La saqué con demasiada facilidad. Demasiada. La daga se deslizó del tronco chamuscado como si nunca hubiera estado clavada con fuerza, como si solo hubiera estado esperando a que alguien la tomara. En cuanto la tuve entre las manos, brilló un poco más, un fulgor tenue y frío que me recorrió las palmas. Sentí un calor extraño, casi quemante, y mi mente se llenó de imágenes: la sangre, el rostro pálido de ella, el cabello blanco teñido de rojo. El recuerdo me golpeó con tanta fuerza que solté la daga por inercia, como si quemara.
Retrocedí un paso.
Respiré hondo.
No había sangre. No había un cuerpo.
Solo era el recuerdo de una pesadilla, nítido, cruel, clavado en mi cabeza.
—Solo… fue eso —murmuré—. Solo un recuerdo.
Me agaché de nuevo y la levanté con cuidado, evitando mirarla demasiado. Su superficie era fría, pesada, real de una forma que me erizaba la piel. La envolví en un trapo sucio que encontré tirado cerca de los restos del árbol. La guardé dentro de mi sudadera, como si esconderla pudiera aliviar la presión en mi pecho.
Entré a la casa y fui directo a mi cuarto. La metí al fondo de la mochila, entre los libros y los cuadernos. Me cambié de ropa rápidamente, pero el olor a humo seguía pegado a mi piel, a mi cabello. Me pesaban los ojos; no había dormido bien. El cuerpo lo sentía pesado, como si cargara algo invisible encima, y la mente… la mente estaba hecha un caos.
Me serví un café en la cocina, mirando por la ventana el patio ahora vacío, el tronco negro y humeante.
“¿Cómo llegó esto aquí?”, pensé mientras removía el azúcar con la cucharita. “¿Será cierto lo que dice mi abuela? ¿Qué hay cosas que es mejor no tocar, no meterse?” Todo esto no tenía sentido. Alguien debía estar haciendo una broma cruel, pero ¿quién? Nadie sabía de mis sueños excepto Haziel. Nadie.
—Tengo que encontrarla —me dije—. En la escuela. Estoy seguro de que la vi ayer.
Necesitaba respuestas.
Y si ella estaba relacionada con todo esto… tal vez también las tenía.
Tomé el último sorbo de café. Ya no era solo curiosidad. Había una intención clara, un propósito que me empujaba hacia adelante.
Me acerqué a la habitación de mi abuela. Dormía profundamente, aunque su respiración era entrecortada, como la de una niña que ha llorado todo el día. Me acerqué a la cama y susurré:
—Ya me voy, abue —susurré—. Si pasa algo, márcame, ¿sí?
Ella solo movió un poco el rostro. No supe si me había escuchado. Me quedé unos segundos más observándola, sintiendo una culpa pesada en el pecho.
No quería dejarla sola.
Pero tampoco podía seguir ignorando lo que estaba pasando.
Salí con la mochila al hombro. El camino a la escuela se sentía más largo que nunca.
Al llegar, Haziel me vio desde lejos y vino directo hacia mí. Su rostro ya no tenía la sonrisa habitual; se veía serio, preocupado. Me tomó de la mano como siempre hacía, pero esta vez con más fuerza, y me miró directo a los ojos.
—Mi tío me contó lo del rayo —dijo en voz baja—. Perdóname por no haber ido. ¿Estás bien? ¿Tu abuela está bien?
Algunas personas pasaron junto a nosotros y nos miraron raro. Sabía lo que pensaban. Lo que murmuraban. Siempre lo sabía.
Ese día no me importó.
—Estoy bien —respondí—. Mi abuela… se quedó mal. El rayo cayó justo en el árbol de limones del abuelo. Eso fue lo que más le dolió.
Haziel me observó en silencio. Sus ojos decían claramente que sabía que no le estaba contando todo.
—¿De verdad estás bien? —preguntó.
Soltó mi mano y caminamos hacia el salón.
—La abue va a salir adelante —añadió—. Es fuerte. Confía en ella.
No contesté.
No quería hablar del sueño. No quería hablar de la chica. No quería hablar del rayo. Y mucho menos de la daga.
Todo junto sonaba a locura.
—Luego hablamos —dijo—. Cuando terminen las clases.
Tomé mi lugar de siempre. Haziel hizo lo mismo.
Tania pasó cerca, nos miró de reojo y soltó un bufido, pero no dijo nada. Se alejó lo más que pudo, sentándose en el otro extremo del salón. Era obvio que había entendido el mensaje del día anterior. Ojalá durara toda la carrera.
Abrí la mochila para sacar mi cuaderno y el corazón se me detuvo. La daga no estaba. Estaba seguro de haberla guardado ahí, envuelta en el trapo.
Revisé una vez. Otra. Metí la mano hasta el fondo.
Nada.
Solo el cuaderno y unos bolígrafos.
—No… —susurré.
Estaba seguro. Completamente seguro de haberla guardado.
¿Y si de verdad me estaba volviendo loco?
La clase terminó y no puse atención a nada. El dolor de cabeza era constante, insistente. Pensaba una y otra vez en la daga. En cómo había desaparecido. ¿Cómo se lo iba a explicar a Haziel? ¿Cómo le iba a decir que esa chica que nadie más parecía ver la había conocido bajo la lluvia, que era la misma de mis sueños?