Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

CAPITULO 7: La Mansión de los Dioses

El rugido de la vieja moto siempre me había fascinado. Era una clásica chopper, de esas que uno ve en películas con tipos vestidos de negro, barbas largas, tatuajes por todos lados y cara de pocos amigos. Pero esta moto era diferente: cuidada con cariño, pintada de negro profundo y llevaba unas alas plateadas, estilizadas, como si estuvieran a punto de despegar, que le daban un toque casi mágico. La primera vez que el tío de Haziel nos la enseñó, yo tenía quince años y me sentía como un niño frente a un dragón dormido. Era pesada, torpe en los movimientos, nada ágil y, a primera vista, no tan rápida como imaginaba. Pensé que nunca podría manejarla. El tío de Haziel —un hombre alto, igual de ordenado y estilizado en su vestir que Haziel, de voz grave y risa fácil— se rio de mi cara de susto y me dijo: “No es para correr, Zoan. Es para sentirla. Monta y confía en ella”. Nos llevó a un camino de tierra seco, nos dejó probar y, poco a poco, entendí lo que quería decir. El motor vibraba en el pecho como un latido propio, el aire te abrazaba al pasar, y el mundo se volvía más lento, más real. Haziel y yo nos turnábamos, riendo como idiotas cuando nos caíamos o cuando el tío nos regañaba por acelerar demasiado. Era uno de esos recuerdos que se quedan grabados: el olor a gasolina, el polvo en el aire, las bromas del tío y la sensación de libertad absoluta. Después de eso, cada vez que era vacaciones nos dejaba rodarla, sentía que volvía a esos días, a esa complicidad que solo existe entre amigos y un poco de adrenalina.

Recordaba como siempre nos decia—Las cosas que se mueven rápido —decía— no siempre son las que llegan primero.

En ese momento no lo entendía del todo. Ahora, mientras avanzaba por el camino hacia la mansión, esas palabras regresaron a mí con una claridad incómoda.

Al salir a la calle, la sensación fue extraña. Las llantas parecían deslizarse sobre un camino perfecto, como si el suelo hubiera decidido volverse amable solo para mí. No había baches, ni piedras, ni vibraciones molestas. El motor vibraba contra mi cuerpo, el aire se colaba entre la ropa, y por un momento… lo olvidé todo.

Olvidé la daga. Olvidé los sueños. Olvidé el miedo.

Solo existía el sonido del motor y esa libertad breve que da moverse sin pensar.

Pero se terminó en cuanto la vi.

La mansión Pose.

Desde lejos ya imponía, pero nada me preparó para verla de cerca. Era enorme, elegante, demasiado perfecta para estar en un pueblo como Olimpo. Frente a ella, una fuente de agua tan clara que parecía invisible. En el centro, un tridente de piedra del que brotaba agua por cada una de sus puntas. Alrededor, cientos de flores de todos los colores, vivas, cuidadas, como si jamás conocieran la sequía.

Rodeé la fuente despacio, sintiendo el rocío fresco que me salpicaba la cara

La puerta era de madera oscura, tallada con figuras de peces, tiburones y, otra vez, el tridente. Sobre ella, un símbolo grabado que no reconocía: parecía una ola congelada en movimiento, elegante y amenazante al mismo tiempo.

Apagué la moto y dejé el casco sobre el manubrio.

Apagué el motor, bajé de la moto y dejé el casco en el manubrio. Me acerqué a la puerta. No había timbre, solo una aldaba antigua de metal en forma de tridente. La tomé, listo para golpear, cuando la puerta se abrió sola. La mitad izquierda cedió con un crujido suave y ella salió. El ceño fruncido, los ojos llenos de enojo. El celular ya alzado frente a su rostro.

¿QUÉ HACES AQUÍ? LÁRGATE ANTES DE QUE ÉL LLEGUE.

Bajó el teléfono, cruzó los brazos y no dejó de mirarme.

—No quiero molestarte —dije, levantando las manos en señal de paz—. Pero tenía que hablar contigo. No me importa si llega el señor Pose, necesitamos hablar.

Me detuve, mirándola con desconfianza.

—¿Cómo sabías que era yo? —pregunté, con la voz más baja.

Mi mente saltó a lo imposible: que ella también soñaba conmigo, que sabía que vendría. Pero ella simplemente alzó la mano, señaló la moto y luego sus oídos. El ruido del motor. Claro. Era obvio. Me sentí un idiota.

—Perdón —murmuré—. No lo pensé.

Ella escribió rápido en el celular y me lo mostró.

POR FAVOR. VETE. NO TENEMOS NADA DE QUE HABLAR. GRACIAS POR LO DE AYER Y PERDÓN POR DEJARTE AHÍ. TENÍA PRISA. PERO SI LLEGA MI TÍO, NO SERÁ BUENO.

Se acercó y empezó a mover las manos, como ahuyentando a un perro.

—¡Oye! —le alcé la voz—. No soy un perro para que me corras así. No me voy sin hablar contigo. O al menos hasta que me escuches.

Me crucé de brazos y le sostuve la mirada. Sus ojos —el negro y el blanco— me perforaban el alma, pero no me moví.

Ella suspiró, visiblemente frustrada, y volvió a escribir.

DE VERDAD, ZOAN. VETE. MI TÍO NO LE GUSTA QUE RECIBA VISITAS. SIENTO LO DEL RAYO Y LO DEL LIMONERO. VETE.

Leí el mensaje una, dos, cinco veces. Mis piernas temblaron. El pecho me dio un vuelco. Sus cejas se fruncieron al ver mi cara. No entendía por qué me había quedado helado.

Volteo el celular y se dio cuenta de su error.

Sus manos temblaron. Borró el mensaje rápido, como si quemara, y escribió otro.




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