Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

CAPITULO 5: La Daga en las Cenizas

Llegué a casa completamente agotado, con la mente hecha un nudo y el cuerpo temblando del frío que aún se me colaba en los huesos. La lluvia inesperada me había dejado hecho un desastre: ropa pegada al cuerpo, zapatos que chapoteaban a cada paso y lodo salpicado hasta las rodillas. Mi abuela estaba en el patio, sacando la ropa del tendedero a toda prisa —o al menos a la velocidad que sus ochenta años le permitían—. Colgaba pantalones y camisas con movimientos supuestamente rápidos, como si temiera que la tormenta volviera en cualquier momento. Al verme, dejó caer una pinza y se acercó lo más rápido que pudo, ajustándose los lentes enormes que agrandaban tanto sus ojos que a veces parecía una caricatura tierna.

—Mijo, ¿qué te pasó? —preguntó con voz preocupada, escaneándome de arriba abajo. Sin esperar respuesta, tomó una toalla limpia que colgaba cerca y me la puso en las manos—. ¡Mírate, estás empapado! Te vas a enfermar.

—La lluvia me tomó a medio camino, abue —respondí, secándome el cabello con fuerza mientras dejaba caer la mochila en el patio húmedo. El agua seguía goteando de ella, formando un charquito—. Lo bueno es que era el primer día de clases y no hay mucho que perder en apuntes.

Ella miró la mochila con horror, como si fuera un animal herido.

—Pero ¿por qué no te refugiaste bajo algún techo? ¡Pareces que te revolcaste en el lodo! Mira ese pantalón…

Bajé la vista y recién noté el desastre: el pantalón estaba cubierto de barro, rasgado en una rodilla por el esfuerzo al cambiar la llanta. Olía a tierra mojada y a esfuerzo inútil. Todo por tratar de impresionar a una chica que ni siquiera me había dado las gracias.

—Lo que pasa es que ayudé a una damisela en apuros —dije, intentando sonar casual.

Mi abuela arqueó una ceja, pero una sonrisa traviesa se le escapó. Siempre había sido así: fingía enojo, pero sus ojos delataban la curiosidad y la ilusión. Era viuda desde hacía décadas, y yo era su única compañía. Cualquier historia que oliera a romance la ponía en alerta.

—Ve a darte una ducha ahora mismo, con agua caliente ahora si—ordenó, señalando la puerta—. Y después me cuentas todo. Sirve que termino la comida.

Le hice caso al instante. Entré dejando un rastro de agua y lodo por el piso, y mis tenis hacían un sonido chistoso, como “squish-squish”, que me sacó una sonrisa involuntaria. Me metí al baño, abrí la regadera y dejé que el agua caliente me quitara el frío. Pero no podía dejar de pensar en ella. En su cabello blanco, corto y brillante incluso bajo la lluvia. En su rostro pálido, delicado, casi etéreo. En esos ojos: uno negro como la noche más profunda, el otro blanco, como la nieve, que te hacían sentir expuesto, como si pudiera leer tus secretos más oscuros. Y sobre todo, en por qué no hablaba. ¿Era muda? ¿O simplemente no quería hablar conmigo? La idea me inquietaba y me atraía al mismo tiempo.

Bajé después de cambiarme a ropa seca y cómoda. Mi abuela ya había puesto la mesa: lo mismo que en el desayuno, pero ahora con un vaso de agua de limón fresca. Se sentó frente a mí, con el rostro más calmado, pero con esa mirada suya que decía “cuéntame todo”.

Le conté casi todo. Del primer día de clases, de la discusión de Haziel con Tania. Y luego, de la chica. Del bocho amarillo, del pinchazo, de cómo insistí en ayudar a pesar de sus mensajes fríos en el celular. De su apariencia, de sus ojos extraños, de cómo no pronunció ni una palabra. Mi abuela escuchaba atenta, sonriendo con esa ilusión de abuela que sueña con nietos casados y bisnietos corriendo por la casa. Nunca le había hablado de una chica; para ella, esto era un evento.

Pero su expresión cambió por completo cuando llegué al final.

—…y al final me dejó ahí parado, sucio y mojado. La vi irse en su bocho hacia la mansión de los Pose.

Di un último trago al agua de limón y dejé el vaso en la mesa.

Ella casi se atragantó. Tosió un poco, con los ojos muy abiertos.

—¿Los Pose? —preguntó, con un tono de recelo que no le conocía.

—Sí, abue. Los riquillos, dueños del pueblito más pequeño del mundo. Los mismísimos dioses del Olimpo —intenté bromear, con una sonrisa forzada.

Ella no rió.

—Zoan —dijo. Casi nunca usaba mi nombre. Para ella siempre era mijo. Cuando decía “Zoan”, significaba algo serio. Algo importante. — No te metas con los Pose. Tratar con ellos solo trae desgracias.

Me quedé callado, mirándola. Era raro verla así: tensa, con un brillo de miedo en los ojos.

Ella notó mi confusión y suspiró, tomando mi mano sobre la mesa.

Bajó la voz, como si las paredes pudieran oír.

—Los Pose no son solo ricos, mijo. Aparentan ser buenos con sus donaciones, sus becas, su ayuda al pueblo. Pero hay cosas… supersticiones, chismes antiguos. Malas energías. Yo conocí a algunos en mi juventud, y te aseguro que algunas leyendas es mejor creerlas aunque parezcan ficción. Respetar lo que no entiendes y alejarte de ello puede salvarte la vida..

—Pero nadie los ve nunca, abuela —respondí—. Nadie habla mal de ellos. Más allá de leyendas, nunca en mi vida he conocido a uno. Creo que nadie parte de ti, puede decir siquiera el nombre de alguno.

Ella suspiró.

—Prométeme que no te acercarás a esa familia. Y si esa jovencita es pariente de ellos… prométeme que te alejarás de ella también.




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