Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 16 “La Nota y el Folder”

La computadora de Haziel no estaba. Solo quedaban los cables colgando del escritorio, sueltos y retorcidos como venas cortadas de un cuerpo sin vida. Los apuntes impresos que había pegado en la pared con cinta adhesiva —capturas de pantalla borrosas, anotaciones garabateadas a mano— habían desaparecido por completo. Solo quedaban pedazos de cinta arrugada, pegados como cicatrices en el yeso.

Haziel soltó un bufido bajo, entre dientes, y se agachó rápido para recoger una hoja que asomaba debajo de la cama. La desdobló con dedos temblorosos, leyó en silencio y me la pasó sin decir palabra. Su rostro estaba pálido, la mandíbula apretada.

Era una nota sencilla, en una hoja de cuaderno común. Letras mayúsculas, firmes, escritas con bolígrafo negro. Sin florituras, sin errores.

DEJEN DE HUSMEAR.

Eso era todo.

El papel era blanco, ordinario, de los que venden en la papelería del centro por diez pesos el paquete. No olía a nada. No tenía marca de agua ni nada que lo hiciera especial. Solo una amenaza fría.

—¿Quién mierda entró aquí? —murmuró Haziel, poniéndose de pie de un salto. Empezó a revisar cajones con movimientos bruscos: abrió el de la mesa de noche, sacó ropa interior y calcetines, los tiró al suelo. Luego el clóset, empujando camisas a un lado. Finalmente, se agachó de nuevo y sacó una caja de zapatos vieja de debajo de la cama. La abrió con cuidado, contando el dinero que habíamos ahorrado desde la secundaria: billetes doblados con esmero, monedas en una bolsa de plástico. Todo para nuestro plan de escape del pueblo. Intacto. Ni un peso faltaba.

Bajamos al cuarto del tío Ryder. Revisé los estantes: los recuerdos de sus viajes —una máscara de lucha, una botella de arena de alguna playa lejana, fotos enmarcadas— seguían en su lugar, limpios y ordenados como siempre. La televisión smart, que valía más que todo lo que teníamos nosotros juntos, estaba ahí, intacta.

Solo se habían llevado lo relacionado con los Pose. Lo que habíamos encontrado en la Dark Web.

—Esto no fue un robo normal —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Los dos lo sabíamos, pero decirlo en voz alta lo hacía real.

Salimos a la calle sin hablar más. Empezamos a tocar puertas, sistemáticos. Primero la vecina de enfrente, la señora Martínez, que siempre estaba regando sus macetas.

—Buenas tardes, doña —dije, forzando una sonrisa—. ¿Vio algo raro hoy? ¿Alguien entrando a la casa de Haziel?

Ella negó con la cabeza, limpiándose las manos en el delantal.

—Estuve todo el día en el patio trasero, chamacos. Ni un alma pasó por aquí. Ni un carro desconocido.

El señor de la esquina, don Chava, que vende elotes en las tardes, barría su banqueta con movimientos lentos.

—Oiga, don Chava —pregunté, acercándome—. Se metieron a robar a la casa de Haz. ¿Vio algo extraño? ¿Un carro, alguien sospechoso?

—Nada, mijo —respondió, apoyándose en la escoba—. Solo pasó el camión del gas como a las once, y eso fue todo. Ni un perro ladró más de lo normal.

Una tras otra, las respuestas eran iguales. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Era como si la casa se hubiera vaciado sola, sin dejar rastro.

Regresamos adentro y nos sentamos en la sala, en el sillón viejo que crujía con cada movimiento. Haziel tenía la mirada perdida en la pared, los codos en las rodillas, las manos entrelazadas. Yo me frotaba las sienes, sintiendo el peso del día.

—¿Y tu tío? —pregunté al fin—. ¿No ha venido?

—No lo he visto desde aquella noche que llegaste hecho mierda —dijo, encogiéndose de hombros, pero su voz tenía un filo de preocupación—. Es normal en él. A veces pasa días sin aparecer. Se va a quién sabe dónde con la moto. Nunca pregunto mucho cuando regresa.

No dije nada sobre mis sospechas. Ryder había actuado raro cuando mencioné a los Pose. Y ahora esto. No quería acusar sin pruebas —era el tío de mi mejor amigo, el que nos había enseñado a manejar, el que nos dejaba quedarnos hasta tarde sin problemas—. Pero la duda estaba ahí, clavada como una espina.

—Tengo que irme —dije, levantándome—. Mi abuela va a preocuparse si no llego antes de que oscurezca del todo.

Haziel me acompañó a la puerta. Me dio un golpe suave en el hombro, de esos que decían “los resolveremos”. Aunque teníamos ya a un sospechoso.

—Mañana pensamos qué hacer —dijo, con voz firme—. No vamos a parar por una nota de mierda.

Asentí, pero por dentro ya no estaba tan seguro. El miedo empezaba a colarse, real y frío.

El camino a casa se sintió más largo que nunca. El sol se escondía detrás de la colina, y la sombra de la mansión de los Pose se alargaba sobre el pueblo como un dedo acusador. Intenté cruzar la barrera una vez más, por costumbre. Nada. Saqué el celular: ningún mensaje de Dea.

Llegué y mi abuela estaba en la cocina, calentando frijoles en la estufa vieja. Me miró de reojo mientras servía dos platos humeantes.

—¿Todo bien, mijo? —preguntó, con esa intuición suya que siempre tenía.

Suspiré y me senté en la mesa redonda amarilla. No sabía por dónde empezar. Estaba cansado de cargar todo solo. Cada día traía un problema nuevo, y anhelaba mi vida tranquila de antes: clases, bromas con Haziel, tortas de frijoles. Pero ya no había vuelta atrás.




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