Llegar a la universidad era, en teoría, un trayecto sencillo. Apenas unos quince minutos caminando a paso normal. No había grandes distancias ni caminos complicados, pero eso no significaba que fuera cómodo.
Las calles del pueblo eran el verdadero problema.
Algunas no tenían banquetas, y donde se suponía que debía haber asfalto solo había piedras mal acomodadas, unidas con parches de cemento viejo. Cada paso hacía que los pies dolieran, y no era raro ver a los pocos que tenían carro llegar casi mareados, o incluso con ganas de vomitar, después de soportar la vibración constante de sus autos viejos atreviéndose a circular por esas calles.
Yo llegué con algo de calor, respirando un poco agitado, pero al alzar la vista todo eso pasó a segundo plano.
Frente a mí estaba la Universidad Idon Pose.
La única universidad del pueblo y de varios kilómetros a la redonda. Su nombre siempre sonaba extraño para quienes venían de fuera, casi ridículo, como sacado de un libro viejo. Pero para nosotros era algo normal.
Idon Pose fue el hombre que fundó este pueblo.
Un tipo excéntrico, según contaban las historias, que decidió llamar al lugar Olimpo, como el monte de los dioses griegos. Así de exagerado y extravagante había sido. Tomó un terreno olvidado, se adueñó de él y lo convirtió en un pueblo entero. Hoy, quinientos años después, los visitantes todavía se burlaban de nosotros, los “gloriosos habitantes del Olimpo”.
La universidad había sido fundada por otro miembro de la familia Pose, porque los Pose eran los dueños absolutos de la riqueza local. Nadie los veía nunca. Vivían en una mansión enorme en lo alto de la colina, casi en las afueras, como si fueran dioses observándonos desde arriba. Trataban de ser justos: becas, donaciones, mantenimiento del pueblo. Nadie se metía con ellos ni ellos con nosotros. Pero las leyendas corrían. Los más ancianos y supersticiosos juraban que tenían poderes, que eran inmortales, que controlaban el destino del pueblo. Yo no creía en esas tonterías. Eran solo ricos con mucha historia.
Entré al campus y, aunque en secreto esperaba algo más grandioso para mi primer día —tal vez un recibimiento oficial, música, discursos—, la realidad fue mucho más sencilla.
Lo único que encontré fue a mi vecino, el hijo del carnicero, parado con un altavoz en la entrada, anunciando a gritos que él estaba entregando las papeletas con los salones para los de nuevo ingreso.
Porque claro, esto era Olimpo.
El Olimpo más pequeño y olvidado de todos.
Aquí todos nos conocíamos, así que no esperaba encontrar caras nuevas. Aunque, por dentro, lo deseaba.
Me acerqué a la mesa marcada como Nuevo Ingreso y tomé una hoja.
Carrera: Periodismo.
Salón: 111.
Al girarme, alguien se plantó justo en mi camino, como siempre, calculando el momento perfecto para darme un susto.
—¡Idiota! —exclamé, dándole un zape suave en la nuca.
Era Haziel, mi único amigo de verdad, el que había sobrevivido conmigo desde la infancia. Se sobó la cabeza riendo, con esa risa profunda y contagiosa que solo yo conocía.
—Sigo sin perder el toque, señor universitario —dijo, quitándome la hoja de las manos con rapidez—. Salón 111. Genial. Vamos a nuestro primer día.
Me dio un golpe amistoso en el hombro y se adelantó sin esperar respuesta. Así era Haziel: pura energía contenida, como un resorte a punto de saltar. Ante los demás parecía odiar al mundo entero, con su mirada dura y sus respuestas cortantes. Pero conmigo era diferente. Conmigo sonreía, bromeaba, planeaba.
Lo seguí, suspirando. Él también estudiaba Periodismo. Decía que quería ser el que destapara las verdades ocultas, las que nadie se atrevía a decir en voz alta. Yo solo quería escribir, contar historias que importaran. Nuestra meta era clara: terminar la carrera e irnos juntos de este pueblo viejo y lejano, dejar Olimpo atrás y llegar algún día a la ciudad.
Al entrar al salón 111, el ambiente era familiar. Rostros conocidos de la preparatoria, algunos más cercanos que otros. Y, por supuesto, allí estaba ella: Tania.
La chica que desde la primaria había estado con nosotros. A veces sentía que era una especie de acosadora, siempre en el mismo grupo, en el mismo salón, y ahora hasta en la misma carrera. No era mala persona, pero su presencia siempre venía acompañada de drama.
Era la chica popular de todo el pueblo.
La reina de Olimpo durante más de seis años seguidos.
Aunque, siendo justos, jamás había tenido competencia.
Su padre era el jefe de policía, un hombre duro y respetado. Su madre, una mujer elegante llegada de la ciudad, que nadie entendía cómo el viejo jefe de policía había logrado conquistarla, pero ahí estaba.
—Oh, miren —dijo Tania con una sonrisa cargada de burla—. Llegaron el cerebrito y su novio.
Las chicas que siempre la rodeaban estallaron en risas, como si acabaran de escuchar el mejor chiste del mundo.
Haziel la miró con ojos que podrían haber congelado el aire. No dijo nada, pero su mandíbula se tensó. Me miró un segundo, como preguntando si valía la pena responder, y luego se fue directo al fondo del salón, sentándose en el último pupitre, lejos de todos. Yo ignoré el comentario por completo y elegí un asiento en el centro. No valía la pena gastar energía en eso.