Desperté.
Por fin desperté de verdad.
Me quedé mirando el techo de mi habitación durante varios minutos, respirando hondo, como si necesitara convencer a mi propio cuerpo de que ya estaba aquí, de que no seguía atrapado en ese sueño. Lo recordaba todo. Cada imagen, cada sensación, cada gota de sangre. Y eso era lo peor.
Era la primera vez, desde que mi padre murió, desde que yo tenía apenas tres años, que soñaba con ese día.
Antes, mis recuerdos siempre habían sido fragmentos prestados. Historias incompletas que me contó mi abuela, informes fríos de las autoridades, suposiciones que mi mente infantil intentó rellenar con lógica. Nunca imágenes propias. Nunca emociones reales. Solo teorías.
Hasta ahora.
Me incorporé despacio. El corazón todavía me latía fuerte y sentía un nudo en la garganta. Pasé una mano por mi rostro, intentando borrar una sensación que no se iba: la de haber visto algo que no debía recordar.
Saqué el celular de debajo de la almohada. Nada. Ni una respuesta de Dea. Las flechitas de mis mensajes seguían grises.
Sentí cómo la frustración me subía por el pecho. Volví a escribirle, casi sin pensarlo.
“No desconfíes de mí. En verdad soy Zoan.”
Lo envié.
Esperé unos segundos.
Nada.
Escribí otro.
“Volví a soñar… pero ahora fue peor.”
Luego otro, más corto, más directo.
“¿Tú soñaste algo?”
Y uno más, casi como una súplica.
“Espero tu mensaje.”
Arrojé el celular sobre la cama con molestia.
—¿Para qué me dio su número si no me va a contestar? —murmuré, hablando solo mientras me pasaba las manos por el cabello.
La ansiedad no me dejaba quieto.
—¿Y si la atraparon por mis mensajes? —añadí, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la culpa—. Maldición…
El pensamiento me revolvió el estómago. Odiaba sentirme así: ansioso, vulnerable, esperando una respuesta como un adolescente enamorado. No era solo por ella; era por las respuestas que necesitaba.
Bajé a desayunar. Mi abuela ya tenía todo listo: café humeante, frijoles refritos, tortillas envueltas en un paño. Me senté sin decir nada, removiendo la comida con la cuchara. Ella me miró un par de veces, pero no preguntó. Sabía leer mis silencios; siempre había sido así. Terminamos el desayuno en quietud. Le di un beso en la frente antes de irme.
—Cuídate, mijo —dijo solo eso, con una sonrisa suave.
Intenté cruzar la barrera de nuevo camino a la escuela. Aunque Dea me había advertido, nada perdía con probar. Di un paso firme hacia el asfalto perfecto… y terminé de vuelta en el mismo lugar, volteado hacia el pueblo. —Genial… —bufé por lo bajo y seguí caminando. Ya no me sorprendía tanto; era solo otro recordatorio de que mi vida normal se había acabado.
Llegué temprano a la universidad. Haziel no estaba. Era raro; él siempre llegaba antes, con su mochila impecable y esa sonrisa lista para bromear. Pasaron los minutos, luego las horas. La clase empezó y terminó. Nada de él. Me preocupé, pero intenté enfocarme.
Eso pareció darle valor a Tania. La vi acercarse sola, sin su séquito habitual. Caminaba despacio, con las manos entrelazadas frente a ella, como si estuviera nerviosa. Su expresión no era la de siempre: no había burla ni superioridad.
—Zoan —dijo en voz baja, deteniéndose frente a mi pupitre.
—¿Qué pasa, Tania? —respondí, más seco de lo que pretendía. No estaba de humor para juegos.
Ella bajó la mirada un segundo, jugueteando con el borde de su blusa.
—Mi papá me contó lo del rayo… y lo de tu abuela —murmuró—. Sé que no nos llevamos bien, pero… si necesitas algo, puedes contar conmigo. Como antes.
Intentó tomar mis manos, pero las retiré instintivamente. Me miró dolida, pero no se alejó.
—¿Como antes? —pregunté, frunciendo el ceño. Sonaba como si habláramos de algo que yo no recordaba.
—Siempre estás con Haziel —dijo, con voz suave, casi triste—. Y nunca pude hablar contigo a solas. De repente… me olvidaste. Desde que él llegó, dejaste de hablarme.
—¿De qué hablas? —La miré confundido—. Haziel siempre ha estado aquí. Desde que tengo memoria. Tú y yo nunca fuimos…
Sacó su celular con manos temblorosas y buscó algo. Me lo mostró. La pantalla tenía fotos antiguas.
Mira.
La primera: una niña pequeña con coletas, riendo en un columpio. Yo empujándola desde atrás. Sonreíamos los dos.
Deslizó el dedo. Otra: ella vestida de princesa rosa, frente a un pastel con un“Feliz cumpleaños Tania” y una vela con el 4. Yo a su lado, con una corona de cartón, sonriendo tímido.
Y la última: un grupo de niños en una fiesta. Ella en un vestido ampón rosa, precioso. Tres niños más con trajecitos negros. Yo en el centro, abrazándola por los hombros. Todos felices.