Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 15: Disculpas Bajo la Sombra del Pasado

Ahora estaba ahí.
Otra vez.

Tenía tres años, o al menos eso decía mi reflejo. El cabello corto, mal peinado, como si nadie hubiera sabido qué hacer conmigo esa mañana. Vestía un traje negro, demasiado rígido para un cuerpo tan pequeño, con las mangas un poco largas y el cuello apretándome la garganta. Me sentía incómodo incluso al recordarlo.

Miré alrededor.

Todo era negro.

Las paredes cubiertas con telas oscuras, las sillas alineadas con precisión incómoda, la gente vestida de luto como si el color hubiera sido arrancado del mundo. El aire olía a cera derretida y a flores marchitas. Ese olor pesado que se mete en los pulmones y no se va.

Vi a mi abuela.
Era más joven de lo que la conocía ahora. Seguía siendo anciana, sí, pero su espalda aún estaba recta, su mirada firme. Sostenía entre sus brazos a una mujer delgada, de cabello oscuro, largo y desordenado… igual al mío.

Mi madre.

No recordaba su rostro. Nunca lo había hecho. Pero ahí estaba, llorando en silencio, como si ya no tuviera fuerzas ni para gritar. Mi abuela le acariciaba la espalda con una paciencia infinita, murmurándole palabras que no alcanzaba a escuchar.

En el centro de todo, como el corazón muerto de la habitación, estaba el ataúd.

Cuatro cirios blancos ardían en cada esquina, la llama temblando apenas, proyectando sombras largas y deformes sobre las paredes. Varias señoras rezaban en voz baja, sus murmullos mezclándose en una oración constante, casi mecánica.

Entonces me vi.

Yo.
El yo pequeño.

Estaba parado a unos pasos del ataúd, mirando a todos lados con una expresión perdida. No entendía nada. No sabía por qué todos lloraban. No sabía por qué nadie sonreía. No sabía por qué ese cajón de madera era tan importante.

Yo estaba a su lado. Exactamente ahí. Pero no podía moverme.
Si él no se movía, yo tampoco.

A su lado había una niña.

La observé mejor: era Tania. Pequeña, vulnerable, con coletas deshechas. Lloraba más fuerte ahora. También vestía de negro. Un vestido sencillo, pero bien cuidado. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas que caían una tras otra. Pero no lloraba por el muerto.

Lloraba por mí.

—Zoan… —dijo con voz temblorosa—. Yo siempre estaré contigo.

Sus palabras eran demasiado maduras para una niña de tres años. No sonaban infantiles. Sonaban… sinceras. Como una promesa que alguien hacía aun sin entender del todo su peso.

La observé con atención. Vi cómo apretaba la mano de mi yo pequeño con fuerza, como si temiera que desapareciera si lo soltaba. No lo soltaba. No quería hacerlo.

—¿Y papá? —preguntó el niño, volteando hacia Tania.

La palabra cayó como una piedra.

Ella se llevó la mano a la boca y rompió a llorar con más fuerza. Su padre, con un bigote tupido y traje negro ajustado, se acercó, arrodillándose a nuestra altura. Le acarició la cabeza con ternura.

—Zoan… —dijo con una voz rota—. Tu papi está con Dios ahora.

El niño lo miró sin entender.
Yo sí entendí.

El hombre en el ataúd era mi padre.

Mi abuela consolaba a mi madre. Mi madre lloraba por su esposo. Yo… yo no recordaba sus rostros. Ni el de ella. Ni el de él. Y eso dolía más que cualquier otra cosa.

Quise acercarme.
Quise gritar.
Quise tocar ese ataúd.

Pero mi versión pequeña no se movía. Y yo estaba atrapado con él.

Entonces ocurrió.

Un hombre entró al lugar.

Nadie pareció notarlo. Nadie levantó la vista. Nadie se calló.
Solo nosotros dos lo vimos.

Caminó con calma hasta el ataúd. Se detuvo frente a él y lo observó en silencio durante unos segundos. Luego se inclinó, como si ofreciera sus respetos. Después se giró… y caminó directo hacia nosotros.

Vestía de negro opaco, un negro distinto al de los demás, como si absorbiera la luz. Llevaba una barba larga, dividida en dos, perfectamente cuidada. Pero su rostro…

No tenía rostro.

Era como si alguien lo hubiera borrado. Como si una goma hubiera pasado por ahí, dejando solo una mancha indefinida. No se distinguían ojos, ni boca, ni nariz. Nada.

Se agachó frente al Zoan pequeño y puso una mano en su hombro.

—¿Quién es usted? —logré escuchar que preguntaba mi yo pequeño, con voz temblorosa.

El hombre suspiró.

—Lo siento, pequeño —dijo con una tristeza genuina—. Tu padre es un héroe.

Hizo una pausa. Una larga, incómoda pausa.

—Pero su vida fue dada en vano —continuó—. Tú debiste morir.

Sentí el cambio inmediato. El miedo en el rostro del niño. El pánico puro.

—¡Abue! ¡Mami! —gritó—. ¡Ese hombre quiere matarme!

Salió corriendo, señalando hacia donde yo estaba. Mi abuela volteo… pero no vio nada.

El hombre se levantó. Y quedó frente a mí. Era imposible. ¿Cómo podía verme en mi propio sueño?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.