Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

CAPITULO 4: Bajo la Tormenta

Me quedé allí, bajo la lluvia torrencial, mojándome como un completo tonto. El agua caía con furia, empapándome la ropa en segundos, pegándola a mi piel como una segunda capa fría y pesada. Ella, dentro del bocho amarillo, seguía mirando su teléfono, tecleando con calma, probablemente enviando un mensaje a alguien. como si yo no existiera o como si fuera solo un problema más que quería resolver cuanto antes.

Pero no podía irme.

No ahora.

No después de haberla encontrado.

Era ella.

La chica de mis sueños, salida directamente de mis pesadillas, de esas noches que me despertaban sudando y con el corazón desbocado. El cabello era el mismo. El blanco imposible, corto, casi antinatural. Y ahora sabía su rostro. Ya no era solo una silueta sin forma atrapada en mi mente.

Toqué el cristal de nuevo, con más insistencia esta vez.

—Te puedo ayudar —dije alzando la voz para que me oyera por encima del ruido de la lluvia golpeando el techo del auto—. No vivo lejos de aquí. Voy por herramientas. ¿Tienes llanta de repuesto?

Me quedé esperando, el agua resbalando por mi cara, entrando en mis ojos. Ella suspiró audiblemente, visiblemente molesta, y volvió a escribir en su celular. Lo levantó hacia el vidrio.

Yo sintiéndome cada vez más tonto mientras el agua me corría por la cara y empapaba mi ropa.

VETE. NO NECESITO AYUDA. MANDARÉ MENSAJE A LA POLICÍA.

Leí el mensaje y después la miré a los ojos. Ella me sostuvo la mirada, firme, expectante. Era una mirada que decía “lárgate ya”, sin lugar a dudas.

Pero no me moví. Miré a los lados: la calle empedrada se estaba convirtiendo en un río improvisado, la neblina bajaba rápidamente de las colinas, envolviendo todo en una cortina gris. Era peligroso quedarse ahí. Cualquier auto que pasara podría no verla a tiempo.

—Pero… —empecé a decir.

Ella levantó el celular otra vez.

NO CONFÍO EN EXTRAÑOS. ¿POR QUÉ INSISTES TANTO? POR FAVOR VETE. ME ASUSTAS.

Ahora todo tenía sentido. No bajaba el vidrio, no hablaba, me miraba como si fuera un acosador. Me sentí culpable por un segundo, pero el corazón me latía con fuerza. Necesitaba saber. El cabello era idéntico: corto, blanco puro, brillando de esa forma imposible. Y ahora, por primera vez, veía su rostro completo: pálido, delicado, con rasgos finos que parecían tallados en porcelana. Era hermosa, pero de una manera que ponía los nervios de punta, como si no perteneciera del todo a este mundo.

—Perdón por eso —dije, levantando las manos en señal de paz—. Me llamo Zoan. Voy a la universidad aquí en el pueblo. Solo trato de ayudar. Además, la policía no vendrá. No con esta lluvia. Aquí casi nunca llueve, y el viejo jefe de policía no mandará a nadie con este clima. La neblina está bajando, nadie te verá. Es mejor que te ayude yo. Podría llegar otro auto y arrollarnos a los dos.

Ella no parecía convencida. Sus ojos me escanearon de arriba abajo, evaluándome como si pudiera leer mis intenciones más profundas. No confiaba en mí, y no la culpaba.

Saqué mi celular y le mostré la pantalla.

—Diez minutos. No tardo. Voy por herramientas.

Di un paso atrás, listo para correr. Pero entonces ella golpeó el vidrio con fuerza y me hizo una seña con la mano para que esperara. Cerró los ojos un segundo, como si estuviera tomando una decisión que no quería tomar, y sacó de la parte delantera algo que parecía un táiser.

Lo vi claramente: negro, compacto, listo para usar.

Guardó el celular y sacó una sombrilla transparente del asiento trasero. Abrió la puerta con cautela y salió.

No era alta. De hecho, era más baja que el promedio, quizás un metro cincuenta y cinco. Su cuerpo era delgado, casi frágil, envuelto en jeans ajustados de mezclilla que marcaban sus piernas delgadas y una chamarra de piel negra que contrastaba perfectamente con su cabello blanco y su piel pálida. Sus tenis blancos pisaron el agua que ya formaba un pequeño río en la calle. Inmediatamente abrió la sombrilla y se cubrió.

Yo me alejé un par de pasos, dándole espacio. No quería asustarla más. Ella caminó hacia el frente del bocho —recordé que los motores de esos autos viejos estaban atrás— y abrió el cofre con decisión.

Hizo un gesto con la mano para que me acercara. No dejó de mirarme ni un segundo y no sacó la mano derecha de la bolsa de su chamarra. Ahí estaba el taser, sin duda. Lista para cualquier movimiento equivocado.

¿Será muda? pensé. ¿O solo no quiere hablarme?

Eso explicaría por qué usaba el celular para comunicarse. Vivir sin voz en un mundo como este debía ser duro, especialmente siendo tan… diferente.

Revisé el auto y encontré un gato, una llave y una llanta un poco más pequeña que las demás. No era ideal, pero serviría para salir del apuro.

—¿Quieres que te ayude a cambiarla? —pregunté, evitando mirarla directamente a los ojos para no incomodarla más.

Ella asintió.

—Muy bien. Solo ayúdame tapándome de la lluvia un poco —dije, señalando la sombrilla.




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