Ella se sentó en el borde de su cama y me jaló por la playera con un movimiento brusco, pero sin fuerza real. Fue más bien un gesto impaciente, como si no quisiera que me quedara parado ahí como un poste. Me dejé caer a su lado. De inmediato, su aroma me envolvió: Olerla era como respirar aire de invierno, como cuando el frío entra directo por la nariz y te limpia los pulmones. Un aroma que no calentaba, pero tampoco dolía. Solo estaba ahí, puro y extraño.
—¿Cómo hiciste eso? ¿Qué eres? —pregunté, con la voz temblando un poco.
Miré el collar que colgaba de su cuello. El símbolo de yin y yang ardía con un brillo negro, casi como carbón encendido. Ella lo apretaba fuerte, los nudillos tensos. Entonces lo vi: sus ojos. Ambos se oscurecieron por completo, sin pupila, sin brillo. Negros absolutos. Luego volvieron a su estado normal: uno negro, el otro blanco lechoso. Soltó el collar y respiró hondo, como si acabara de correr una maratón.
Sentí un escalofrío.
Duró apenas unos segundos.
Luego soltó el collar. El negro se apagó y sus ojos regresaron a sus colores distintos, como si nada hubiera pasado.
—Oye… ¿todo bien? ¿Qué significa todo esto? —Me levanté y me senté en el suelo frente a ella, para verla directamente a los ojos—. ¿Estás herida?
Su respiración era irregular. Jadeaba en silencio, como alguien que acaba de correr demasiado. Se llevó una mano al pecho, cerró los ojos, y poco a poco recuperó el control. Se acomodó el cabello corto detrás de la oreja y tomó el teléfono.
TE DIJE QUE TE FUERAS.
AHORA ESTÁS EN PELIGRO.
Leí el mensaje. Esta vez sí me recorrió un nervio por la espalda, pero no dejé que me intimidara. Pero su postura era más débil ahora, encorvada, como si usar ese poder la hubiera agotado por completo. No podía dejar que me intimidara. Era mi turno de hablar.
—Sabes… —empecé, ignorando su advertencia—, llevo días soñando con tu cabello. Sueño que mueres en mis brazos, llena de sangre. Y cuando te vi ayer, todo se puso peor. —Sé que sabes de lo que hablo —continué—. Tú también sueñas. Aunque yo esté loco, aunque todo esto no tenga sentido… sé que sabes.
Volteé a mirarla. Estaba escribiendo a toda velocidad, los dedos volando sobre la pantalla. Me quedé callado, esperando.
Mientras tanto, observé la habitación. Todo estaba ordenado, impecable. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando las paredes alternas blanco y negro. El aroma a invierno seguía flotando en el aire. Y la miré a ella con más detalle. Su cuello era largo y delicado, la piel pálida como porcelana fina, sin una sola imperfección. Brillaba ligeramente bajo la luz, como si estuviera hecha de algo más que carne. Sus labios eran rosados, delgados, con un toque natural. Los ojos, aunque extraños por el contraste de colores, ahora me parecían hermosos, hipnóticos. Y el cabello… blanco puro, corto y desordenado. Busqué alguna raíz oscura, algún indicio de tinte, pero nada. Era real.
Ella fruncía las cejas mientras escribía, movía los labios sin emitir sonido, como si pronunciara cada palabra en su mente.
Terminó de escribir y me pasó el celular. El mensaje era largo, en mayúsculas como siempre, pero esta vez las palabras se sentían más suaves, más personales.
ZOAN, YO TAMBIÉN HE SOÑADO CONTIGO.
NO QUIERO NEGARLO MÁS NI MENTIRTE.
MI TÍO ME PROHIBIÓ ACERCARME A TI. ME DIJO QUE ERAS PELIGROSO.
LLEVO MESES SOÑANDO CONTIGO, MUCHO ANTES QUE TÚ.
NO SABÍA QUIÉN ERAS, SOLO VEÍA TU CABELLO NEGRO Y UNA LETRA Z EN TU CUELLO. ERA MI ÚNICA PISTA. AYER, CUANDO ME DIJISTE TU NOMBRE, ME ASUSTÉ.
ME LLAMO MUSDEA.
POR FAVOR…
CUANDO TE DIGA QUE TE VAYAS, VETE. ¿PROMESA?
Le devolví el celular. Casi nada de lo que escribió me sorprendió; era algo que ya intuía en el fondo. Pero aún faltaba mucho por aclarar.
—Mucho gusto, Musdea —dije con una sonrisa—. Es un nombre raro, pero lindo.
Ella me miró. El enojo inicial había desaparecido. Ahora parecía más vulnerable, más humana.
—¿Qué soñabas tú? ¿También que morías? —pregunté.
Negó con la cabeza despacio. Luego me señaló a mí.
—¿Yo moría? —Mi voz salió más alta de lo que quería.
Ella hizo una seña de silencio rápido, mirando alrededor como si temiera que alguien la oyera. Luego asintió, moviendo los ojos de un lado a otro, como si el recuerdo le doliera.
Me quedé mirando un punto vacío en la pared. Era demasiado para procesar.
Ella me tocó el hombro con el celular y me lo devolvió.
ESTOY IGUAL DE CONFUNDIDA.
PERO EN MI FAMILIA ESTO ES CASI NORMAL.
AUNQUE EL QUE TÚ SOÑARAS LO MISMO ES PELIGROSO.
—¿Por qué? —le pregunté, devolviéndole el teléfono.
HACES DEMASIADAS PREGUNTAS.
Lo leí y solté una risa baja.
—Es por eso que estudio periodismo —dije—. Ser chismoso es mi maldición, pero quiero que me deje beneficios.