Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 17 “La Voz en la Oscuridad”

Guardé el folder con cuidado en el cajón de mi escritorio, el que siempre usaba para papeles importantes: mi acta de nacimiento, el certificado de preparatoria, el reporte policial del día que murió mi padre. Lo cerré con un clic seco, pero no pude evitar abrirlo una vez más. Hojeé los recortes amarillentos, tocando las firmas de Efraín Cervantes como si pudieran transmitirme algo de él. Deseaba tener fotos de mi madre, recordar su rostro más allá de las imágenes borrosas que quedaban en mi memoria. Mi abuela siempre decía que las quemó cuando ella me abandonó, que no quería recuerdos de alguien que nos dejó atrás. Ahora ya no le creía del todo. Si había guardado esto —los logros de su yerno—, ¿por qué no fotos de su propia hija? Parecía más orgullosa de Efraín que de ella. Tal vez el dolor era demasiado grande. O tal vez había más secretos.

Dejé el celular sobre la cama, boca arriba, y fui al baño a lavarme los dientes. El espejo me devolvió una cara cansada: ojeras profundas, ojos rojos de tanto pensar. Escupí la pasta, me enjuagué rápido y corrí de vuelta al cuarto cuando el celular vibró. Era ella.

D: Hola Zoan! Hoy mi tío salió temprano y regresó… diferente. Más calmado. Hasta me preguntó si necesitaba algo. No lo hacía desde que… desde nunca [sticker riendo]

Sonreí sin querer, sentándome en la cama con la boca aún húmeda. Me limpié con la manga de la playera y tecleé rápido.

Z: ¿Crees que sea por lo que pasó en casa de Haziel?

D: ¿Qué pasó? ¿Están bien?

Z: ¿Audio?

Las palomitas azules aparecieron. El indicador de "escribiendo" parpadeó varias veces.

D: Ya.

Grabé el audio, hablando bajo para no despertar a mi abuela. Le conté todo el día: el sueño del funeral con el hombre sin rostro amenazándome, Tania disculpándose y yo aceptando empezar de nuevo como amigos, el robo en casa de Haziel —solo se llevaron lo de los Pose y dejaron esa nota—. Y al final, lo de mi padre: que no era mi padre biológico, los recortes de sus investigaciones, cómo todo encajaba con el periodista muerto.

Lo envié. Esperé, mordiéndome el labio.

D: Es posible. Pero si hoy estuvo más tranquilo, podemos imaginar que algo tuvo que ver. Aunque no me enteré de nada.

D: Me da miedo pensar que alguien entró a la casa de tu amigo solo para eso.

Z: A mí también. Pero al menos nadie salió herido.

D: Y lo siento mucho, Zoan. Debe ser horrible enterarte así. Pero… él te crió, te protegió. Dio la vida por ti. Eso no se borra por sangre o no sangre.

Z: Lo sé. Solo que ahora todo encaja demasiado. Como si alguien hubiera querido silenciarlo. Y no quiero sospechar de tu familia aunque no sea la de verdad.

D: No te preocupes. Tal vez por eso mi tío está más tranquilo hoy. Si borraron las pruebas… tal vez piensa que ya no hay peligro.

Z: Ojalá. Aunque no me gusta sentir que nos vigilan.

D: A mí tampoco. Pero… hablar contigo me calma. Mucho. Y aunque aún pienso que no deberíamos comunicarnos, siento que el collar pesa menos cuando leo tus mensajes. Es raro, pero es así.

Sonreí otra vez, como idiota. Me imaginé su cara pálida en la oscuridad de su cuarto blanco y negro, los ojos desiguales brillando con la luz de la pantalla, tecleando con dedos rápidos pero cuidadosos.

Z: A mí me pasa lo mismo. El que haya alguien que me entienda y sepa lo que pasa… me haces sentir mejor en todo este desastre.

D: Entonces seguimos hablando, ¿sí? Aunque sea en secreto.

Z: Sí. Promesa.

D: Descansa, Zoan. Mañana será otro día.

Z: Tú también, Dea.

Apagué la luz y me acosté boca arriba. El techo tenía la misma grieta de siempre, la que parecía un rayo torcido. Cerré los ojos pensando en ella: en sus dedos tecleando rápido, en esa calidez que transmitía a pesar de la distancia. Quizás mañana volvería a soñar con ella. Y lo hice.

Al principio fue igual que siempre.

Caminaba por un bosque neblinoso, el aire frío y húmedo pegándose a la piel. La veía a lo lejos, su cabello blanco brillando como una luz guía. Intentaba acercarme, desesperado por tocarla, por ver su rostro completo. Pero entonces, el salto: sin transición, la tenía en mis brazos. Su cuerpo flojo, pesado. Sangre por todos lados, tiñendo su cabello de rojo pegajoso. La daga negra tirada a un lado, runas blancas brillando débilmente. Ella movía los labios, intentando decir algo que no oía, pero que creía entender: “Esto no es lo que parece”.

Siempre despertaba aquí, sudando, con el corazón loco.

—No… —susurré en el sueño—. No esta vez.




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