mijo. Hoy te prometo que lo compro —dijo con sinceridad.
La oí alejarse, murmurando más groserías a un volumen que ella creía bajo.
No podía juzgarla.
Tenía ochenta años y era mi única familia desde que yo tenía tres. Fue la única que me cuidó y me crió después de que mi padre muriera dando su vida por mí durante un asalto, y de que mi madre me abandonara pocos meses después. A veces no sabía si yo era duro con ella… o si ella lo era consigo misma.
Salí del baño limpio y más despierto de lo que hubiera querido. Mi mente ya estaba libre del sueño, concentrada únicamente en el día que se avecinaba.
El aire de la casa olía a café recién hecho y a frijoles calientes. No era precisamente el desayuno ideal para un joven de mi edad, pero era lo que alcanzaba con la pequeña pensión que recibía de mi difunto abuelo. Aun así, siempre agradecía tener algo en la mesa.
Y debía admitirlo: no sabía cómo lo hacía, pero esos frijoles y ese café siempre sabían a gloria.
—Hola, abuela. Perdón por gritarte —dije mientras me sentaba en la mesa redonda y amarilla que teníamos desde antes de que yo naciera. No recordaba una sola foto o recuerdo donde esa vieja mesa no apareciera—. Pero… ¿cómo calentaste todo si no había gas?
Tomé la taza de café que me acercó y le soplé con cuidado.
Ella dio media vuelta, apenada, y me sirvió un buen plato de frijoles.
—Es que… —miró hacia donde estaba el tanque de gas y luego me miró como si yo fuera un niño pequeño—. Sí lo compré, solo olvidé decirle al señor que cuando terminara abriera la válvula. Y pues… estaba cerrado.
Luego se sirvió su propio desayuno, se sentó frente a mí y sonrió, dejando ver que ya le faltaban algunos dientes.
—Pero mira, tenemos desayuno caliente.
—¡Abuela! —le reclamé, aunque no pude evitar sonreír—. ¿Acaso quieres que muera de un resfriado?
Ella se disculpó de inmediato, tomándose en serio mi broma, como siempre.
Desayunamos en silencio durante unos minutos. El tiempo corría sin piedad.
Hoy era el primer día de universidad.
Llegar hasta ahí nos había costado demasiado: a ella, en lo económico; a mí, en lo académico. Pero juntos lo habíamos logrado.
—Cada vez más cerca de cumplir tu sueño, mijo —dijo mientras partía una tortilla en cuatro partes perfectas con sus manos temblorosas.
—Sí, abuela. Y todo gracias a ti —le respondí con sinceridad, tomando su mano arrugada y esquelética entre las mías.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Siempre había sido así de sentimental; cualquier muestra de cariño la hacía llorar.