La campana sonó exactamente un minuto después de aquel destello blanco en el pasillo. El dolor en el estómago y la garganta se desvaneció tan rápido como había llegado, como si nunca hubiera existido. Guardé mis cosas a toda prisa, con el corazón aún acelerado, y salí corriendo del salón. Quería verla de nuevo, confirmar que no había sido una alucinación. Avancé por el pasillo, mirando a todos lados, deteniendo a algunos estudiantes que ya iban saliendo.
—¿Viste a una chica pasar por aquí? —pregunté más de una vez—. Cabello blanco, corto.
Nadie había visto nada.
Algunos me miraron raro. Otros simplemente negaron con la cabeza y siguieron su camino. Después de unos minutos, entendí que no iba a encontrarla.
Suspiré, frustrado.
Entonces recordé a Haziel.
Había salido tan rápido que ni siquiera me despedí de él.
Regresé al salón y lo encontré justo en medio de una escena que, para ser sincero, ya no era nada nueva.
Ella, con su séquito de siempre pegado a sus talones, se burlaba de él sin piedad. Apuntaba a su cabello perfectamente peinado, al delineador sutil que llevaba en los ojos, y soltaba comentarios venenosos sobre su “aspecto afeminado”.
—Mírenlo —decía ella—. Con ese cabello y esos ojitos delineados. ¿Qué sigue, Haziel? ¿Falda para mañana?
Las chicas rieron.
Haziel estaba de pie, tranquilo, pero con la mirada afilada. Lo conocía bien. Sabía que cuando guardaba silencio así, era porque estaba a punto de responder.
Esto tampoco era nuevo.
En el pueblo, los rumores sobre Haziel corrían desde la secundaria: que si era gay, que si era raro, que si no encajaba. Yo mismo, alguna vez, había intentado preguntarle en broma. Siempre lo negó, y yo siempre le creí.
No porque me importara una cosa o la otra, sino porque conocía su esencia. Haziel era reservado, cuidadoso con su apariencia, elegante en su forma de moverse y hablar. Nunca le había conocido novia, ni novio, ni interés romántico alguno. Y, siendo honesto, lo mismo podía decirse de mí: mi vida giraba alrededor de mi abuela y de él. Entendía de dónde venían los chismes sobre nosotros dos, pero a mí nunca me señalaban de la misma forma. Tal vez porque yo pasaba más desapercibido, o porque Haziel siempre había sido el blanco fácil por su forma de ser tan auténtica y desafiante.
—Que te valga madre cómo me visto o si me maquillo, Tania —respondió Haziel con esa voz fría y cortante que reservaba para quienes lo provocaban. La miró de pies a cabeza, sin prisa, y remató con saña—: ¿O acaso yo ando diciendo lo gorda que te pusiste en las vacaciones?
Señaló directamente la pequeña lonja que asomaba entre la blusa corta y el pantalón ajustado de Tania. Era un golpe bajo, preciso. Tania tenía una obsesión enfermiza con su imagen; ser la reina del pueblo significaba mantener la perfección a toda costa. Aquello fue como un puñetazo al hígado.
Yo, que había estado observando en silencio desde la puerta, no pude contenerme. Miré donde señalaba Haziel y solté una carcajada involuntaria. Tania se puso roja de furia.
—¡Cómo te atreves, maldito maricón! —gritó, alzando la mano con fuerza. Iba a darle la cachetada más brutal que jamás hubiera dado.
Pero yo reaccioné antes. La detuve a centímetros de su cara, agarrándole la muñeca con firmeza. No era violento por naturaleza; odiaba los conflictos físicos. Pero tampoco era de los que se quedaban mirando cuando un amigo estaba en problemas.
—Tania, es mejor que te vayas —le dije con voz calmada pero dura, apretando un poco más su muñeca para que sintiera que hablaba en serio.
Sus ojos ardieron de rabia. Sus seguidoras se quedaron boquiabiertas, sin saber qué hacer. Nunca me habían visto intervenir así.
—¿Sí? Ve con tu padre y cuéntaselo —continué, soltándola con un jalón controlado—. Como si él no supiera exactamente cómo eres.
Tania dio media vuelta, mascullando insultos entre dientes, y salió del salón seguida por su grupo, que la consolaba con murmullos.
—Maldita Tania —murmuró Haziel una vez que se fueron, sacudiéndose la ropa como si quisiera quitarse su presencia de encima.
—Nada como regresar a clases —dije, pasando un brazo por su hombro y girándolo para que camináramos.
Antes de salir, acerqué mi rostro al suyo y miré sus ojos con exagerada atención.
—Oye… —pausa dramática—. Es cierto, estás delineado.
Lo miré como si lo estuviera juzgando.
—¿Y esas mariconadas qué, Haziel?
Volví a abrazarlo y lo jalé hacia la salida.
—¿Tú también? —respondió él, captando la broma al instante. Sonrió de lado, esa sonrisa genuina que solo mostraba conmigo, y seguimos caminando.
El resto del trayecto lo pasamos hablando de la clase: de lo exigente que había sido el profesor, de las tareas que nos dejaría sin dormir, de cómo el periodismo nos abriría las puertas al mundo real. Obvio, también hablamos de Tania y de lo horrible que iba a ser soportarla cuatro años más. Haziel la odiaba con un rencor profundo, no solo por las burlas, sino porque representaba todo lo que él rechazaba del pueblo: la superficialidad, los privilegios heredados, la hipocresía.