Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

CAPITULO 11: La Carta de Dea

Me acomodé en la cama, con la espalda contra la cabecera y las piernas cruzadas. Quería estar preparado para lo que dijera la carta, aunque solo era una hoja pequeña y doblada. La luz de la lámpara de noche iluminaba apenas el papel, y el silencio de la casa me envolvía como una manta.

El papel crujió suavemente entre mis dedos.

Respiré hondo y empecé a leer.

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Pasé horas mirando esta hoja en blanco, pensando si era correcto hacerlo o si lo mejor era fingir que nada había pasado. Varias veces dudando, tirando la hoja y volviendo a escribir.

Tenía miedo. Mucho. Me preocupé demasiado cuando no supe si habías sobrevivido al traslado… y, por primera vez en mucho tiempo, no soñé contigo.

Eso me asustó más de lo que debería.

Mi tío me tranquilizó ya que si hubieras muerto no hubiera llegado pocos segundos después gritando y hecho una furia. Cuando usé mi poder para sacarte de aquí, él lo sintió de inmediato. Él siempre se da cuenta cuando lo uso, aunque sea un poco, así que creyó que había vuelto a intentar escapar. Por eso levantó la barrera. No intentes atravesarla. No podrás. Al menos no tú.

Solo la sangre sin rastro de divinidad puede cruzarla.

Sé que eso suena terrible, pero prefiero que lo sepas a que vuelvas a lastimarte.

Sobre mi voz… ya escuchaste lo que dijo mi tío. Es peligrosa. Puede herir, puede destruir, puede borrar cosas o personas si lo deseo —o si se me escapa—. Desde niña he causado daño sin quererlo. Por eso no hablo. El collar la contiene, pero no al cien por ciento. Incluso cuando intento mantenerla al mínimo, sigue siendo peligrosa para casi todos. Prefiero el silencio a arriesgar a alguien más.

Por eso no hablo.

He hecho cosas horribles sin querer. Cosas que no se pueden deshacer.

Que hayas sobrevivido al traslado, que no estuvieras gravemente herido, solo confirma lo que ya sospechaba: llevas sangre divina. Eres un semidiós, o estás conectado a uno. Mi tío no dice mucho, solo repite que eres un peligro, que no debo acercarme. Que Zeus te usa como arma. Pero yo no le creo del todo.

He soñado contigo demasiadas noches como para pensar eso.

En mis sueños siempre hay dolor. Siempre hay sangre. Y aun así, nunca sentí que tú fueras el monstruo.

Nuestro destino está unido, Zoan.

Y si soy honesta… lo odio.

No quiero pensar en ti todo el tiempo. No quiero soñar contigo. No quiero que existas en mi vida.

Pero no puedo evitarlo. Existes.

Intenté ir a buscarte ese día. De verdad lo intenté. Quería alejarte antes de que fuera demasiado tarde. Nunca te encontré… hasta que tú me encontraste a mí, aquella tarde bajo la lluvia.

Pensé en usar el taser para ver si resistías la electricidad, eso me diría si eras el que, según mi tío es hijo del dios del rayo. Aquel que me entregaría a Zeus. Pero eras tan torpe, tan insistente en ayudar… que no parecías un peligro. Solo un chico normal, empapado y terco.

Esta carta no responde todas tus preguntas, lo sé. Llevo horas intentando explicarme sin sonar fría como en los mensajes del celular o incoherente. No es mi forma natural de ser.

Pero necesitaba comunicarme contigo. No soñar contigo me aterró más que cualquier pesadilla.

No puedo seguir usando tanto mi poder. El collar quema más cada día, como si ya no pudiera contenerlo todo. Desde que llegué a Olimpo, y especialmente desde que te conocí, siento que crece

Necesitamos entender qué está pasando.

Y para eso, necesitamos comunicarnos.

Este es mi número: 222‑222‑221.

Te leeré pronto, Zoan.

Dea

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Bajé las manos lentamente. La hoja tembló un poco entre mis dedos. Miré al techo, y me di cuenta de que sonreía como un tonto absoluto. El corazón me latía fuerte, no de miedo, sino de algo cálido y nuevo.

“Se preocupa por mí”, pensé una y otra vez. No era enamoramiento repentino —al menos no lo creía—, pero aquella chica fría y distante de los mensajes ahora tenía profundidad. Vulnerabilidad. Personalidad. Dea no era solo la figura de mis pesadillas; era real, complicada, asustada como yo.

Saqué el celular, anoté su número y lo guardé como “Dea”. Abrí WhatsApp. No tenía foto de perfil; solo el fondo gris predeterminado.

Escribí:

Hola.

Luego:

Soy Zoan.

Las dos palomitas aparecieron casi de inmediato.

Nunca se pusieron azules.




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