Lo primero que sentí fue aire.
Un aliento tibio, lento, demasiado cerca de mis labios.
Desperté de golpe, con el corazón acelerado, y lo primero que vi fue un rostro inclinado sobre mí. Haziel. Sus ojos abiertos, atentos, casi clavados en mi boca. Estaba tan cerca que nuestros labios estaban a apenas unos centímetros de tocarse.
No pensé. No razoné.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Lo empujé con ambas manos.
—¿¡Qué diablos, Haziel!? —exclamé, incorporándome de golpe en la cama.
Por puro instinto, me llevé las manos a los labios y me los limpié, como si realmente me hubiera besado. El gesto fue automático… y también incómodo.
Haziel cayó hacia atrás, sorprendido, y en un segundo volvió a ponerse de pie como un resorte.
—No es lo que piensas, Zoan —dijo rápido, nervioso, las mejillas un poco sonrojadas—. Solo quería comprobar que respirabas bien.
Su nerviosismo era evidente.
—Ayer llegaste hecho pedazos —continuó—. No despertabas, te hablé varias veces y no reaccionabas. Me acerqué para comprobar que… bueno, que saliera aire.
Soltó el resto de la frase casi sin respirar.
Me quedé en silencio unos segundos, procesando la escena. El susto comenzó a disiparse poco a poco. También ayudó que, al moverme, me di cuenta de algo importante.
Mis costillas ya no dolían.
Nada.
Ni un pinchazo, ni una molestia.
—Tranquilo… —dije al fin, dejando escapar el aire—. Perdóname tú a mí.
Miré el reloj. Era más tarde de lo que esperaba, pero aún tenía margen antes de ir a la escuela.
—Me asustaste —añadí—. Despierto y estás… así de cerca. Fue una sorpresa.
Me sentí incómodo al decirlo. Y peor aún, avergonzado de haber pensado mal de mi propio amigo. Por un segundo, me sentí igual que los demás: juzgando a Haziel por algo que no era.
Él respiró hondo y poco a poco recuperó su sonrisa habitual, aunque sus ojos todavía delataban algo de nerviosismo.
—No, lo entiendo. Fue mi culpa por acercarme tanto —dijo, rascándose la nuca—. No quería espantarte. Solo me preocupé.
Terminamos disculpándonos los dos, riendo un poco para romper la tensión. Era típico de nosotros: resolver las cosas rápido, sin rencores.
Era tarde para el desayuno, pero aún teníamos tiempo para llegar a clases sin apuros. Me lavé la cara en el baño de Haziel mientras él se cambiaba y arreglaba su cabello con ese cuidado meticuloso que siempre tenía. Empezó a bombardearme con preguntas sobre lo que había pasado ayer. Le conté casi todo: la mansión, Musdea, el teletransporte, lo que había oído sobre Zeus y el bastardo. Omití lo de su tío Ryder; esa reacción extraña al mencionar a los Pose aún me rondaba por la cabeza, pero no quería complicar las cosas sin estar seguro. Tal vez solo había sido paranoia mía.
En el camino a la escuela seguimos hablando. Haziel estaba emocionado, como un niño con un juguete nuevo.
—¿O sea que podrías ser hijo de un dios? —preguntó, caminando a mi lado con los ojos brillantes—. ¡Imagínalo, Zoan! Lanzar rayos, controlar el clima, ser invencible…
Su entusiasmo era contagioso. Yo también sentí una chispa de emoción al oírlo decirlo en voz alta. Aunque pareciera cuento de fantasía, los dioses existían. Vivían entre nosotros, ocultos en pueblos como el nuestro.
—Lo sé —respondí, sonriendo—. Imagina: volar, transformarme en lo que quiera. Sería increíble.
Haziel hacía poses exageradas mientras caminábamos: brazos en alto como lanzando rayos, fingiendo ser un superhéroe. Intenté imitarlo una vez, concentrándome en soltar un rayo o algo, pero nada. Todo normal. Solo dos amigos haciendo el ridículo en la calle.
—Pero no es seguro —agregué, bajando el tono—. Jamás he hecho nada sobrenatural. Más allá de los sueños. Y si es verdad… Zeus está detrás de mí. Y de Musdea. Podría morir.
No podía olvidar esa parte. El miedo se colaba, frío y real. No estaba preparado para morir, menos por algo que apenas entendía.
Llegamos a la escuela. Las clases pasaron volando. Al terminar, fuimos directo a la biblioteca. Nos sentamos frente a una de las computadoras antiguas y empezamos a buscar. Primero, mitología griega: Zeus, Poseidón, semidioses. Luego, pueblos llamados Olimpo.
Y vaya sorpresa: no éramos los únicos. Había al menos dos más. Ambos lejos, en otros países, pero al ver las fotos… eran casi idénticos. Pueblos pequeños, calles empedradas, atrapados en el tiempo. Casas antiguas, colinas alrededor, como si alguien los hubiera copiado y pegado.
—¿Crees que sean de otros dioses? —preguntó Haziel, inclinado sobre la pantalla, emocionado como siempre.
—No lo sé —respondí, sintiendo la curiosidad picarme—. Parecen copias. Como versiones alternativas.
Buscamos más sobre semidioses en la vida real. Solo salían los clásicos: Hércules, Perseo, Aquiles. O personajes de videojuegos como Kratos. Nada concreto, nada actual. Solo ficción. O eso creían todos.