Salimos de la universidad sin decir mucho más.
Tania caminaba a mi lado, con la mochila colgada de un solo hombro y el mentón ligeramente en alto. No era la Tania de siempre, la que soltaba comentarios venenosos o sonrisas burlonas. Esta versión suya parecía decidida, casi tensa, como si hubiera estado esperando este momento durante años y ahora, por fin, se hubiera atrevido a cruzar una línea invisible. Yo, en cambio, tenía la cabeza en otro lugar.
La llamada de Haziel no dejaba de repetirse en mi mente.
Ven rápido.
Su voz había sonado agitada, emocionada, con ese tono que solo usaba cuando estaba a punto de meterse en problemas o cuando creía haber encontrado algo enorme. Algo que no debía existir.
El camino a su casa no era largo, pero con el silencio que nos envolvía se sintió eterno. El empedrado irregular crujía bajo nuestros pasos. Intenté romper la incomodidad hablando de cualquier cosa: el calor, la clase, un examen próximo. Nada funcionó.
—Sí. —No. —Tal vez.
Tania respondía sin levantar la vista, con los ojos clavados en el suelo. Sabía que estaba pensando en las fotos. En esos recuerdos que para ella eran reales… y para mí, inexistentes. Eso me revolvía el estómago.
Llegamos a la casa de Haziel.
Alcé la mano para tocar el timbre, pero no alcancé a hacerlo. La puerta se abrió de golpe.
Haziel apareció frente a nosotros con el cabello ligeramente revuelto —algo rarísimo en él— y una sonrisa tan amplia que parecía iluminar la entrada.
—¡Zoan, por fin! —Exclamó, jalándome del brazo—. No tienes idea de lo que encontré.
Entonces vio a Tania. Su expresión cambió en un segundo: la alegría se evaporó, reemplazada por un desprecio puro y frío. Entrecerró los ojos y cruzó los brazos.
—¿Y esta qué hace aquí?
Tania no se quedó atrás. Plantó los pies firmes, cruzó los brazos imitando su postura y lo miró con la misma intensidad.
—Vine con Zoan —respondió, sin apartar la mirada—. ¿Algún problema, maricón?
Haziel no dudó ni un segundo. Levantó el dedo medio con un gesto rápido, cargado de desprecio.
—Lárgate.
Ella respondió de la misma forma, alzando el suyo con una mueca que destilaba años de rencor acumulado. No fue necesario decir nada más. Se dio media vuelta, me miró por encima del hombro y habló con voz seca:
—Nos vemos, Zoan.
Luego, casi en un susurro, masculló algo que sonó a idiota antes de alejarse por la calle empedrada.
La vi irse con una punzada incómoda en el pecho. Había prometido hablar con ella. Y le había fallado.
—Entra —dijo Haziel, cerrando la puerta tras de nosotros—. Esto no puede esperar.
—¿Qué demonios fue eso? —le pregunté mientras subíamos las escaleras—. No tenías que tratarla así.
—Claro que sí —respondió, acelerando el paso—. Esa tipa siempre ha sido un problema. ¿Desde cuándo son amigos? Pensé que la odiábamos los dos.
Me senté en su cama cuando entramos a su habitación.
—No es eso —respondí, sentándome en el borde de su cama deshecha—. Me mostró fotos de cuando éramos niños. Dice que éramos amigos cercanos antes de que tú llegaras al pueblo. No recuerdo nada, Haz. Es como si alguien me hubiera borrado esa parte de la memoria.
Haziel se detuvo en seco, girándose para mirarme. Su expresión era escéptica: arqueó una ceja, evaluándome como si buscara una broma.
—Si no lo recuerdas, es porque no existió —dijo al fin, encogiéndose de hombros—. Tania siempre ha sido una manipuladora. Seguro editó las fotos con alguna app o algo. Olvídalo. Tengo algo mucho más importante.
Se sentó frente a su computadora, encendiendo la pantalla con un clic rápido. Abrió un navegador extraño, con íconos oscuros y una interfaz minimalista. “Tor”, leí en la barra superior. El anonimato total.
Mis cejas se fruncieron.
—¿Estás loco?
—Probablemente —sonrió—. Pero no podía quedarme quieto. Después de lo que me contaste ayer, no pegué ojo. Pensé en lo de la biblioteca: mitología real, semidioses entre nosotros, pueblos como el nuestro. Así que me metí en la Dark Web. No es tan complicado si sabes por dónde entrar. Hay foros ocultos, archivos que desaparecen de la web normal… y encontré esto.
Hizo clic.
El título apareció en la pantalla:
LOS DIOSES EXISTEN Y ESTÁN ENTRE NOSOTROS
El documento era un escaneo antiguo, con hojas escritas a mano, párrafos tachados en rojo, nombres borrados de forma violenta.
—Mira esto —dijo Haziel.
Allí estaba una foto granulosa de nuestro pueblo: la plaza central, la universidad, la colina con la mansión al fondo. Debajo, el texto:
Extracto de investigación confidencial
Ubicación: Pueblo conocido como Olimpo, en las afueras de la ciudad ██████.