Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

CAPITULO 9: La Conversación Bajo la Luna

No sabía cuánto tiempo había estado dormido ni qué hora era exactamente cuando abrí los ojos. El cuerpo me pesaba como si hubiera cargado piedras todo el día, Al moverme, me recordó que había sido lanzado como un objeto a través de algo que no entendía.

Estaba en la habitación de Haziel; lo reconocí al instante por lo impecable que era todo. Así era él: meticuloso en su vida diaria, con cada cosa en su lugar. Todo estaba ordenado, casi con obsesión. El escritorio limpio, los libros acomodados por tamaño, el aire oliendo a pino y a su perfume suave. Era exactamente como él: tranquilo, metódico, alguien que necesitaba que el mundo tuviera sentido.

Nada que ver con mi desorden caótico: ropa tirada por todos lados, olor a frituras rancias y la pena constante de pedirle a mi abuela que lavara mi pila de prendas sucias. Haziel siempre bromeaba con eso, diciendo que mi habitación parecía un campo de batalla después de una guerra perdida.

Giré la cabeza hacia la ventana.

Estaba abierta.

La luna llena colgaba en lo alto, redonda y blanca, rodeada de un mar de estrellas brillantes. Una de las ventajas de vivir en un pueblo como Olimpo: sin contaminación lumínica, el cielo nocturno era un espectáculo puro. Me quedé mirándolo un momento, tratando de calmar la mente revuelta. ¿Cuánto había pasado? ¿Horas?

Entonces giré hacia el otro lado.

—Ah… —me quejé en voz baja. Un pinchazo agudo en las costillas me hizo gruñir.

Recordé el viento apretándome, las costillas crujiendo como ramas secas, y cómo aparecí de la nada frente a la casa de Haziel. Magia. O algo peor. Y allí estaba él, en una silla acolchada de esas para gamers, aunque nunca lo había visto jugar a nada más que ajedrez ocasional. Su cabeza caída hacia atrás, mechones de cabello cayéndole sobre la frente. Respiraba lento, profundo, con la boca ligeramente abierta. Parecía exhausto, pero pacífico.

—Haz —susurré, pero mi voz salió débil, ronca. Se movió un poco, murmurando algo inentendible, pero no despertó.

Intenté levantarme. El dolor fue fuerte, como cuchillos clavándose en el pecho, pero lo ignoré. Me acerqué despacio y lo vi ahí, con los brazos cruzados sobre el pecho, quizás por el frío de la noche. Tomé la cobija de su cama y lo cubrí con cuidado. No quería despertarlo; se merecía descansar después de lo que seguramente había sido un lío por mi culpa.

—Idiota… —murmuré—. Siempre cuidándome

Salí de la habitación en silencio, cerrando la puerta con un clic suave. Caminé hacia la cocina; no era la primera vez que andaba por esa casa como si fuera mía. Haziel y yo habíamos pasado innumerables tardes aquí, estudiando, comiendo lo que encontrábamos o simplemente hablando de planes para escapar del pueblo. No me sentía un intruso. Pero olvidé un detalle: el tío de Haziel. Casi nunca estaba su tío, o al menos no por las tardes.

Ese detalle… lo olvidé.

Abrí el refrigerador con familiaridad y saqué un jugo de naranja a medio terminar. Lo abrí y bebí directo de la botella, como si estuviera en mi propia casa. Saqué el celular del bolsillo y lo encendí. Cientos de llamadas perdidas, todas de mi abuela. El corazón me dio un vuelco. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Estaría preocupada hasta el punto de enfermarse?

Dejé el jugo en la mesa y empecé a marcar su número. Pero antes de que pudiera presionar "llamar", sentí que me jalaban el teléfono de la mano. Volteé asustado, el pulso acelerado. No esperaba a nadie más que a Haziel.

Era el tío de Haziel, Ryder. Sonreía con esa expresión juguetona que siempre tenía, como si el mundo fuera una broma privada.

—No es de buena educación despertar a los mayores, Zoan —dijo con voz suave y fina, pero con un toque de diversión. Me devolvió el celular con un guiño.

—Perdón, señor Resmesh —balbuceé—. Pensé que solo estábamos Haz y yo.

Tenía dos años sin verlo de cerca, pero estaba igual: piel bronceada, como si pasara todo el día bajo el sol, barba perfectamente recortada y cuidada, como si la midiera cada noche con regla. Vestido impecable, incluso a esa hora: camisa blanca planchada, pantalones oscuros. Siempre parecía listo para una aventura.

—¿Cómo que "señor"? —Me dio un golpe amistoso en la espalda, riendo—. Solo porque ahora eres universitario no significa que me hables como a un extraño. Mejor dime como antes. Tío Ryder.

Hizo un gesto de acelerar una moto, con sonidos exagerados, y soltó una carcajada profunda. Era igual a Haziel en eso: carismático, capaz de convertir cualquier momento en algo ligero.

—Está bien, Tío Ryder —respondí, sonriendo a pesar del dolor. Era gracioso decirlo en voz alta.

Sonrió, satisfecho. Se giró hacia la sala y me invitó a sentarme en el sofá desgastado pero cómodo.

—Y perdón por lo de su moto —agregué, sentándome frente a él, apenado—. No sé qué pasó, pero…

—No hay problema, Zoan —interrumpió con una risa—. La vieja Troyana aguantará. Como el caballo de Troya, ¿entiendes? La moto de Troya.

Hizo una pausa dramática, esperando mi reacción. Yo no reí de inmediato; sus chistes a veces eran tan tontos que costaba seguirle el ritmo.

—Ah, sí —dije al fin, forzando una sonrisa.




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